Al terminar la Segunda Guerra Mundial, millones de personas
se vieron obligadas a buscar entre las cenizas de sus vidas
destrozadas. Los seres queridos habían muerto o desaparecido
para siempre. Los supervivientes ansiaban, sobre todo, sobreponerse
a todo lo que había pasado, pero muchos se vieron acosados
por el “sentimiento de culpabilidad del superviviente”
y la ansiedad de enfrentarse a la nueva situación que
se creaba tras la liberación de los campos.
La
cuestión del cómo y del porqué permanece
con nosotros, inevitablemente. Pero la pregunta principal
que nos legó el Tercer Reich sigue siendo la misma:
después de lo que pasó durante esos años
de tinieblas, después de quebrantar los fundamentos
básicos de nuestra sociedad, ¿qué queda
para la cultura moderna? ¿Es posible, como planteó
Adorno, escribir un poema después de Auschwitz?
Desde
que terminó la guerra, comenzaron las conmemoraciones,
con diversas formas, dependiendo de cómo había
vivido cada comunidad el conflicto. Esa memoria se transmitió
de formas muy diferentes: desfiles, aniversarios, libros,
películas, monumentos conmemorativos, etc.
En
muchos casos, la memoria se concreta en selectivas evocaciones
del pasado y significativos silencios que no deben sorprendernos,
porque la memoria es un campo de batalla en el que hay mucho
en juego, y el efecto del recuerdo individual es imprevisible.
Incluso en la inmediata posguerra, el impulso dominante fue
dedicarse a una evocación muy selectiva de lo que había
acontecido, que incluyó un proceso de “olvido”
de determinados aspectos, que también se convirtió
en una negación. Esto nos hace ver que la memoria no
sólo sirve para recordar, sino también para
olvidar: fomentar el recuerdo de unos elementos de la historia
equivale a olvidar otros, más “molestos”.
Para
muchas personas, la memoria del genocidio se ha convertido
en la memoria de los campos de concentración y exterminio,
en el asesinato “industrial” de millones de personas
en las cámaras de gas. Y aunque las cámaras
de gas son un hecho innegable que llevaron el horror a extremos
sin precedentes, no se puede ignorar que millones de personas
(judíos, gitanos, polacos, rusos, comunistas, homosexuales,
etc.) fueron asesinados fuera de las cámaras de gas,
de los recintos de los campos, “sobre el terreno”.
Si resulta inconcebible lo ocurrido en las cámaras
de gas y el calculado exterminio de millones de judíos
y de no judíos, es también difícil recordar
los actos de violencia llevados a cabo por personas “corrientes”.
Es
necesario aprender las lecciones que la historia nos proporciona,
hacer un ejercicio de reflexión y de pedagogía,
pensando, sobre todo, en las próximas generaciones,
pero sin olvidar la dignificación de la memoria de
los desaparecidos. No podemos permitirnos el olvido si no
queremos ser injustos con las víctimas y no queremos
banalizar la destrucción humana que se desencadenó.
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