Biografía
Nacido en Córcega en 1917, fue una singular
figura del mundo intelectual francés,
tentado siempre por la literatura y la política.
Al estallar la guerra entró en la Resistencia
contra la ocupación alemana, como militante
comunista, en el grupo que dirigía clandestinamente
François Mitterrand. También se
casó con la escritora Marguerite Duras,
de la que se divorció en 1947. Trabajó
en el Ministerio de Información del gobierno
colaboracionista de Vichy, al mismo tiempo que
se integraba en la Resistencia. Detenido por
la Gestapo, en 1944, junto a otros miembros
del grupo, entre ellos su hermana Marie Louise
(que murió en el campo de Ravensbrück),
estuvo internado en varios campos de concentración
(Dachau, Buchenwald y Gandersheim). De este
último fue liberado al final de la guerra.
Al volver a Francia, comenzó a escribir
su memoria de ese período en el infierno.
Desde su primera aparición, el libro
fue recibido por la crítica como una
obra de gran importancia.
Tras la publicación de su obra, la influencia
de Antelme no dejará de crecer hasta
el día de su muerte, en 1990. En 1985,
Marguerite Duras publicó El Dolor, que
narra la espera y la búsqueda de información
para conocer el destino de su esposo.
Obra
La especie humana, publicada en España
en 2001, narra la experiencia personal de Antelme
en los campos de concentración nazis.
Este relato, de un “horror peor que la
muerte” es un testimonio de lo que significa
la destrucción y la supervivencia del
hombre. Es el testimonio de la estremecedora
historia de un superviviente de los campos de
concentración nazis. Antelme regresó
de entre los muertos y nos cuenta sus experiencias,
gracias a su testimonio autobiográfico,
donde se refleja la experiencia personal en
los campos, en los que no había sólo
judíos, sino todo tipo de personas a
la que se encarcelaba por diferentes motivos.
Esta obra, mezcla de autobiografía y
ensayo es la crónica de un militante
de la resistencia francesa y de su estancia
en los campos de concentración. Pero
también es una de las más profundas
reflexiones sobre la barbarie y la opresión.
El libro, publicado en 1947, se reeditó
en 1957, momento en que se produjo su descubrimiento.
Antelme muestra que la historia ha creado un
nuevo género de seres humanos, que internan
a los “enemigos” en un campo de
concentración. Pero su obra no es una
reconstrucción de sus experiencias en
el infierno, sino una narración de la
miseria que es horror por su reiterado devenir.
Es un relato que transcurre en dos planos paralelos:
el de la miseria, el frío, el cansancio,
el hambre, la suciedad, la enfermedad y la muerte;
y en un plano moral, el de la insistencia por
erradicar lo humano del hombre, de ese “enemigo”.
Y están aquellos en los que se consigue
ese objetivo, los “musulmanes”,
que han dejado de luchar, a los que todos dan
la espalda, que no tiene un espacio en su conciencia
para reconocer el bien o el mal, el que ha dejado
de luchar.
La gran importancia de este libro es el testimonio
verdadero de cómo luchar y cómo
poder resistir en el horror. Antelme recoge
cuidadosamente todo lo humano, la identidad
de aquello que no puede perderse: “La
diversidad de las relaciones entre los hombres,
su color, sus hábitos, su repartición
en clases, ocultan una realidad que aquí
resulta manifiesta, en el punto extremo de la
naturaleza, cerca ya de nuestros límites:
no hay especies humanas, hay una especie humana”.
Un libro como este tiene importancia por lo
que Auschwitz representa en la historia de la
humanidad: la enorme vulnerabilidad del ser
humano y de la propia humanidad. La moral de
los vencidos tiene un papel que cumplir en la
historia, y es demostrar el empobrecimiento
moral de la sociedad. Es imprescindible el testimonio
de este gran escritor, porque Antelme comprendió
que no bastaba con dar testimonio. Los hombres
y mujeres que acababan de vivir la experiencia
de los campos no podían ser creídos
ni comprendidos si no inventaban un lenguaje
para expresar lo inexpresable. Por eso escribió
un libro duro, seco, desnudo y preciso, al mismo
tiempo que extraordinariamente sereno, de una
gran lucidez |