| historia
de los campos de concentración nacionalsocialistas |
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La
primera mitad de la guerra (1939-1942) |
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Con el comienzo de la guerra se produjo la expansión
del sistema de campos de concentración, y en
el transcurso de esta expansión se transformaron
nuevamente tanto la situación como las condiciones
de los presos, pero también la composición
de los grupos de detenidos.
Se incrementó el número de personas
trasladadas a los campos, aunque ya durante la fase
anterior a la guerra la dirección nacionalsocialista
había previsto la detención de todos
los enemigos potenciales del régimen. Desde
ese momento, todos los campos dependientes de la Inspección
de Campos de Concentración, sirvieron como
centros de internamiento, interrogatorio y ejecución
para los servicios de la Policía de Seguridad
(Sicherheitspolizei). En octubre de 1939,
Himmler ordenó que todas aquellas personas
que durante las razzias policiales fuesen
detenidas por vagancia en el trabajo, fuesen puestas
en custodia. Además, se debía detener
a todos los judíos que, después del
prógrom de noviembre de 1938, no habían
abandonado Alemania, así como todas las personas
que provocasen inquietud o agitación entre
la población; por ejemplo, en este contexto
se endureció la persecución de los sacerdotes
católicos, acusados de “minar la voluntad
de lucha del pueblo alemán” con discursos
pacifistas, de criticar al gobierno nacionalsocialista
o que se quejaban por el trato que se daba a los judíos.
Este proceso, junto al internamiento de los ciudadanos
procedentes de los países ocupados por Alemania,
provocó que el número de detenidos casi
se cuadruplicase, pasando de unas 21.000 en agosto
de 1939, a 70.000-80.000 en la primavera de 1942[20].
Sin embargo, el comienzo de la guerra afectó,
básicamente, a los grupos sociales, políticos
y raciales considerados “enemigos” de
la Volksgemeinschaft, que pasaron a convertirse en
el objetivo de la represión nacionalsocialista.
En los países de la Europa Occidental y del
Norte, la persecución se centró, básicamente,
en los grupos de adversarios políticos, en
la oposición política, los saboteadores
y los miembros de los diferentes grupos de resistencia
que surgieron con la ocupación. Sin embargo,
en ningún momento se produjo una persecución
racial, porque el régimen nacionalsocialista
consideraba a muchos de esos pueblos como “germanos”
o afines (noruegos, daneses, holandeses, etc.).
En los países de la Europa Oriental, los procedimientos
represivos nacionalsocialistas diferenciaron de los
que tuvieron lugar en la Europa Occidental y del Norte.
La represión no se centraba únicamente
en la eliminación de los grupos de oposición
política, sino, principalmente, en la puesta
en marcha de la política racial del régimen,
así como en el reclutamiento de mano de obra
forzosa para la industria alemana. En estas zonas,
la dirección de las SS comenzó a utilizar
los campos de concentración como un instrumento
de la política de ocupación; además,
utilizaron también los campos para disciplinar
a los trabajadores forzosos trasladados a Alemania.
También comenzó, en el otoño
de 1941, la construcción de nuevos campos de
prisioneros de guerra de las SS, que desde su creación
quedaron subordinados a la Inspección de campos
de concentración. Entre octubre y diciembre
de 1941, el Ejército alemán entregó
a las SS más de 100.000 prisioneros de guerra
soviéticos, que en su mayoría fueron
condenados a morir de hambre y enfermedades[21].
Todo este proceso transformó la composición
de los detenidos. Los presos alemanes habían
sido, hasta el comienzo de la guerra, el grupo nacional
más importante. Sin embargo, las persecuciones
llevadas a cabo en los países ocupados tuvieron
como resultado la transformación de la composición
de los grupos de detenidos. Esto provocó que
en el transcurso del conflicto los presos alemanes
fueran convirtiéndose, progresivamente, en
una minoría: en el otoño de 1941, los
presos alemanes suponían el 75% de los detenidos;
en agosto de 1942 eran el 33.6%; en diciembre de 1943,
el 13%; en octubre de 1944, el 8%; y el 30 de marzo
de 1945, el 7% de los detenidos[22].
Desde ese momento, los porcentajes mayoritarios de
internados en los campos de concentración pasaron
a ser de los presos procedentes de la Europa Oriental,
especialmente polacos y soviéticos.
Con este proceso se produjo también una profunda
transformación en la “jerarquización
racial” de los grupos de detenidos, y comenzaron
a aplicarse los nuevos conceptos de nacionalidad y
“raza”. Esto afectó a los presos,
porque las posibilidades de supervivencia estaban
directamente relacionadas con la posición dentro
de la jerarquía de los presos y los criterios
raciales a aplicar: aquellos que estaban en los niveles
más bajos de esta jerarquía (judíos
y eslavos) eran los que tenían mayores posibilidades
de ser eliminados. En el punto más alto estaban
los alemanes no judíos, seguidos por los deportados
de la Europa Occidental y del Norte. Estos eran los
grupos que tenían mayores privilegios y que
ocuparon, hasta el final de la guerra, las posiciones
claves en el sistema de campos; de modo que se ampliaban
sus posibilidades de sobrevivir.
La incorporación del sistema de campos a la
red económica y administrativa de las SS sirvió
para que Himmler pudiese utilizarlos como un factor
económico de gran importancia. La utilización
de los presos como mano de obra debía permitir
que las SS se mantuviesen independientes de las empresas
privadas, a pesar de que, a este nivel, la productividad
de los presos era muy baja. Por otro lado, durante
la primera mitad de la guerra, el trabajo de los presos
se mantuvo como un sistema de “reeducación”,
castigo y, finalmente, eliminación. Es decir,
que el trabajo había perdido sus funciones
productivas, y algunos grupos de detenidos eran exterminados
mediante el trabajo. No se buscaba la rentabilidad,
sino la explotación gratuita, el envilecimiento,
la degradación y la “reeducación”
del ser humano, con métodos completamente irracionales.
Los internados debían ser “reeducados”
dentro del orden, la limpieza, la obediencia incondicional
y la férrea disciplina, conceptos que eran
los pilares básicos del nuevo régimen,
extrapolados a los campos de concentración.
La expansión del sistema de campos en este
período se produjo de forma lenta y supuso
una multiplicidad de aspectos. Por ejemplo, debido
principalmente a las condiciones de detención
(insuficiente alimentación, masificación,
problemas de epidemias, escasa atención médica,
etc.), desde el comienzo de la guerra se incrementó
notablemente la tasa de mortalidad, de forma generalizada,
y produjo la aparición, desde el invierno de
1939-1940, de epidemias de tifus, disentería,
etc. En Dachau, la tasa de mortalidad se incrementó
del 4% en 1938 al 36% en 1942; en Buchenwald pasó
del 10% en 1938 al 19% en 1941; en Sachsenhausen pasó
de poco menos del 3% en 1938, al 16.34% en 1941. Por
otro lado, el régimen nacionalsocialista creó,
en las zonas ocupadas, un cierto número de
centros de internamiento y ghettos para judíos,
mientras que los campos de concentración, especialmente
los situados en el territorio del Reich, no fueron
utilizados, en la primera mitad de la guerra, como
instrumentos principales de persecución de
los judíos.
Durante la primera mitad de la guerra, el sistema
de campos de concentración estuvo caracterizado,
principalmente, por el inicio de la introducción
de dos factores que podemos denominar “trabajo”
y “exterminio”. Por un lado, se llevaron
a cabo las acciones de exterminio de los presos enfermos
o débiles y el asesinato de los comisarios
políticos soviéticos. A comienzos de
1942 se llevaron a cabo las primeras ejecuciones masivas
de judíos en los campos de Polonia (Belzec,
Sobibor y Treblinka), además de las que se
estaban llevando en las zonas soviéticas ocupadas[23].
Por otro lado, se desarrollaban las primeras fases
de la colaboración entre la industria alemana
y el sistema de campos para utilizar a los presos
como mano de obra en la economía de guerra,
tanto en empresas estatales como en privadas. Poco
a poco, la dirección de las SS y del Estado
concedió una importancia cada vez mayor al
trabajo de los presos, debido a las presiones de la
industria alemana y al esfuerzo que suponía
la “guerra total”.
Esto provocó que en el otoño de 1941
se llevase a cabo una reestructuración del
trabajo en los campos de concentración y se
estableció que las comandancias de todos los
campos tuviesen su propio departamento para cuestiones
relacionadas con el trabajo de los presos. Estas medidas
estaban destinadas a impulsar la centralización
y efectividad del trabajo de los detenidos, cuya utilización
se había mantenido a niveles ínfimos.
Himmler permitió también el empleo de
presos en empresas no controladas por las SS, y dejó
de poner obstáculos a los propósitos
de los consorcios industriales alemanes para colaborar
con la dirección de las SS en la utilización
de los presos.
Las dos líneas de actuación que se desarrollaron
a partir de 1941, el “exterminio” y el
“trabajo”, no estuvieron, en ningún
momento, enfrentadas una con otra, porque ambos elementos
hacían referencia a grupos de víctimas
que la dirección de las SS consideraba con
ánimo diferente. Ambos factores se convirtieron,
en la segunda mitad de la guerra, en los elementos
determinantes del sistema de campos de concentración:
el exterminio de los judíos europeos y el trabajo
forzoso de los presos no judíos, en beneficio
de la industria alemana. |
20 KAIENBURG,
“Vernichtung”, pág. 229.
21 La Inspección
de campos de concentración informó a
los comandantes de los campos que estos presos podían
ser alojados in primitivster Formen (en las formas
más primitivas). TUCHEL, Johannes, “Die
Inspektion der Konzentrationslager 1938-1945. Das
System des Terrors. Eine Dokumentation“, en
revista Schriftenreihe der Stiftung Brandenburgische
Gedenkstätten, núm. 1, Berlín,
1994., pág. 73.
22 STEIN, Harry,
„Funktionswandel des Konzentrationslagers Buchenwald
im Spiegel der Lagerstatistiken“, en HERBERT,
Ulrich, ORTH, Karin, DIECKMANN, Christoph (Hg.), Die
nationalsozialistischen Konzentrationslager. Entwicklung
und Struktur, Edit. Wallstein, Göttingen,
1998, ver tablas 13 y 21, págs. 180 y 187.
23 HILBERG, Raul,
Die Vernichtung der europäischen Juden,
3 Bde., Fischer TB Verlag, Frankfurt am Main, 1990,
págs. 938-942. |
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