Los ghettos y el Holocausto
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La vida cultural en los ghettos

En el seno de este marco progresivamente deshumanizante, podemos apreciar un intenso movimiento de partidos políticos e ideologías que ya existían antes de la guerra y que continuaron sus actividades y sus pugnas en el ghetto. Parte importante de esta actividad política fue la labor de los movimientos juveniles, que constituyeron el núcleo de lo que sería posteriormente la resistencia armada en algunos ghettos.

También fue notable la actividad cultural desarrollada en los ghettos, aunque se viese obligada a mantener una estricta limitación por las condiciones impuestas por el dominio nazi y por la necesidad de sobrevivir. Pero la supervivencia no debía ser únicamente física, sino también política, cultural y espiritual. Así, en los ghettos continuaron las conferencias, las representaciones teatrales y los conciertos, con una vasta creación literaria, un sistema educativo que impartía clases clandestinamente tanto a niños como a universitarios, una prensa clandestina que proliferó rápidamente (llegaron a editarse más de 50 periódicos sólo en el ghetto de Varsovia), etc.

La prensa judía clandestina cumplió la tarea esencial de proveer información, al mismo tiempo que se convertía en un foco de referencia para resguardarse frente a la deshumanización y garantizar la supervivencia cultural. Los editores de los periódicos eran, mayoritariamente, miembros destacados de los partidos y organizaciones políticas, de los movimientos juveniles, que proyectaron sus polémicas ideológicas en la palabra impresa.

En los ghettos, la palabra escrita se socializó, convirtiendo la experiencia colectiva, a través del testimonio individual, en la vivencia de todo un pueblo. El testimonio es único, el de una época que contribuyó a crear una memoria colectiva. La vivencia personal y la comunal se introdujeron en la vasta tradición testimonial judía, que obedece a una doble función: dar testimonio para documentar un acontecimiento, buscando justicia; y el de recordar, componente esencial de la experiencia colectiva del pueblo judío. Constituyó un elemento de resistencia frente al olvido y la muerte; pero también una re-escritura de la historia desde la perspectiva de los vencidos.

Supervivencia y testimonio se volvieron ejes de una misma tensión: el testimonio literario era un medio para combatir la desesperación, mientras que la supervivencia encontraba en el testimonio una forma para que la historia se narrase a sí misma.

Muchos poemas escritos en el ghetto expresaban la cruda realidad de los niños huérfanos acunados por manos ajenas. Leah Rudnitsky escribía, en el ghetto de Vilna, en 1942:
Pájaros se posan en las ramas.
Duerme, mi niño querido.
Junto a tu cuna, en el campo,
un extraño se sienta y canta.
Alguna vez tuviste otra cuna
tejida de alegría.
Y tu madre, oh tu madre,
ya no regresará más.
Vi a tu padre correr
bajo un saludo de piedras,
y, sobre los campos,
volaron sus huérfanos gemidos.
[Leah Rudnitzky, “Birds are Drowsing”].

La religión en los ghettos sólo era posible cuando los judíos podían verse a sí mismos dentro del contexto de una comunidad espiritual. A pesar del fuerte compromiso con los ideales religiosos de una gran parte de la población judía, la vida en el ghetto (enfermedad, pobreza, trabajos forzosos y el miedo siempre presente a la deportación), provocaron en muchos casos la destrucción de la espiritualidad y de esa comunidad necesaria para mantener la vida religiosa.

El Sabbath (la fiesta semanal de adoración y descanso, el sábado) fue una de las primeras bajas de este proceso: en muchos ghettos se impuso que las tiendas estuviesen abiertas todos los días, y también los batallones de trabajo tenían que trabajar ese día. Cuando las condiciones empeoraron, incluso los judíos más observadores de la tradición podían ser vistos por las calles en Sabbath. Además, no había comida especial ni adecuada para celebrar ese día; muchas mujeres religiosas no podían diferenciar los días de la semana, no podían encender velas de Sabbath el viernes por la noche; para otras, las velas eran un lujo impensable.

La pobreza causó otros cambios en las comunidades. Los Taliyot (chales rituales de oración), perdieron su tradición ritual, y eran teñidos y vendidos como vestidos para mujeres gentiles. Los rollos de la Torah, antiguamente valiosas herencias familiares, fueron vendidas por mucho menos de su valor real.

La interrupción de la vida religiosa se extendió a todas las áreas de la vida. El miedo a la deportación forzaba a los judíos religiosos polacos a abandonar su kappata (caftan) distintivo, su gorro de piel y su barba. Las mujeres polacas quedaron privadas de su sheitel (peluca de matrimonio). Las yeshivot (academias talmúdicas) y las Hasidic shtiblekh (centros de oración y aprendizaje) fueron clausurados, y muchos de sus estudiantes fueron deportados en los primeros días del establecimiento de los ghettos. Las sinagogas fueron clausuradas, aunque en algunos ghettos unas pocas reabrieron sus puertas durante cortos períodos.

A todo esto se añadió un cierto declive de la moral pública, provocado por la incertidumbre de la vida diaria.

La limitada autonomía de los judíos tuvo, en muchos ghettos, una fuerte influencia en las respuestas espirituales. En ocasiones se consiguieron algunas concesiones, como el descanso del sábado o permiso para la adoración pública, de los alemanes. Incluso el Judenrat, con un líder asimilado que era hostil o indiferente a las prácticas religiosas, como en Varsovia y Lodz, a menudo era capaz de cubrir ciertas necesidades religiosas.

Además, el ghetto estaba bien servido por sus líderes espirituales. Los rabinos ejercían una influencia muy importante. En la comunidad Hasidic, el rabino tenía un papel paternal y era considerado un intermediario especial con Dios. Esas funciones eran desesperadamente necesarias para los judíos religiosos en el ghetto, que buscaban a los rabinos que quedaban en busca de guía y tranquilidad. Los rabinos de los ghettos a menudo eran hombres de una sabiduría, piedad y experiencia excepcional.

A pesar de los numerosos efectos de la vida en el ghetto, muchos judíos se mantuvieron fieles a sus creencias, continuaron aprendiendo la Torah y observando sus rituales y preceptos morales. Existen muchos ejemplos de judíos que recreaban sus escuelas religiosas: polacos que hablaban de la Torah mientras cosían zapatos en Varsovia; en el ghetto de Kovno, la élite intelectual de los judíos lituanos dedicaba días y noches al estudio y la enseñanza de la Torah. Muchos se mantuvieron también firmes en la continuación de la tradición de las fiestas. Los estudiosos escribían nuevos trabajos y enterraban sus manuscritos para la posteridad.

Aunque la textura de la vida religiosa cambió radicalmente de muchas formas en el ghetto, los judíos continuaron creyendo que no era fútil continuar esforzándose por conseguir la santidad, pureza y sensibilidad moral. De este modo, la religiosidad nunca murió en los ghettos, al contrario de lo que pasó en los campos de concentración.

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