| historia
de los campos de concentración nacionalsocialistas |
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Los
campos de concentración nazis y franquistas |
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Elementos comunes. Diferencias cuantitativas
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El propósito de este apartado no es historiar
los campos de concentración, sino analizar
la estrategia de destrucción de los individuos
y colectivos considerados enemigos que se desarrolló
en esos campos. Es decir, analizar los elementos comunes
entre el modelo nacionalsocialista y el franquista,
pero sin centrarnos en las diferencias cuantitativas
ni cualitativas.
Los campos de concentración españoles
nunca fueron campos de exterminio, propiamente dichos.
Pero en ellos se seguían estrategias totalitarias
que incluían entre sus objetivos la muerte,
ya fuese aleatoria o selectiva. También se
establecieron sistemas de poder en el que los prisioneros
adquirían un carácter subhumano.
En ambos casos, el delito permanente fue la disensión,
de un modo o de otro, con el régimen impuesto.
Pero en España no existió el componente
racial que en Alemania.
Los vencidos de la guerra civil fueron tratados como
delincuentes. En el caso alemán, la demonización
del enemigo alcanzó su máxima expresión,
cuando fue considerado un elemento extraño,
externo y dañino, por lo que el exterminio
estaba plenamente justificado. Para conseguir llevar
a cabo el proceso exterminador, es necesario que las
víctimas pierdan su humanidad, que no tengan
rostro definido, porque los verdugos tienen que pensar
que no están asesinando a personas.
La estrategia totalitaria española analizaba
el virus político del disentimiento y lo aislaba
de su entorno, como una forma de cura de la enfermedad;
una vez convertido en inofensivo, podría ser
devuelto a la sociedad sin que se reprodujera la enfermedad.
No se pretendía un exterminio generalizado,
sino selectivo, con fórmulas indirectas como
las enfermedades, el hambre, el agotamiento y el frío.
No buscaba imponer una mecánica de exterminio
generalizado, sino de doblegamiento y sumisión
para evitar que esa parte de la población pudiese
levantarse nuevamente contra la jerarquía del
“orden natural” de la sociedad. |
La estrategia totalitaria |
En el caso español también sufría
las consecuencias el entorno familiar de los recluidos
en cárceles y campos de concentración:
el círculo familiar también debía
ser doblegado, por ejemplo, a partir de la multiplicación
de las dificultades económicas.
En los campos nazis se trabajaba de forma paralela
entre el trabajo físico de aniquilamiento y
el de la desintegración moral de los presos.
La muerte se propagaba de forma masiva, a través
de fórmulas muy diferentes, que establecían
diferentes ritmos de exterminio. No existía
una estrategia de asimilación posterior, porque
no había una “cura” a la enfermedad
que sufrían los disidentes. Al contrario, se
trataba de desintegrar y aniquilar, por razones diversas
(entre ellas étnicas, políticas o sociales),
los elementos enfermos de la sociedad.
Una fórmula común en ambos sistemas
fue el silencio para esconder el mundo concentracionario:
el silencio de las víctimas, pero también
de la sociedad a la que pertenecían, que se
mantuvo a parte de la persecución y la tortura.
La confusión sobre lo que eran los campos facilitaba
que los “delincuentes” fuesen llevados
al horror de los campos de concentración sin
rebeliones.
La extensa literatura testimonial tiene en Primo Levi
uno de sus más importantes representantes,
gracias a su trilogía sobre su experiencia
en Auschwitz; las cicatrices físicas y morales
de esa experiencia le llevaron finalmente al suicidio.
En una de sus obras denunció el silencio de
los alemanes: “(…) aunque no pueda
suponerse que la mayoría de los alemanes aceptara
la masacre sin inmutarse, la verdad es que la escasa
difusión de la verdad sobre los Lager constituye
una de las mayores culpas colectivas del pueblo alemán”
(LEVI, P., Los hundidos y los salvados, Barcelona,
El Aleph, 2002, p. 14).
Otra estrategia era la que sustituía el silencio
por los rumores que permitían entrever la realidad,
aunque fuese de forma distorsionada. Por ejemplo,
la mayoría de los historiadores sitúan
en 1942 el momento en que la población judía
comienza a comprender la existencia y función
de los campos de concentración y exterminio.
Así, aunque el silencio era el elemento predominante,
la información o desinformación hacía
posible que algún conocimiento existiera, como
un arma disuasoria ante los disidentes, reales o potenciales.
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| Las
experiencias de los deportados |
Tanto en el franquismo como en el nazismo, el
traslado a los campos de concentración,
en trenes de ganado, completamente cerrados, era una
fase esencial de la experiencia de los deportados:
el destino era desconocido, los trayectos duraban
días, las condiciones (hacinamiento, hambre,
sed, suciedad, frío, calor) eran inhumanas.
Este era uno de los prólogos del aprendizaje.
La destrucción moral
era otro de los elementos comunes para eliminar cualquier
sentimiento de autoestima. Por ejemplo, en los campos
nazis se les hacía correr desnudos, acosados
por los golpes y los perros; se les hacía formar
durante horas. Se trataba de aplicar instrumentos
que degradasen a los prisioneros de cara a sus guardianes
y al resto de la población alemana. La obligación
de realizar actos fisiológicos en público
era otra vía de degradación. La desnudez
de los deportados pretendía humillar a la persona,
porque se enfrentaba a las normas de la cultura occidental.
La suciedad era otra de las recetas
ancestrales para humillar al prisionero, porque así
se le acercaba a un estado de bestialidad que permitía
considerar que los sucios eran los otros, el enemigo,
la raza inferior.
Los recuentos públicos no
buscaban la enumeración de los internos, sino
que, por su duración indeterminada, siempre
de pie, con las peores condiciones climatológicas,
eran una forma de vasallaje y una ocasión más
de hacer pagar colectivamente un error o una acción
individual o de unos pocos. Los recuentos también
eran una fase crucial en el aprendizaje de los presos.
El dolor físico o moral estaba
destinado a minar la resistencia de los presos e impedir
la creación de redes de solidaridad entre ellos,
algo que no siempre se lograba.
La creación de una jerarquía,
dentro de los mismos presos, estaba al servicio del
sistema de dominio. La estratificación los
dividía, insertaba la sospecha y la desconfianza
entre ellos y posibilitaba un ejercicio interpuesto
de autoridad, habitual en toda institución
carcelaria o concentracionaria. Así, los campos
creaban su propia pirámide social. La mezcla
de delincuentes comunes y políticos era una
de las fórmulas habituales para introducir
la desconfianza en las filas de los presos. Situando
al delincuente por encima del político se le
hacía ver que su actitud política le
había llevado a lo más bajo de la sociedad.
Las sospechas y las denuncias les distanciaban y facilitaban
la función del dominio con mayor eficacia para
lograr su sumisión.
El trabajo de los presos no sólo
buscaba la rentabilidad económica de los campos
de concentración, sino la expiación
de sus culpas y el aprendizaje de lo que el Estado
totalitario reservaba para los disidentes.
La muerte debía estar presente
en cada rincón de los campos. En el caso español,
el trabajo se reformuló para colocarlos fuera
del ámbito concentracionario: los presos válidos
para el trabajo pasaron a formar parte de diferentes
formas de brigadas de trabajadores, y se les utilizaba
no sólo para crear la infraestructura de los
campos y su mantenimiento, sino que servían
para acelerar la construcción de infraestructuras
para las poblaciones cercanas o para cubrir una determinada
necesidad del régimen.
En el caso español no había una mecánica
científica de exterminio, sino una actuación
selectiva. Esta actuación eliminó cualquier
tipo de organización (partidos, sindicatos,
etc.) de distinto signo, que se identificaba con el
régimen republicano. Además, se buscaba
eliminar todo tipo de conciencia política,
social y cultural que se identificase con la República,
mediante una política de terror que se llevó
a cada rincón de España.
La utilización de la violencia generalizada,
común en ambos sistemas, quedó legitimada
por el sistema político o militar imperante.
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