Muchos historiadores utilizan la palabra Holocausto para referirse
al genocidio, reduciendo el hecho a una cuestión entre
alemanes y judíos, olvidando a los eslavos, gitanos,
homosexuales, asociales, disidentes políticos, etc.,
que también fueron víctimas del régimen.
Otros autores utilizan el término Shoah para referirse
a la aniquilación de miles de individuos, convirtiendo
lo sucedido en un “castigo divino” contra el pueblo
judío, que resurgirá de sus cenizas en el Estado
de Israel. La mejor forma de hacer referencia a estos conceptos
es la expresión “exterminio” o “genocidio”
al hacer referencia a la aniquilación de millones de
personas en los campos, intentando retratar un proceso que
no pertenece al pueblo alemán o judío, sino
al conjunto de la humanidad.
Los
términos “Holocausto” y “Shoah”,
en referencia al genocidio nacionalsocialista de los judíos
europeos, ha encontrado un lugar establecido en los usos generales,
desde las dos últimas décadas. Son empleados
como términos generalizados, sin tener en cuenta el
significado en el contexto respectivo de su uso. Al utilizarlos,
debemos ser conscientes de que el uso de estos términos
excluye otras partes del genocidio nazi y de sus políticas
raciales, unos elementos que es indispensable examinar para
mantener una comprensión completa de todos los aspectos
de la política racial nacionalsocialista.
Los
alemanes, en particular porque los perpetradores emergieron
de sus ciudadanos, pero también otros que no pertenecen
a los grupos de víctimas mencionadas, no pueden utilizar
con corrección estos términos (“sacrificio
de fuego” y “catástrofe”), porque
son traducciones inadecuadas de las metáforas. Además,
ambos conceptos contienen asociaciones religiosas que deben
ser consideradas aparte de otras perspectivas, especialmente
desde el punto de vista de los perpetradores.
El
uso de estos términos no sólo excluye el recuerdo
de otras víctimas, sino que también crea una
jerarquía moralmente problemática entre las
víctimas. Aparece así la idea de un exclusivismo
del genocidio judío frente a otros grupos de víctimas
y se asocia la política racial nazi únicamente
con uno de sus grupos de perseguidos. Al mismo tiempo, impide
la necesaria penetración en el razonamiento ideológico
común que se encuentra tras el exterminio en masas,
sobre todo si tenemos en cuenta que los diferentes grupos
de víctimas asumen diferentes roles políticos.
El
núcleo de la ideología nacionalsocialista era
la premisa de la desigualdad humana, en oposición al
principio de igualdad de los derechos humanos. Su política
racial se volvió contra grupos de personas que eran
definidas como “inferiores”, perseguidos y eliminados
como factores de ruptura, desde el momento en que no tenían
sitio en la utopía nazi de una comunidad competitiva,
genética y físicamente homogénea. Los
preparadores del genocidio nazi justificaron el exterminio
de las vidas “indeseables” con el propósito
de fortalecer y salvaguardar la vida de los “deseables”.
La aniquilación fue propagada por todo el Reich como
un programa de salud pública para la recuperación
del “cuerpo del Pueblo”, y en el resto de Europa
como un programa para una “recolocación étnica
de la tierra” y una reorganización de Europa,
desde el punto de vista de sus fundamentos racial-biológicos.
Para
el sociólogo Zygmunt Bauman, la cuestión sobre
la posibilidad de la repetición del Holocausto siempre
mantiene una cuestión sobre el genocidio como tal,
porque el genocidio es una realidad diaria en el mundo de
hoy; es preciso un análisis que proporcione conclusiones
que lleven a entender la sociedad actual, su organización
y su historia. Uno de los aspectos más destacables
del análisis de Bauman es la combinación de
“singularidad” y “normalidad” que
distingue al Holocausto de otros fenómenos modernos
y que refleja una dialéctica perfecta.
Desde
el final de la Segunda Guerra Mundial ha habido docenas de
genocidios y masacres por todo el globo, en lugares distantes
y con nombres impronunciables, pero también entre nuestros
vecinos, como en Yugoslavia. Bauman señala la tesis
de la “ruptura civilizacional”, señalando
que el genocidio, per se, no es un invento moderno; el “Holocausto”,
sin embargo, fue un desarrollo moderno debido a su crueldad
y la inhumanidad de sus asesinatos masivos, fue perpetrado
en nombre de la humanidad y la civilización, usando
la más avanzada tecnología. Este Holocausto,
el de los judíos en los campos de exterminio, es el
mejor conocido, el más ampliamente investigado y el
más discutido, porque sucedió en el corazón
de Europa y en una época relativamente reciente.
La
especificidad de las masacres genocidas nacionalsocialistas
es que fue planeado y ejecutado por una autoridad estatal,
que poseía y ejercía un poder ilimitado de definición
y de exclusión de grupos de su población, calificándolos
de “indeseables”, “peligrosos”, “inútiles”,
etc., privándolos de sus derechos y, finalmente, aniquilándolos
físicamente.
El
aprendizaje histórico-político y la pedagogía
de la memoria comienzan con la claridad del lenguaje utilizado.
Por eso, el uso de términos como “asesinato masivo”
o “genocidio”, en lugar de “Holocausto”
o “Shoah”, es una necesidad para mantener este
proceso de aprendizaje correctamente encauzado.
La
apreciación pedagógica del Nacionalsocialismo
y del asesinato de masas y el genocidio en el sistema educativo,
así como en los memoriales y lugares históricos
de Alemania, es decir, en el país de los perpetradores
y sus descendientes, debe tener lugar, necesariamente, desde
un punto de vista diferente: debe involucrar a un amplio espectro
de temas mucho más amplio que en cualquier otro país,
porque no se trató únicamente del genocidio
judío, sino también el de otras muchas personas
y colectividades.
Todas
las víctimas y todas sus historias de persecución
y asesinato deben ser recordadas. Pero el mantenimiento de
una clasificación jerárquica de las víctimas
en categorías más o menos importantes, significará
continuar la presuntuosa falta de medidas para mejorar al
ser humano y significará una pedagogía inadecuada
para las nuevas generaciones.
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