Quien ha sufrido la tortura, ya no puede
sentir el mundo como su hogar.
Biografía
Toda su carrera estuvo dedicada a explorar la
noción de judío y de víctima.
Cuando el Nacionalsocialismo llegó al
poder en Alemania (1933) Améry estaba
estudiando en Viena; desde ese momento, se inició
en los escritos del antisemitismo y del nazismo.
Por primera vez comenzó a entenderse
como un extraño dentro de la cultura
en la que había vivido. El elemento decisivo
de este proceso fue la promulgación de
las Leyes de Nürnberg (1935). “La
inmensa mayoría, no sólo del pueblo
alemán, sino también de mi propio
pueblo austriaco, me había excluido de
su comunidad”. Pero tampoco encontró
su lugar entre la comunidad judía. Algunas
de las páginas más dolorosas para
Améry son las que se centran en la pérdida
de identidad, de la patria, de la propia lengua.
Convertirse en un extraño en su propio
hogar, en su país, dejar de ser reconocido.
Esa sensación es otro de los centros
del ensayo de Améry.
Cuando, tras su huída a Bélgica,
se unió a la Resistencia, lo hizo más
que nada para poder ser detenido por algo más
que por ser meramente judío, sino por
ser miembro de la Resistencia contra la ocupación
alemana. En julio de 1943 fue detenido por la
Gestapo, por distribuir propaganda opositora
entre las fuerzas de ocupación alemanas
en Bélgica. Después de su detención,
fue torturado y encarcelado en Breendonk, donde
fue interrogado por las SS durante mucho tiempo.
Posteriormente, Améry fue deportado por
la Gestapo a Auschwitz. Améry pasó
un año en el campo de Auschwitz III-Monowitz,
en el centro de producción de la IG-Farben.
Améry fue evacuado primero a Buchenwald
y, posteriormente, a Bergen-Belsen, debido al
avance del Ejército Rojo.
Améry era un intelectual, pero tuvo que
enfrentarse con la realidad de que no podía
interpretar nada más que el horror. Se
encontró que el intelecto había
perdido su calidad fundamental de trascendencia.
Tras la liberación, regresó a
Bruselas, donde se mantuvo fuera de los principales
círculos culturales. El pseudónimo
que adoptó, en lugar de su nombre original
de Hans Maier, significaba su rechazo a la cultura
alemana y su identificación con la francesa.
A pesar de todo, Améry continuó
escribiendo en alemán, aunque rechazó
viajar a Alemania durante dos décadas,
después del final de la guerra.
En octubre de 1978, Améry se suicidó
en Salzburg, y fue enterrado en el Zentralfriedhof
de Viena. Su número de deportado en Auschwitz
fue inscrito en su lápida.
Obra
Su único ensayo sobre el tema del Holocausto,
Jenseits von Schuld und Sühne (“Más
allá de la culpa y la expiación.
Tentativas de superación de una víctima
de la violencia”), no explica su propia
historia. Tampoco es un tratamiento sistemático
o cronológico de su experiencia durante
el Holocausto, sino que se trata de cinco ensayos,
ordenados según su composición.
No están agrupados siguiendo una cuidadosa
organización, sino por una temática
común, que Améry describe como
“el estado subjetivo de la víctima”.
La principal contribución de Améry
para la comprensión del Holocausto es
su concepto de la “pérdida de confianza
en el mundo”, demostrando, probablemente
mejor que cualquier otro autor, que los pilares
liberales de la civilización occidental
no están demasiado arraigados en la sociedad.
Para Améry, el Holocausto es un elemento
central para el entendimiento humano, porque
no representa una función accidental
del régimen nazi, sino su esencia misma.
Améry quería la introducción
de ciertos libros sobre Auschwitz en las clases
superiores de la escuela secundaria, como una
lectura obligatoria, porque introducían
a los estudiantes en la idea de que era indispensable,
para el currículum humanista en la era
posterior al Holocausto. La principal ambición
de Améry era hablar desde el punto de
vista de la víctima, intentando mostrar
el sufrimiento desde dentro, en lugar de pedir
una atención especial para las víctimas.
Para Améry, las víctimas no pueden
admitir nada que no sea la justicia. Y si ésta
no llega, a los supervivientes sólo les
queda el resentimiento: la sociedad que produce
el crimen se convierte en una sociedad enferma,
porque no debe olvidarse a aquellos que actuaron
con la complicidad de algunos y la pasividad
de muchos.
Améry considera que, a falta de justicia,
también es posible el mantenimiento de
la memoria. Sólo puede apostarse por
la negativa a aceptar la reconciliación
de las víctimas con el crimen. La reflexión
singular sobre los campos de exterminio, no
da lugar a una ceremonia de reconciliación
entre las víctimas y la sociedad.
De acuerdo con Améry, el Holocausto asume
su importancia sólo posteriormente (una
generación después de la liberación
de los campos), porque las víctimas judías
de los nazis no encontraron ningún tipo
de sentimiento de victoria en la derrota de
Alemania. La rehabilitación de la nación
que había creado el Tercer Reich fue
más rápida que la de las propias
víctimas. Durante los años sesenta,
cuando empezó a hablar públicamente
de los campos, la reacción del mundo
hacia Alemania e Israel hizo esas evidencias
aún más evidentes a los ojos de
Améry: mientras Alemania se había
reintegrado en Europa, normalizando su situación,
Israel se mantenía como una nación
aislada y condenada en muchos aspectos.
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