Desde la antigüedad, la historia ha conocido numerosos
genocidios (algunos de ellos no tan lejanos en el tiempo).
Pero sólo a partir del exterminio de los judíos
europeos por los nazis, se sintió la necesidad de inventar
una forma nueva de crimen, el “crimen contra la humanidad”,
como reconocimiento de que el mal había alcanzado un
grado que hasta entonces no se había concebido.
La
pregunta que debemos plantearnos al acercarnos al tema de
los campos de concentración, el Holocausto y el terror
nazi es bien sencilla: ¿Podemos extraer concepciones
morales, como tolerancia, convivencia, comprensión,
coexistencia, etc., a partir de lo que hemos aprendido de
estos hechos? Probablemente, la respuesta sea que no, sobre
todo, porque la lista de genocidios no ha cesado de incrementarse
en los últimos años. Pero no por esto podemos
(o debemos) olvidar que el Nacionalsocialismo fue un hecho
singular.
A
pesar del gran número de artículos, libros,
películas, exposiciones, debates y todo tipo de actividades
y pedagogías que se han desarrollado alrededor del
tema del Holocausto y los campos de concentración,
sólo es un intento para ayudarnos, porque aún
no entendemos plenamente este fenómeno, después
de tantos años, en lo que algunos autores han denominado
“la sombra del Holocausto”.
El
Holocausto, eso sí, se ha expandido desde la esfera
privada de la comunidad judía al reino público
de los medios de comunicación y se ha extendido entre
la población: sólo hemos de analizar el éxito
de películas como “La lista de Schindler”,
“El pianista” o “Qué bello es vivir”.
Pero eso no nos hace estar más cerca del entendimiento
de las consecuencias del Holocausto en la sociedad contemporánea,
de cómo sirvió para redefinir la identidad comunitaria
o las acciones políticas.
En
el año 2005 se cumplió el 60 aniversario de
la liberación de Auschwitz y del resto de campos de
concentración y del final del terror nazi. Fue un año
mucho más que adecuado para la conmemoración,
el recuerdo y, sobre todo, para la reflexión. Todos
los grandes centros dedicados al estudio y la conmemoración
llevaron a cabo actividades y actos que sirvieron para recordar
a las víctimas, un año más. Y, sobre
todo, sirvieron para que no nos olvidemos tampoco de los supervivientes:
la historia de los campos de concentración no la escriben
únicamente los historiadores, sino principalmente los
que pudieron regresar del horror. Son ellos los que, con sus
recuerdos, sus vivencias y su pasado, nos permiten mantener
vivo el recuerdo y la memoria de lo que pasó en un
período no tan lejano de nuestra Historia contemporánea.
El
Holocausto, desde el punto de vista histórico, supuso
una singularidad sin precedentes. Por primera vez, un Estado
decidió eliminar a un grupo humano, utilizando todos
los medios técnicos a su disposición para llevar
a cabo su crimen. Pero también hay un componente nuevo
en la forma en la que se ha asumido en la posguerra: la utilización
pública del Holocausto, que plantea la importancia
de la memoria de las víctimas en la educación,
pero también a la hora de establecer la definición
de las identidades colectivas. Por ejemplo, Günther Grass
entendía que Auschwitz fue un acontecimiento de una
importancia tal que había un antes y un después
de 1945: un alemán no podía identificarse moralmente
con su historia, si primero no se aceptaban los hechos del
nazismo como parte de una historia propia.
Pero
también debemos evitar el peligro del aislamiento del
concepto del Holocausto, porque situaciones similares no han
cesado de manifestarse en el transcurso de la historia. Y
no podemos admitir que la singularidad del Holocausto nos
lleve a la indiferencia con respecto a cualquier otra forma
de violencia. Por eso, el papel de estos centros para la educación
de las nuevas generaciones, para el conocimiento del pasado
y de sus orígenes, es de una importancia vital. Debemos
reconocer que cada víctima tiene un valor esencial
y absoluto, que la injusticia que se ha cometido con ella,
grande o pequeña, debe ser reparada.
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