La educación, después de la metamorfosis que
supuso el Holocausto, no puede renunciar al pasado, al recuerdo,
a la memoria, ni individual ni colectivamente. Si lo hiciese,
se convertiría en una educación inhumana, fuera
de los ámbitos de la sociedad. Una educación
que olvida la memoria se está negando a sí misma,
porque pierde uno de sus elementos fundamentales. Además,
la educación sin memoria no puede influir sobre el
futuro, porque para que exista ese futuro, para que haya una
construcción social del futuro, debe haber rememoración.
Sin
embargo, rememorar no significa buscar venganza, sino hacer
justicia desde la memoria, para evitar que se repitan hechos
como el genocidio y el Holocausto. Sólo la voluntad
de no olvidar puede hacer que estos crímenes no se
repitan más. Además, sólo los que han
vivido el infierno de los campos de concentración tienen
necesidad de olvidar, mientras que el resto debemos recordar
lo que pasó. El nuevo imperativo ético que ha
asumido la educación es que los que no han vivido el
infierno de los campos no lo olviden. Este es el imperativo
que nos impone Primo Levi al comienzo de su obra “Si
esto es un hombre”, al mismo tiempo que Paul Celan nos
recuerda que no queda nada de los muertos si no es el recuerdo
que debemos mantener vivo.
La
transmisión de la memoria histórica constituye
una tarea difícil para aquellos que se encargan de
la educación de las generaciones más jóvenes,
porque plantea problemas de difícil solución.
Por ejemplo, la búsqueda de modos de transmisión
más adecuados, la necesidad social de generar una “pedagogía
de la memoria”, etc. Esta necesidad de transmisión
viene por la necesidad moral y efectiva de mantener viva la
memoria histórica, íntimamente ligada a la constitución
de una ciudadanía comprometida con la tarea de alertar
sobre el racismo y la discriminación.
También
es necesario llevar a cabo una reflexión sobre los
recursos educativos disponibles para los docentes, especialmente
a la hora de enseñar temas como el Holocausto. Una
cuidadosa selección de documentos, mapas, libros o
películas hace posible una buena transmisión
de la temática, generando un planteamiento reflexivo
en los alumnos, pero evitando perspectivas históricas
distorsionadas o sesgadas. Es necesario ver si los recursos
disponibles contribuyen a construir una memoria colectiva
o bien se convierten en meros depósitos de objetos
destinados a transformarse en atracciones turísticas
que no dejan ninguna huella importante en la conciencia social.
De
la capacidad autocrítica del docente depende que las
herramientas teóricas y conceptuales a su alcance plasmen
una práctica y unos conocimientos concretos. Sólo
si los educadores desarrollan una reflexión crítica
sobre los modos de transmisión de la memoria histórica,
asentada sobre una “pedagogía de la memoria”,
las futuras generaciones podrán desarrollar una conciencia
crítica y lúcida de lo acontecido en los campos
de concentración. Se trata, sin embargo, de educar
sin horrorizar, pero sin atenuar tampoco la inhumanidad del
genocidio y del Holocausto, elementos únicos, por sus
características, en la historia de la Humanidad.
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