El concepto de Asozialen y la exclusión social    

Concepto de delitos raciales



Aunque los judíos indudablemente sufrieron la parte principal de las políticas nazis de destrucción, otros grupos sufrieron esa persecución: gitanos, homosexuales, disminuidos físicos y psíquicos, criminales habituales, asociales, “vagos”, sin techo, eslavos, etc. Todos estos grupos fueron sujetos a diversas formas y proporciones de persecución, arresto, maltratos en los campos de concentración, esterilización y asesinato.

Durante el Tercer Reich, el programa ideológico racial se convirtió en el dogma político oficial del Estado. El régimen se esforzó por eliminar la organización social existente: aunque había clases sociales, se transformó en una estructura racialmente organizada. Las medidas afectaban al conjunto de la sociedad.

Los nacionalsocialistas querían eliminar de la sociedad a todas aquellas personas cuyo modo de vida no pudiera adaptarse a los preceptos de su ideología. Esta ideología tenía dos vertientes claramente reconocibles. Por un lado, la negativa de exclusión, persecución y aniquilamiento de aquellos que no lograban adaptarse a la nueva situación. Por otro, los aspectos “positivos” (con todas las precauciones que el término necesita), se basaban en una serie de normativas cuyo objetivo era la “mejora” racial de la sociedad. Éstas eran parte de un proceso continuo que se inició a partir de la introducción de las primeras medidas contra los judíos. Por tanto, es imposible analizar el tema de la política racial de forma aislada refiriéndose exclusivamente a los judíos.

Para lograr esta perfección de la “raza”, comenzó un proceso de movilización masiva de la nación, sobre aspectos tales como la eliminación de determinados elementos que perturbaban la paz o no supieron adaptarse a los valores establecidos, pero también aquellos que no quedaban incluidos entre los alemanes “racialmente puros”. En esta retórica, la compasión por los “enemigos” era vista como una debilidad, un vicio, mientras que la intolerancia y el fanatismo se transformaban en una virtud.

No podemos entender este proceso sin tener en cuenta la situación anterior a 1933. El historiador R. J. Evans ha demostrado que muchos de los grupos perseguidos habían sido víctimas de este tipo de políticas durante generaciones. Las concepciones excluyentes nacionalsocialistas estaban construidas sobre unas teorías pseudos-científicas y unas tradiciones sociales que fueron perfectamente explotadas y aprovechadas, pero que procedían de períodos anteriores.

También es necesario, para comprender el funcionamiento de la concepción racista, comprender qué era la Comunidad Nacional, el organismo ideado por el régimen que había de regir todas las relaciones sociales del Tercer Reich. La redefinición de la política se basaba en una forma total y completa que abarcaba todos los niveles de la vida social, donde el Estado era un agente del conjunto de la raza, que determinaba sus acciones. Por eso, la Ley sólo tenía un propósito: reforzar al pueblo como una Nación, una comunidad nacional completa. Todos los aspectos sociales estaban sometidos a una corriente de pensamiento que sólo buscaba esa unidad total. El Führer, como el representante de la comunidad, es también el origen último de la voluntad del Estado. Los derechos civiles fueron limitados por los intereses del conjunto de la comunidad y no estaban protegidos por la ley o el Estado.

Obviamente, no todos los grupos considerados como “extraños” a la comunidad o asociales debían ser perseguidos por igual. Los judíos, el grupo racial que se consideraba como la mayor amenaza, constituían las víctimas que más intensa y brutalmente fueron perseguidos. En mi opinión, podemos apreciar que la persecución tuvo diferencias específicas: aunque todos los grupos fueron perseguidos por los mismos motivos, el grado de persecución vino marcado por el grado de “amenaza” con el que el régimen percibía a esos grupos.

El principal objeto de la política social consistía en la creación de un orden basado en la jerarquía racial. Todo lo demás estaba subordinado a esta meta, incluyendo la actitud del régimen en temas de asuntos exteriores y hacia la guerra. Podemos afirmar, por tanto, que el Tercer Reich no fue una sociedad racista, sino que intentó desarrollarse como una sociedad racial, basada en una jerarquía de valores raciales propia. Su ideal de futuro no era un mundo con una raza única, sino con menos razas, sin enfermos y sin aquellos que no debían formar parte de la comunidad. Y con una raza dominante que debía ejercer el poder sobre el resto.

Para conseguir este propósito, el régimen debía encontrar la forma de cumplir sus objetivos. Las pretensiones “legalistas” de muchos dirigentes obligaron a la creación de un nuevo cuerpo legislativo que acompañase al proceso de eliminación de la vida social alemana, ya que el régimen debía distinguir entre las medidas que debían adoptarse contra las denominadas “razas alienas” y los “elementos de menor valor racial”. Inicialmente, los miembros de las “razas alienas” sólo fueron sometidos a discriminación, pérdida de derechos civiles y progresiva ruina económica. Los calificados como de “menor valor racial” fueron inmediatamente sometidos a diferentes formas de represión física y psicológica: se aplicó una serie de “medidas negativas” que iban desde el aborto obligatorio, castración, esterilización, hasta su internamiento en campos de concentración y eliminación física.

Una de las bases legales para esto fue la “Ley para la prevención de la descendencia hereditaria enferma”, del 14 de julio de 1933. Esta Ley permitía la esterilización forzosa de personas que sufrían enfermedades hereditarias o alcoholismo crónico. La normativa estipulaba que, aunque las solicitudes de esterilización podían hacerlas los enfermos voluntariamente, también los tutores legales, médicos y autoridades públicas la podían solicitar si lo consideraban necesario. Las decisiones eran tomadas por el Tribunal de Salud Hereditaria, cuyos veredictos sólo podían apelarse ante el Tribunal Superior de Salud Hereditaria; si la apelación fallaba, debía llevarse a cabo la esterilización. Durante el transcurso del Tercer Reich, se produjo un gran número de intervenciones basadas en estos supuestos, pero muchas de las personas esterilizadas no eran enfermas hereditarias, en todo el sentido de la ley, sino que pertenecían a colectivos que habían sido calificados como asociales.

En junio de 1935 entró en vigor un decreto de modificación de esta ley que marcó una notable radicalización: se establecía la posibilidad de ordenar el aborto obligatorio, incluso hasta los seis meses de embarazo. Siguiendo esta tendencia, en octubre de 1935 se aprobaba la “Ley para la protección de la salud hereditaria del Pueblo alemán”, como una forma de registrar y excluir más efectivamente a las “razas alienas” y a los “miembros de menor valor racial”. Establecía como obligatoria la posesión de un certificado de “idoneidad” racial para contraer matrimonio, que sería proporcionado por las autoridades, que podían rechazar un permiso para aquellas personas que sufriesen algún tipo de enfermedad hereditaria o contagiosa, sobre todo las de transmisión sexual. La aplicación de esta norma permitía registrar y seleccionar al conjunto de la población, siguiendo unos criterios específicos.

También la “Ley contra criminales habituales peligrosos”, de noviembre de 1933, era un primer paso en esta dirección, porque permitía la detención y castración de ciertos tipos de criminales. En 1937 se introdujeron medidas similares cuando se preparó la legislación contra los delincuentes juveniles: un examen biológico-racial determinaba la duración y condiciones de la sentencia; esta práctica pasó a ser aplicada, posteriormente, a los adultos. Se creó en todo el Reich un gran número de centros de investigación “biológica-criminal-racial” que intentaban establecer unos parámetros raciales a la delincuencia, que luego debían ser aplicados por los tribunales.

Todas estas medidas crearon una base pseudo-legal que permitió la adopción de medidas cada vez más radicales, llegando al exterminio. Si no se promulgaron nuevas leyes raciales fue por diversas razones. En primer lugar, la normativa establecida hasta aquellos momentos había sido formulada tan flexible y abiertamente que podía ser aplicada a otros grupos de excluidos sociales, sin necesidad de crear una legislación específica: bastaba con ampliar el concepto de asocial. En segundo lugar, las autoridades no consideraban oportuno advertir de sus intenciones mediante la promulgación de normas legislativas formales. Además, legislar hubiera hecho necesario introducir un cierto “orden” en el caos provocado por las luchas de competencias entre diferentes sectores encargados de aplicar la política racial del régimen. Finalmente, la constante radicalización hizo innecesaria la aparición de nuevas normas legales, porque el total aislamiento al que se sometía a los excluidos permitía su eliminación sin ningún tipo de traba social o política.

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