Los últimos supervivientes de los campos de concentración
están desapareciendo, y pronto desaparecerá
también una parte muy importante de la memoria viva
de los campos. Por eso se hace tan necesario enseñar
esa parte de nuestra Historia, porque es parte del conocimiento
de todos nosotros, de la sociedad en general. La responsabilidad
de mantener esta memoria reside en todos nosotros como individuos
y miembros de la sociedad, tanto por lo que se hizo como por
lo que aún está pasando, para intentar que la
Historia no se repita.
Actualmente
se está desarrollando un debate que se centra en cómo
interpretar los objetivos de la educación sobre el
Nacionalsocialismo, el Holocausto y los campos, y cómo
conseguir esos objetivos. Es aquí donde los memoriales
históricos deben jugar un papel de mayor importancia.
Otras
discusiones se han centrado en la diferenciación sobre
lo que es importante recordar, especialmente el proceso y
el entorno político y social que provocó la
aparición del Nacionalsocialismo y los campos de concentración.
Es decir, buscar la memoria del Nacionalsocialismo en sus
raíces históricas, en la República de
Weimar, en la Primera Guerra Mundial, en el Segundo Reich.
El debate se centra, también en la importante tarea
de recordar a cada uno de los grupos de víctimas, no
sólo a los judíos, sino también a otros
que fueron víctimas del Nacionalsocialismo. Pero, la
educación debe centrarse también en el "camino"
que llevó hacia el Nacionalsocialismo y el Holocausto,
y no sólo en los actos y crímenes que tuvieron
lugar en los campos de concentración.
Nuestra
apreciación sobre los acontecimientos que tuvieron
lugar durante el Holocausto y cómo estos hechos quedaron
inmersos en nuestra memoria histórica, ha variado en
las últimas décadas. Actualmente, los centros
conmemorativos se han convertido en elementos, que busca un
esfuerzo por hacerlos accesibles a un mayor número
de personas. Los centros históricos deben mostrar cómo
la interpretación de los acontecimientos ha cambiado
en el transcurso del tiempo. Esto es especialmente importante
en los antiguos países del bloque comunista, donde
el Holocausto sólo fue descrito parcialmente, para
servir a la propaganda política, como demuestra el
ejemplo de la antigua República Democrática
alemana.
Está
claro que cada nación debe establecer su propio acercamiento
al recuerdo del Holocausto y de los campos de concentración,
su propia memoria, de acuerdo con su propio bagaje cultural.
Pero el sujeto global, el sujeto de la memoria, debe tener
un carácter constante y mostrar una cualidad transnacional,
para evitar su instrumentalización política
y evitar que algunos grupos queden en el olvido.
La
percepción de lo que fue el Holocausto difiere drásticamente
en los países de la Europa Occidental y Oriental. Los
primeros consideran el Holocausto y el Nacionalsocialismo
como el crimen más grande que se ha cometido en la
historia. Los segundos tienden a considerarlo como un elemento
secundario, porque el terror derivado del sistema comunista
ha sobrepasado al recuerdo del Holocausto. Por eso, algunos
gobiernos y países no están dando una imagen
real de lo que ocurrió antes y durante el Nacionalsocialismo,
pero tampoco se pueden ni se deben olvidar los crímenes
del Comunismo.
Como
consecuencia de todo tipo de conmemoraciones públicas
de amplios efectos mediáticos, sobre todo a partir
de 2005, que acaban enterrando el sentido memorable del acontecimiento,
algunos autores han comenzado a hablar de la “globalización
del discurso del Holocausto”, que se está convirtiendo
en la memoria de otras historias traumáticas de carácter
diferente.
Esta
explosión del interés por la memoria histórica
sirve para fortalecer identidades y generar autoestimas de
grupos marginados y oprimidos, y se ha convertido en un elemento
de provocación que genera enfrentamientos y discordias,
según el interés que centra un estudio determinado.
También es la causa de un debate abierto entre aquellos
que insisten en la necesidad permanente de recordar y los
que se quejan de un pasado que no acaba de pasar.
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