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La
vida cotidiana en los ghettos
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Los
testimonios del ghetto se han insertado entre la historia y la
memoria, con un progresivo reconocimiento de la literatura testimonial
como fuente indiscutible de reconstrucción histórica,
al tiempo que la memoria recupera y articula el testimonio individual
con el destino colectivo.
La mayor parte de lo escrito en los ghettos fueron diarios o notas,
en los que se expresaba la vida cotidiana a través de la
vivencia, los sentimientos y los pensamientos de los que escribían.
Los diarios presentan, de manera relativamente detallada, los
sucesos de cada día, con la espontaneidad de quien escribe
lo que vive. A diferencia de las memorias del Holocausto escritas
por los supervivientes, que ofrecen una reflexión sobre
el pasado e imponen un orden y una interpretación al recuerdo
histórico, los diarios escritos en el ghetto carecen de
una larga reflexión intelectual, emotiva o personal, al
tiempo que desconoce lo que será la “solución
final”.
Los diarios expresan los procesos de desintegración física
y moral que experimentaron los ghettos entre 1940 y 1944, reproduciendo
la atmósfera vivida por los judíos, encerrados y
aislados durante ese período. Preservan una vivencia individual
que se transforma, sin embargo, en la vivencia de toda una comunidad
que está sometida a una realidad que le es impuesta: parecen
haber sido escritos por una misma persona, siempre la misma, aunque
existan significativas diferencias entre ellos.
Del ghetto de Varsovia se han conservado las notas del diario
de Emmanuel Ringelblum, un historiador que organizó los
archivos clandestinos Oyneg Shabbes (celebrantes del Shabat),
nombre del grupo clandestino que creó para reunir la información
documental que pudiese servir como crónica de la destrucción
de la vida judía en Polonia. Sus notas, encontradas entre
los escombros del ghetto en 1946 y 1950, constituyen un registro
de los hechos más importantes que sucedían en las
calles del ghetto de Varsovia. Militante político y activista
social, Ringelblum fue testigo privilegiado de lo que pasaba en
el ghetto: su contacto con refugiados, administradores de cocinas
populares, funcionarios del Judenrat y otros grupos que poblaron
el ghetto, le proporcionaba un punto de vista excepcional para
tener una imagen de conjunto sobre la evolución de los
acontecimientos. No expresaban sus sentimientos o pensamientos
personales, sino que recogían la atmósfera social
e histórica y los sentimientos de la gente que vivía
en el ghetto. El resultado fue que, a través de fragmentos
casi fotográficos, se reconstruyen personajes, lugares
y eventos del ghetto.
El 10 de diciembre de 1940 escribía: “Ayer, un soldado
saltó de un automóvil e hirió a un muchacho
en la cabeza con una barra de hierro. El muchacho murió”
[RINGELBLUM, E., Notes from the Warsaw Ghetto. Journal of Emmanuel
Ringelblum, Schocken Books, New York, 1989, pág. 108]
El 28 de febrero de 1941 señalaba: “Casi diariamente
gente cae muerta o desmayada en mitad de la calle. Ya no impresiona
tan directamente. Las calles están siempre llenas de refugiados
recién llegados” [RINGELBLUM, E., Notes from the
Warsaw Ghetto, pág. 130]
El 20 de noviembre de 1941 anotaba: “Un niño almorzó
en dos cocinas públicas diferentes. Al ser descubierto,
el niño pidió, con lágrimas en los ojos,
que se le permitieran los dos almuerzos, porque no quería
morir como su hermana pequeña” [RINGELBLUM, E., Notes
from the Warsaw Ghetto, pág. 230]
Ringelblum documenta la expansión de las enfermedades,
los efectos del hambre, la situación de los orfanatos,
las tácticas de supervivencia, las estrategias de los contrabandistas
para introducir alimentos, el deterioro de las condiciones, las
dificultades para conseguir servicios médicos, la desintegración
de los lazos familiares, el incremento del coste de la vida, el
desmantelamiento de las tradiciones familiares, la mortalidad,
el tráfico ilegal de cartillas de racionamiento, e incluso
el humor que circulaba por las calles o lo que la gente leía
en el ghetto. Nos muestran el proceso de desintegración
económica y social que significó el ghetto en la
vida de la comunidad judía de Varsovia, desde las medidas
restrictivas implementadas a partir de 1940, hasta las deportaciones
a los campos de exterminio iniciadas en julio de 1942.
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Desde el momento en que los judíos quedaban aislados de
la sociedad polaca y rodeados de muros o alambradas, la distribución
de comida quedaba totalmente controlada por los alemanes. Un trabajador
recibía una ración que era apenas suficiente para
una persona; para alimentar a los enfermos y los ancianos, debían
ser puestos en las listas de personas productivas y sus parientes
debían cubrirlos trabajando jornadas más largas
para cubrir sus cuotas de producción.
La cantidad de alimentos asignada era insuficiente, y muchos elementos
de primera necesidad no existían en el ghetto. La ración
oficial del ghetto probablemente apenas llegaba a 800 calorías
diarias por persona. Esta era la mitad de la ración para
los polacos no judíos, y una tercera parte de la ración
de los alemanes en Polonia.
En los ghettos polacos, los complementos oficiales se distribuían
en base a unas cartillas de racionamiento preparadas por las autoridades
de ocupación, una forma que fue impuesta incluso antes
de que los judíos fuesen confinados a distritos deparados.
Ya en la primera fase, las raciones de comida asignadas a los
judíos fueron mucho más cortas que aquellas asignadas
al resto de la población.
Ya que los alimentos proporcionados por las cartillas de racionamiento
estaban lejos de ser suficientes, las personas con medios intentaban
comprar más comida. En general, los judíos pagaban
por sus complementos con los bienes procedentes de la venta de
sus posesiones a los “arios”; aquellos que no tenían
nada que vender morían de hambre.
El hambre y la malnutrición era la realidad de todo el
mundo. Durante todo el tiempo que existió el ghetto de
Varsovia, el hambre fue el principal problema de los residentes
en su vida diaria. Los alimentos en la Polonia ocupada estaban
racionados, por lo que incluso las personas con bienes y dinero
sólo podían comprar lo que los alemanes permitían.
Cada persona tenía cupones de racionamiento para diferentes
categorías de comida. Los judíos no podían
comprar carne, pescado, fruta, verduras, huevos o harina blanca;
su dieta consistía, principalmente en patatas y pan.
Cuando fueron creados los ghettos, los polacos se acercaban a
las alambrabas y vendían harina, pan, mantequilla, leche
y otros productos, a cambio de artículos como sábanas,
abrigos, blusas y otras piezas de material que era difícil
obtener con el racionamiento de guerra. Algunas personas arriesgaban
sus vidas introduciendo de contrabando carne y otros elementos
en el ghetto: lo abandonaban de noche y visitaban a granjeros
polacos; compraban una vaca, la sacrificaban y llevaban la carne
al ghetto; pero eran aventuras costosas, porque había que
sobornar a los guardianes polacos. La carne era vendida en el
mercado negro, a precios extremadamente altos.
Los trabajadores polacos que trabajaban fuera del ghetto, como
los batallones de construcción de carreteras, solían
comprar comida de las granjas cercanas a sus centros de trabajo.
Los contrabandistas, especialmente los judíos, arriesgaban
sus vidas cada vez que introducían o sacaban algo del ghetto:
los que eran descubiertos eran ejecutados en el acto. En octubre
de 1941, el contrabando fue oficialmente declarado un delito castigado
con la muerte.
La mayoría de los contrabandistas eran personas normales
que necesitaban alimentos para sus familias. Muchos eran niños
porque les era más fácil escurrirse dentro y fuera
del ghetto, sin ser descubiertos.
Algunos contrabandistas eran profesionales que conseguían
grandes beneficios y vivían con grandes lujos dentro del
ghetto; algunos, antes de la guerra, habían sido ladrones
y estafadores. Pero se convirtieron en un factor muy importante
en la lucha para conseguir comida y sobrevivir en el ghetto. Hasta
agosto de 1942 fue relativamente fácil comprar comida en
la mayoría de los grandes ghettos, como Varsovia.
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Para aquellos que no podían comprar comida o introducirla
en el ghetto de contrabando, la muerte por hambre era una certeza
casi absoluta.
Aproximadamente el 60% de la población judía no
tenía oportunidad de trabajar en los ghettos, y esto hacía
extremadamente difícil conseguir comida adicional para
las extremadamente pobres raciones.
La falta de comida en los ghettos fue explotada algunas veces
por los alemanes para persuadir a los judíos para que participasen
voluntariamente en las deportaciones. En un momento determinado,
los judíos de Varsovia que se presentasen voluntariamente
para la deportación recibirían 3 kilos de pan y
1 kilo de jamón.
Las condiciones de alojamiento creadas en los ghettos se convirtieron
en una de las principales armas en la destrucción de los
judíos.
Algunos ghettos atraparon a todos los judíos en su interior,
totalmente cerrado al exterior: los no judíos sólo
podían entrar con un permiso especial, y los judíos
no podían abandonarlo para nada. Contrariamente a este
aislamiento, en las ciudades y pueblos de tamaño medio
se les permitía los judíos abandonarlos a ciertas
horas del día para conseguir comida o trabajo, mientras
que otros ghettos tenían una casi absoluta libertad de
movimientos.
Pero esta pequeña libertad de movimientos desapareció
a finales de 1941, y para la primavera de 1942, los ghettos fueron
cerrados, y cuando comenzaron las deportaciones y la “solución
final”, los ghettos quedaron completamente aislados del
exterior.
En Polonia, donde los judíos no estaban al tanto de las
intenciones nazis, se resignaron al establecimiento de ghettos,
pensando que la coexistencia en cooperación mutua bajo
un autogobierno haría más fácil sobrevivir
al período de represión hasta que su país
quedase libre del yugo nazi. Consideraban que dentro del ghetto
se iban a encontrar un tanto más seguros, en tanto que
no podían interactuar con no judíos, libres de las
humillaciones y los peligros diarios. Basándose en las
experiencias del pasado y en los cálculos económicos
racionales, les parecía que encerrando a los judíos
en ghettos los nazis habían llegado a la manifestación
final de su política antijudía. Si los judíos
conseguían llevar a cabo sus órdenes y probar que
eran valiosos por su trabajo, probablemente se les permitiría
organizar su vida comunitaria como ellos deseasen.
Las condiciones de vida en los ghettos eran horribles. La malnutrición
estaba muy extendida y la muerte por inanición era un fenómeno
diario. Entre 1941 y 1942, el 20% de la población de los
ghettos de Varsovia y Lodz murieron de hambre (más de 112.000
personas). Eliminar a los judíos a través del hambre
era más barato que fusilarlos o gasearlos, y todos los
alimentos y otros elementos de primera necesidad eran necesarios
para el personal militar del frente.
En muchos casos, el ghetto estaba localizado en los barrios pobres
de una ciudad que anteriormente ya había tenido una comunidad
judía importante. El traslado de un gran número
de personas dispersas por la zona a los ghettos era un proceso
caótico y complejo. En Lodz, donde una zona que ya alojaba
a 62.000 judíos fue designada como ghetto, provocó
la llegada de 100.000 judíos más que fueron amontonados
en otros sectores de la ciudad; las líneas de autobús
debían ser reorganizadas, para evitar la interrupción
de las principales líneas de transporte de la ciudad: dos
calles fueron cortadas para que los pasajeros polacos de los trolebuses
pudieran pasar, por el centro del ghetto de Lodz, por unas calles
que los judíos sólo podían cruzar a través
de puentes de madera elevados. En todas las ciudades polacas,
los ghettos estaban superpoblados. Los judíos eran transferidos
de otros barrios de la ciudad, y en muchos casos de las zonas
rurales cercanas para alojarse allí, mientras que los habitantes
no judíos eran obligados a trasladarse a otras zonas. Estos
traslados causaron una gran sobrepoblación: en Lodz, por
ejemplo, el porcentaje era de seis personas en cada habitación;
en Vilna se llegó a 8 personas por habitación durante
un período. Cuando la sobrepoblación de un ghetto
descendía, debido a las deportaciones, el área del
ghetto era reducida considerablemente.
La sociedad judía siempre había incluido grupos
que necesitaban algún nivel de asistencia, pero los problemas
creados por el Nacionalsocialismo provocaban problemas sin precedentes
hasta aquellos momentos. Las medidas impuestas por los alemanes
a las comunidades judías provocaron un constante deterioro
de la situación económica de estos sectores. Además,
decenas de miles de judíos fueron desplazados de sus hogares
y se convirtieron en refugiados, sin un lugar para vivir o una
fuente de subsistencia. Poco a poco, los judíos quedaron
fuera de los servicios de asistencia pública y necesitaron
crear instituciones y servicios propios, como asilos, orfanatos,
instituciones educativas, de asistencia sanitaria, etc.
A la hora de enfrentarse a la supervivencia diaria de sus comunidades,
los miembros de los Consejos Judíos aplicaron sus experiencias
previas a la guerra, aunque la situación de las condiciones
era totalmente diferente.
Los esfuerzos de los Consejos para mejorar las condiciones de
vida de la población estuvieron entre las formas de contrarrestar
la brutalidad de las políticas nazis, destinadas a romper
el poder de resistencia de las comunidades judías. Pero,
incluso en las primeras fases de su desarrollo, las actividades
de los Judenräte no evitaron algunos niveles de proteccionismo,
favoritismo, etc., que provocaban un fuerte resentimiento en las
comunidades.
Muchas de las funciones de los Consejos fueron imposiciones de
los alemanes, con el establecimiento de los ghettos, primero en
Polonia y luego en la URSS: la transferencia de los judíos
desde sus hogares a las zonas determinadas, el mantenimiento del
orden público, evitar el contrabando, etc. También
era tarea del Judenrat la distribución de raciones alimenticias,
que estaban muy por debajo del nivel de subsistencia, por lo que
un gran número de habitantes de los ghettos morían
de hambre.
En algunos ghettos, el Judenrat intentó suplementar las
raciones alimenticias, comprando provisiones en el mercado negro
de las zonas arias, o intercambiándolas por productos manufacturados
en el ghetto; se establecieron asociaciones de ayuda mutua, que
intentaban proporcionar alivio a los sufrimientos de la población,
etc.
Las enfermedades fueron un fenómeno que se extendió
rápidamente, y los alemanes consideraron al Consejo como
los responsables de evitar que las enfermedades contagiosas saliesen
de las fronteras del ghetto, pero consideraban las elevadas tasas
de mortalidad como una ayuda para la “solución final”
el problema judío. Los Consejos, por su parte, crearon
hospitales y organizaron otras formas de asistencia médica,
para reducir, en la medida de lo posible, las dimensiones de las
epidemias. En algunos ghettos, otras organizaciones comunitarias
lucharon contra los efectos del hambre, a través de redes
extraoficiales, básicamente centradas en movimientos políticos
o juveniles.
En Polonia, la Sociedad Judía de Autoayuda, una organización
reconocida por las autoridades alemanas, intentaba proporcionar
asistencia a los más necesitados. En algunos casos, el
Judenrat y las organizaciones voluntarias cooperaban entre sí,
pero las fricciones crecían cuando el Consejo intentaba
ejercer la supervisión sobre todas las organizaciones de
asistencia entre la población judía.
La vida en el ghetto era una vida de miseria, hambre, enfermedades
y desesperación. Las viviendas estaban superpobladas, con
10-15 personas viviendo en apartamentos anteriormente ocupados
por 4; la provisión de calorías diarias apenas alcanzaba
las 1.100. Sin los contrabandistas que introducían alimentos
en el ghetto, el hambre hubiera sido desastrosa.
También existían numerosos problemas de salud pública,
en los que las epidemias eran una amenaza, y el tifus la peor
de todas. Los cuerpos de los fallecidos quedaban a menudo abandonados
en las calles hasta que llegaban los servicios de recogida; los
mendigos estaban por todas partes. Quizás lo más
terrible era la incertidumbre de la vida en el ghetto: sus residentes
nunca sabían lo que les traería el mañana.
En el ghetto, la vida continuó: las familias se ajustaron
a las nuevas realidades, viviendo en un miedo constante, el trabajo
esclavo y las deportaciones. La supervivencia era un elemento
de la vida cotidiana, una lucha por cubrir las necesidades básicas
de alimento, calor, asistencia sanitaria, abrigo y ropa. Las escuelas
clandestinas educaban a los jóvenes, y los servicios religiosos
se realizaban, a pesar de estar prohibidos. La vida cultural floreció
en los ghettos, con obras de teatro, piezas musicales, poesía
y arte, que ofrecían un respiro temporal a las miserias
de la vida diaria.
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