El concepto de Asozialen y la exclusión social    

Persecución de los asociales


 

Desde el punto de vista ideológico, el término Asozial y el comportamiento criminal no estaban determinados por la elección del individuo ni el entorno social, sino que era genéticamente innato y hereditario. Por eso, las “características criminales” debían ser permanentemente eliminadas de la Comunidad Nacional; pero aún más importante era eliminar la capacidad de reproducción de esos grupos: sólo de este modo sería posible mantener la pureza y la moralidad de la raza.

La definición de los asociales reflejaba, en muchos aspectos, la opinión popular sobre estos grupos y reforzaban este concepto entre la población. La terminología tenía un considerable impacto porque reforzaba la imagen popular de esos grupos: una persona que se beneficiaba de la asistencia social era un “parásito”, un desempleado era un “vago”, los sin techo eran “portadores de enfermedades sexuales infecciosas”, etc. Además, la reacción de la población proporcionaba una cierta legitimidad al modo en que serían tratados y discriminados. Todos esos aspectos negativos eran enfrentados con las virtudes representadas por los miembros productivos de la Comunidad Nacional. La inferioridad de los asociales quedaba de manifiesto en cualquier actividad que intentasen llevar a cabo.

La política de supresión de los “socialmente inferiores” requería una cierta justificación que fue proporcionada por los expertos que legitimaron las prácticas de higiene racial, que consiguieron que la población creyese que eran acciones moral y racionalmente necesarias para beneficiar a la Comunidad. Las familias asociales, con su elevada capacidad reproductiva, representaban un peligro para el Volk: se casaban antes y tenían muchos más hijos que los alemanes. Por eso, los “clanes asociales” representaban un peligro moderado en el presente, pero eran una seria amenaza para el futuro.

La mayoría de la población se mantuvo indiferente al destino de los asociales y, en muchos casos, estaban de acuerdo con las políticas emprendidas contra esos grupos, porque limpiaban drásticamente las calles. Por eso, no es extraño que la población alemana viese con buenos ojos las acciones contra los asociales de la policía.

En septiembre de 1933 se llevó a cabo la primera campaña, en la que más de 10.000 mendigos y vagos fueron puestos en custodia preventiva, aunque la mayoría fue liberada a los pocos días, porque el sistema de prisiones no podía absorberlos. El consenso social establecido entre la población y el régimen provocó que, a partir de 1934, estas medidas se fuesen endureciendo. Tras el nombramiento de Heinrich Himmler como Jefe de la Policía alemana, en junio de 1936, estas políticas se radicalizaron aún más, ya que su intención era trasladar las responsabilidades de la solución de la “cuestión asocial” desde los tribunales hasta la policía política. En febrero de 1937, más de 2.000 criminales profesionales, habituales y sexuales fueron detenidos y enviados a campos de concentración, como mano de obra esclava.

También se iniciaron diversos programas para hacerse cargo de estos grupos, promoviendo algunos experimentos de “ingeniería social” (como una “colonia de asociales”, cerca de Hamburgo), para ver si podían socializar a estos grupos y adaptarlos a las necesidades de la comunidad nacional. Estos experimentos permitirían también comprobar si la “asociabilidad”, como otras enfermedades sociales, era hereditaria. El fracaso de estos experimentos llevó a otras medidas, de carácter mucho más expeditivo, como las acciones policiales contra mendigos, vagos o personas sin techo.

En abril de 1938, la Gestapo fue encargada de llevar a cabo una gran oleada de arrestos, con información proporcionada, por las oficinas de empleo locales; la mayoría de los arrestados fueron interrogados o enviados al campo de Buchenwald. En junio de ese mismo año, la dirección de la Policía Criminal aplicó sus propias medidas de detención: Reinhard Heydrich, como jefe de la Gestapo, ordenó que cada distrito debía cumplir una cuota mensual de, al menos, 200 arrestos de asociales, que debían ser enviados a campos de trabajo (Sachsenhausen, Buchenwald, Dachau y Mauthausen); sólo debía arrestarse a hombres capaces de trabajar.

Sin embargo, las acciones superaron todas las expectativas: únicamente en Viena, el 13 de junio de 1938, la policía detuvo a más de 500 personas. En septiembre de 1938, se ordenó una gran razzia nacional para eliminar la “plaga de los mendigos”. Para conseguir un cierto nivel de apoyo popular, se animó a los ciudadanos a que participasen, guardando sus donativos para las obras de caridad organizadas por el Partido, y se inició una campaña de propaganda que señalaba que Alemania era demasiado pobre para poder permitirse sostener a estos grupos.

Después de la campaña de 1938 se produjo una fuerte tendencia a la preparación de una nueva legislación destinada contra los asociales que no podían ser incluidos en la “Ley para la prevención de las enfermedades hereditarias”. La primera redacción apareció a mediados de 1940, aunque la redacción definitiva no llegó hasta 1944.

La ambigüedad que el régimen usó para la definición del concepto de asocial, tal como aparecía en los textos legales, se utilizó para dejar en manos de la policía un poder discrecional que le facilitase cualquier tipo de actuación. También es importante la gran variedad de términos que se incluían dentro de la definición de “extraños a la comunidad”, porque permitía ampliar cada vez más el concepto. Gisela Bock, por ejemplo, ofrece más de cuarenta términos del alemán que podían incluirse dentro de esa definición. Aún más indeterminado era el concepto de “incapaz para la comunidad”, que comenzó a aplicarse en 1941.

Lo que buscó y consiguió el régimen, a la hora de solucionar el Asozialenproblem fue sustituir la tradicional política de beneficencia, de asistencia social, por una política de eliminación física y esterilización, para evitar lo que consideraban la principal causa de la asociabilidad: su transmisión hereditaria.

Pero el problema asocial no era sólo un problema racial, sino también económico. Interesaba reducir los gastos sociales, para dedicar esos recursos a otras tareas más urgentes para el régimen, como el rearme, la construcción, el fomento de la producción industrial, etc. En esta situación quedaba claro que había que eliminar aquella parte de la población, incluso de sangre alemana, que por su forma de vida era inútil como mano de obra. Es decir, aquellas personas que, por un motivo o por otro, eran volksschädlich (dañino para el pueblo).

A partir de 1941, la pena de muerte pasó a ser aplicable a los crímenes cometidos por delincuentes habituales y sexuales: era asumida por el estamento legal como un tratamiento adecuado para estos delincuentes, más que el confinamiento indefinido o el internamiento en un campo de concentración. Esta medida sólo se aplicó a aquellos criminales que fueron condenados desde esos momentos, mientras que los ya internados siguieron en los campos de concentración.

En octubre de 1942 había más de 7.600 detenidos en “confinamiento de seguridad”, y aproximadamente 5.800 personas más en diferentes centros de detención. En la primavera de 1943, aproximadamente dos tercios de los detenidos (8.813) fueron trasladados a diferentes campos de concentración para ser aniquilados por el trabajo: algunas mujeres fueron enviadas a Ravensbrück, pero la mayoría de los detenidos pasaron a Mauthausen. Hacia febrero de 1944, 7.736 de los 10.231 antiguos detenidos que habían sido transportados a ese campo habían sido asesinados.
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