La memoria histórica se encuentra en constante movimiento:
evoluciona, se transforma con el tiempo, y se ve afectada
por los acontecimientos políticos que la rodean. No
podemos encontrar una memoria estática ni impasible,
sino que cada pasado concreto tiene diversas memorias colectivas
y sociales. Esta movilidad está en relación
con la dimensión histórica, que está
ligada a la difusión de los discursos sociales sobre
la historia, por lo que no permanece inmutable, sino que evoluciona
teniendo en cuenta los avances historiográficos.
Igual
que el Holocausto nazi es el elemento que inició la
aparición de la cultura de la memoria en la mayoría
de las sociedades occidentales, la Guerra Civil ha asumido
ese protagonismo en nuestra cultura. Pero el principal problema
con el que se enfrenta sigue siendo el intento de establecer
una única memoria oficial: el peso de la memoria colectiva
de los vencedores actúa contra los intentos de recuperar
una memoria social diferente.
La
Guerra Civil sigue siendo el período más trascendente
de la historia española, un período trascendente
que no podemos tratar como si fuera un episodio más
de nuestra historia. Especialmente, cuando parecen resurgir
con fuerza visiones extremas del conflicto, que nos conducen
a la pérdida del inestable consenso sobre las cusas
del conflicto.
La
recuperación de la memoria histórica ha de ser
un elemento prioritario para el gobierno. No se pueden hacer
auténticos homenajes a las víctimas, si no se
produce también una identificación de los responsables
de la represión. También hay que subrayar la
complicidad de la Iglesia católica en la represión
franquista: monjas que hicieron de carceleras en las prisiones
de mujeres, capellanes de las prisiones que mutilaban los
libros que los presos recibían de sus familias, implicación
institucional en el régimen franquista, etc.
La
importancia de la recuperación de la memoria histórica,
no por nostalgia, sino por su importancia en el presente y
en el futuro de nuestra sociedad. También destaca el
silencio que se ha extendido entre nuestros jóvenes
en el sistema educativo, tanto en los institutos como en las
universidades, sobre los hechos de la República, la
Guerra Civil y la dictadura, y las grandes tareas que aún
quedan por realizar para transmitir los valores de solidaridad
de la República.
En
referencia a las actuaciones concretas de recuperación
de la memoria histórica, existen propuestas muy diversas:
monumentos a los luchadores por la libertad en los pueblos
de Catalunya, incrementar las ayudas a las asociaciones de
recuperación de la memoria, incrementar las indemnizaciones
para los represaliados y familiares, etc.
Los
países que no han recuperado su memoria histórica
han trasladado el problema a las siguientes generaciones.
Esta situación se ha reproducido en países como
España o Alemania, aunque en aquellos que han creado
“comisiones de la verdad”, como en Sudáfrica,
esta “herencia” no se ha producido. También
se ha destacado el hecho de que el poder que mantienen los
represores durante las fases de transición, marca la
capacidad de las democracias para afrontar el pasado, una
situación que se ha repetido en países tan diferentes
como Chile, Alemania, El Salvador, Guatemala, Argentina, Sudáfrica,
España, etc.
Es
importante comprobar cómo se está comenzando
a hablar sobre la memoria, la oposición y la resistencia
en Catalunya y España. Son unos debates que en otros
países, como Alemania, se iniciaron hace muchos años,
como ha quedado demostrado en el Memorial del Holocausto recientemente
inaugurado en Berlín, que ha venido precedido por un
intenso debate, durante años, sobre si debía
crearse, si debía centrarse sólo en las víctimas
judías o en todos los grupos, etc.
Es
importante introducir algunos elementos destacados a la hora
de tratar con el tema de la memoria, como son incrementar
las intervenciones en la educación (por ejemplo visitando
los memoriales de los campos de concentración), la
prohibición de la simbología fascista, el mantenimiento
de los campos de concentración como memoriales y museos,
las investigaciones en las universidades, etc. Todo esto se
convierte en formas de tratar la memoria, elementos que han
aparecido habitualmente en la sociedad alemana, desde el mismo
final de la Segunda Guerra Mundial.
La
historia nunca es memoria, sino que se encuentra más
relacionada con la ideología. Y las historias nacionales
(en España, Alemania, Polonia o Israel) son siempre
el núcleo fundamental de las ideologías que
guían los usos políticos de la memoria histórica
que se construye sobre ellas: los monumentos y conmemoraciones
no son nunca un recuerdo fiel del pasado, una memoria auténtica,
sino un estímulo ideológicamente dirigido, un
intento de superponer una interpretación políticamente
orientada frente a la memoria individual.
Un
ejemplo fue la elección de un edificio de la antigua
IG-Farben, en la Universidad de Frankfurt, como sede del Instituto
de investigación del Holocausto: el movimiento estudiantil
y social de esa ciudad impidió que se cambiase el nombre
del edificio y se perdiese la memoria de la participación
del consorcio químico en los delitos nazis. A partir
de esas reivindicaciones se mantuvo el nombre del edificio
y se creó una exposición permanente sobre una
de las actuaciones más importantes de esa industria,
la creación del Zyklon B.
En
el caso español, un ejemplo de esta situación
es la actual discusión sobre qué hacer con el
monumento de la memoria histórica del franquismo que
fue el Valle de los Caídos. En un caso de significado
tan inequívoco como este, aún hay quien defiende
su interpretación como monumento a los caídos
de los dos bandos de la Guerra Civil española, algo
que produce un evidente rechazo entre los republicanos vencidos
que se vieron obligados a construirlo.
Cualquier
forma de memoria histórica que intente reconciliar
los dos bandos de la Guerra Civil, lejos de ser fiel a la
memoria individual de los vencedores y, sobre todo, de los
vencidos, está condenada a traicionarla y falsearla.
Ese es el precio inevitable de interponer entre las memorias
individuales y la memoria histórica el filtro de la
ideología de la historia, instrumentalizada políticamente.
Todos
estos elementos son relativamente positivos, pero no son tan
obvios como pueden parecernos. Por ejemplo, debemos tener
en cuenta a los diferentes grupos de neo-nazis que se formaron
desde el mismo final del nazismo y que han llegado incluso
a formar parte de diferentes parlamentos regionales en Alemania.
Para
mantener esta evolución es necesario mantener la memoria,
sobre todo entre los más jóvenes, porque no
es imposible que los fascismos vuelvan a aparecer, aunque
sea con “nuevas ropas”, porque se presentan en
todos los ámbitos de la vida diaria.
En
la sociedad alemana sigue habiendo fuertes polémicas
que reflejan que es un tema que aún está vivo
y plenamente conflictivo, como se reflejó en la Historikerstreit
de 1986 o con la controversia sobre la exposición de
los crímenes de la Wehrmacht, más recientemente.
Pero siempre es mejor un “debate de historiadores”
que un permanente enfrentamiento político sobre el
pasado.
Sólo
si conocemos los horrores del pasado, si sabemos cómo
se gestaron y se llevaron a cabo, los podremos combatir mejor.
En
el caso español, el hecho de que un presidente del
gobierno participase en 2005, por primera vez en 60 años,
en un acto de celebración de la victoria contra el
nazismo y en recuerdo de los republicanos muertos en Mauthausen
es importante. Pero también demuestra el enorme retraso
del Estado español a la hora de afrontar su pasado.
Otra muestra de ese retraso es el hecho de que tanto en Alemania
como en España durante el régimen nazi y franquista
hubiese trabajo esclavo de los presos políticos, pero
que mientras en Alemania las empresas beneficiadas y el gobierno
siguen compensando económicamente a las víctimas,
en España ni siquiera se les ha pedido perdón.
Aún
existe un conjunto de agravios a la memoria de los vencidos
de la Guerra Civil y de los resistentes al franquismo que
aún no ha sido solventado: el silencio de la historiografía
sobre episodios como el maquis o la represión franquista,
la interpretación de la monarquía y de las fuerzas
políticas que jugaron un papel protagonista en la transición
democrática, etc.
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