Desde el genocidio y el Holocausto ha cambiado la experiencia,
la percepción de la historia: si el Holocausto es un
acontecimiento que cambia radicalmente nuestra forma de pensar
y concebir el mundo, que transforma nuestra visión
de la historia, la educación no puede quedar al margen
de esos cambios, de esas transformaciones. De ahí la
importancia de los memoriales como centros educativos.
Con
esta finalidad educativa se han desarrollado museos, exposiciones
(tanto permanentes como temporales), exhibiciones, cursos,
seminarios, etc., destinados a todos los sectores sociales,
pero especialmente a los estudiantes y jóvenes, que
les permiten adquirir unos conocimientos de primera mano sobre
lo que fueron los campos de concentración.
Pero
en los últimos tiempos, las referencias a la memoria
histórica han saturado de tal forma nuestras vidas
cotidianas que no permiten una delimitación clara del
concepto, que aparece con unos contornos difusos, significados
diferentes y hasta sentidos opuestos. Además, la historia
debe enfrentarse al hecho de que existe una multiplicidad
de memorias y, por eso, debe potenciar su carácter
interdisciplinario.
Para
entender la práctica social de memorizar y guardar
la memoria histórica se hace necesario analizar con
mayor atención conceptos tales como “recuerdo”
y “olvido”. La dificultad para establecer la memoria
histórica radica en lo que algunos autores denominan
la “tierra de nadie” que existe entre el dato,
el hecho o el acontecimiento, y su huella, la inscripción
que ha tenido tanto en el ámbito individual como en
el colectivo de una sociedad determinada.
Esta
huella siempre tendrá una superficie de inscripción,
un registro, que permite el recuerdo. Además, la “tierra
de nadie” permite diversas interpretaciones, de acuerdo
con la ideología con la que se pretenda reconstruir
el pasado o la historia, porque la representación social
nunca será neutra. Es necesario proporcionar representación,
tanto en palabras como en imágenes, estableciendo instituciones
que permitan disponer del registro objetivo de la historia
y, por tanto, su correcta transmisión.
Existen
dos formas de configurar la memoria como herencia colectiva.
Una es la política museística, entendida como
el aspecto central de una política cultural colectiva
coherente. La otra es la experiencia de descripción
del acontecimiento, el registro. Tanto el soporte utilizado
(el museo) como el acto de inscribir la historia permiten
la elaboración de la memoria colectiva.
En
este contexto, los sitios de memoria, los lugares en que tuvieron
lugar los hechos históricos, son elementos esenciales.
Sólo en ellos, sitios rescatados y reconocidos desde
el aparato estatal de una nación en su calidad de patrimonio
del conjunto de la comunidad, y en su papel como exposición
pública de los hechos, permiten la contemplación
colectiva del acontecimiento para la posterior realización
del ritual de la conmemoración y el duelo.
La
dimensión del recuerdo es, ante todo, la del propio
reconocimiento. Por eso es necesaria la voluntad de memorizar,
porque si no existe esa voluntad no hay una posibilidad efectiva
de convertir la memoria en historia. Sin la práctica
social de la conmemoración, el memorial se transforma
en un objeto sin valor vinculante para el colectivo, y su
permanencia en la memoria histórica depende del arbitrio
particular del detentador del poder en un momento determinado.
Visitar
un sitio conmemorativo significa rememorar en carne propia
lo que cualquier persona, bajo una condición opositora,
habría tenido que padecer, al convertir a todos los
potenciales opositores en presos. En estas condiciones, nadie
queda fuera de la experiencia de rememoración, salvo
el perpetrador.
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