En las últimas décadas, el debate ha evolucionado
desde el período de la desmemoria hasta el estallido
de la memoria, en lo que algunos autores consideran una inflación
de lo que se ha denominado “memoria histórica”.
Esta fiebre conmemorativa se ha desarrollado por todo el conjunto
de nuestra sociedad. Sin embargo, el proceso es más
conflictivo porque adolece de la conciencia histórica,
no tanto por ausencia de trabajo historiográfico, sino
por la carencia de políticas de memoria desde el comienzo
de la transición.
Este
estallido de la memoria ha permitido que la sociedad comience
a tomar conciencia de su relevancia, dentro del contexto general
de “abundancia” del trabajo memorialístico
que se ha generado por toda Europa y del que es difícil
que nuestro país quede aislado. Este proceso está
produciendo algunos resultados altamente positivos, a pesar
de la resistencia que ha opuesto alguno de los sectores sociales
implicados.
El
escritor y superviviente español Jorge Semprún
siempre ha subrayado el papel crucial de Alemania en el trabajo
de la memoria, y el hecho de que éste sea el país
en el que se ha llevado a cabo una mayor labor autocrítica.
Para Semprún, es el único país de Europa
que experimentó dos totalitarismos, el Nacionalsocialismo
y el Estalinismo, lo que le permite ser un puente entre la
Europa del Este y del Oeste. También ha destacado siempre
la importancia del intercambio de las memorias colectivas
de los países, distintas como sus propias historias,
complementarias en ocasiones y contradictorias en otras.
En
Europa, especialmente a partir de la década de los
años 1980, comenzaron a proponerse trabajos diferentes
sobre la importancia de los lugares de la memoria, de los
sitios conmemorativos. En otras realidades nacionales el papel
de la memoria social se ha reconducido por unos senderos que
se relacionan con las necesidades de legitimación,
justificación o reivindicación de las identidades
colectivas.
Aunque
en la posguerra inicial se iniciaron las políticas
de conmemoración del pasado en casi todos los países
de Europa, no fue hasta la caída del Muro de Berlín
y de los regímenes socialistas que se ha producido
una mayor ebullición de la memoria colectiva. Pero
también se ha introducido una nueva instrumentalización
del pasado, a nivel mundial.
En
el país que vive con el peso de Auschwitz a sus espaldas,
sinónimo del genocidio y Holocausto, los intelectuales
se encuentran en un claro proceso de renovación de
un debate basado en una autocrítica generalizada e
independiente de la orientación política oficial.
En España, esta revisión crítica del
propio pasado apenas ha comenzado a desarrollarse. España
se encuentra en otra fase de la reflexión, tras más
de tres décadas de la recuperación de la democracia,
aunque en la actualidad tenemos la madurez suficiente como
para abrir un capítulo que no llegó a cerrarse
totalmente durante la transmisión.
El
sociólogo Harald Welzer ha señalado la tesis
de que las sociedades precisan de unos 30 años para
enfrentarse con hechos históricos traumáticos.
Sin embargo, en el caso alemán no se produjo esa pausa
antes del primer enfrentamiento, sino que la memoria, ya fuese
por imposición exterior o por la necesidad de superar
los hechos, aunque fuese dividida por la diferente orientación
de la Alemania divida, fue un fenómeno que apareció
inmediatamente después de la guerra.
Lo
que tienen en común este proceso de debate en torno
al Fascismo en España y sobre la memoria del Holocausto
en Alemania es la preocupación por la relación
entre los responsables de los crímenes y sus víctimas
y, por otro lado, la atención que se está dedicando
a los últimos supervivientes de aquella época,
como lo demuestran las diferentes iniciativas de los gobiernos
central y autonómicos en España.
Para
conseguir una visión de conjunto sobre los procesos
de la memoria histórica en España y Alemania,
debemos tener en cuenta, además del factor de excepcionalidad
de ambos hechos, las diferentes situaciones iniciales en ambos
casos. Con el fin de la Segunda Guerra Mundial, Alemania vivió
una profunda catarsis impuesta por los vencedores y el nacimiento
de una nueva identidad nacional (muchas veces discutida),
mientras que España vivió 40 años de
dictadura en la que la verdad oficial careció de fisuras.
Tras
la muerte del dictador, cuando parecía llegado el momento
de recuperar la memoria histórica, el debate sobre
la Guerra Civil fue aplazado, para no comprometer el objetivo
de la transición pacífica a un régimen
democrático. Sin embargo, en los últimos años
las exhumaciones de fosas comunes, los numerosos ensayos publicados,
el éxito de novelas sobre el pasado reciente en España,
parecen sugerir que ha llegado el momento para completar el
debate tanto tiempo aplazado.
El
Holocausto también ha provocado recientemente numerosos
debates en Alemania, como la polémica sobre la creación
del Monumento a los Judíos europeos muertos, en Berlín.
Se trata de un tema que continuará siendo una preocupación
central, durante mucho tiempo, de la sociedad alemana. Pero
este no es el único período histórico
que debe ser reelaborado: hace falta enfrentarse también
a la historia de las dos Alemanias y a la reunificación,
para permitir una asimilación verdadera de esas dos
sociedades.
Lo
que distingue el caso español del resto de las dictaduras
europeas, a la hora de recuperar la memoria histórica
de la represión franquista, es el hecho que no ha sido
una recuperación inmediata, sino que se ha abierto
paso, de forma muy fragmentaria y ha tenido que esperar al
final de la propia dictadura, de la transición y a
casi 30 años de democracia para comenzar a manifestarse.
Las
dictaduras, los totalitarismos, los campos de concentración,
no pueden desaparecer, como ha sucedido en el caso de España,
por fenómenos que el historiador Michel Leiberich ha
denominado "transiciones amnésicas". Esta
transición, que está comenzando a superarse
en la actualidad, ha sido la característica esencial
de la memoria histórica española. Pero cuando
se habla de lo mucho que se ha investigado y publicado sobre
la Guerra Civil y el franquismo, como réplica al “pacto
de silencio”, hay que señalar que existe una
gran diferencia entre la historiografía y la memoria
social, igual que hay una gran distancia entre los conocimientos
académicos que se han desarrollado en las últimas
décadas y los referentes que llegan al conjunto de
la sociedad.
En
general, la proyección social de los trabajos históricos
ha sido muy limitada. Estas investigaciones han modificado
y enriquecido el conocimiento histórico de ese período
de la historia de España, pero sus conclusiones no
llegaban a un público más amplio y menos aún
a los medios de comunicación. Aquí no hemos
pasado por un Historikerstreit (debate de historiadores)
como en Alemania, porque las responsabilidades colectivas
eran menores y menos internacionales. Por eso, la renovación
historiográfica significó el abandono de las
ideas que habían sustentado el edificio ideológico
de la dictadura.
Por
tanto, el hecho diferencial español, en referencia
al conjunto de Europa, ha sido que la memoria no ha comenzado
a desarrollarse hasta que la transición española
no se ha convertido en un objeto de estudio e interpretación
histórico. En ese momento se ha producido la auténtica
ruptura del consenso sobre la memoria social: mientras la
izquierda apostó por una estrategia de reconciliación,
como una vuelta a la democracia rota en 1936, la derecha,
sobre todo a partir de 1996, intentó hacer tabla rasa
con el pasado condenando la República y justificando
el “alzamiento” de 1936. En este proceso no cabía
ningún tipo de condena de la dictadura ni de la represión
del franquismo, porque la democracia llegaba por primera vez
a España en 1978.
Este
tipo de actividades no se ha llevado a cabo en España,
y hasta hace relativamente poco tiempo era un tema que aún
debía tratarse con extrema prudencia y que levantaba
profundas susceptibilidades. En nuestro país, el dramático
tema de la represión, de los campos de concentración
y los presos políticos ha permanecido oculto, aunque
desde hace poco tiempo algunos historiadores e historiadoras
trabajan para recuperar esta memoria. Pese al trabajo de estas
personas, aún queda muy lejos el nivel que se ha alcanzado
en algunos países de Europa a la hora de mantener viva
la memoria, de los supervivientes de los mismos y, al mismo
tiempo, utilizar esos sitios como centros educativos que permitan
a la sociedad conocer los hechos que allí tuvieron
lugar.
Además,
debido a los casi cuarenta años de dictadura franquista,
muchos de los testigos y elementos que podían servirnos
como parte de esa memoria, han desaparecido, perdiéndose
una gran parte de la memoria de este período. La dictadura
evitó el desarrollo de una memoria que recordase, con
una cierta inmediatez, lo que sucedió desde la Segunda
República hasta el final del franquismo.
Un
aspecto compartido tanto en Alemania como en España,
aunque aquí aún está comenzando a estudiarse,
es la dicotomía entre el recuerdo público del
período de la dictadura y la forma como se cultiva
la memoria de esos años en los círculos familiares.
En Alemania se han desarrollado diferentes estudios sobre
el tratamiento que se daba al Nacionalsocialismo en la comunicación
familiar, sobre temas como la fascinación que en su
momento ejerció el Nacionalsocialismo o el dolor que
sufrieron los familiares a causa de la guerra. Lo más
sorprendente de este tipo de investigaciones es que la mayoría
de los entrevistados niegan toda cercanía a personas
allegadas al Nacionalsocialismo, aunque fuesen miembros de
las SS o la Gestapo. Esta actitud se explica como el resultado
de un dilema que viven los alemanes: frente a la necesidad
de asumir la responsabilidad histórica por los crímenes
está la necesidad de tener personas de referencia en
la propia familia que puedan servir de referencia.
Estudios
como este, que tan lejos quedan en España, no sirven
para menoscabar el trabajo de educación democratizadora
que se ha hecho en los últimos 60 años en Alemania.
Pero sí es cierto que no se han tenido en cuenta los
aspectos emocionales o familiares de la memoria histórica.
Por
eso, la Guerra Civil española se enmarca como el ejemplo
paradigmático de cómo una sociedad puede integrar
y asumir el fenómeno de la memoria, del recuerdo de
un hecho traumático colectivo, y de qué forma
esa memoria social es enormemente inconstante y versátil.
Y, por tanto, enormemente difícil de comprender e interpretar.
|