literatura y Holocausto: el dilema de escribir sobre el Holocausto    

Literatura y Holocausto
El dilema de escribir sobre el Holocausto



“Ya no podemos escribir un poema después de Auschwitz” (T. Adorno)

El conocimiento solo no es suficiente para describir el “terror” que infectó toda la vida de la posguerra, lo que ahora llamamos “la sombra del Holocausto. La creciente aparición en el mercado español de literatura sobre el Holocausto ofrece con toda crudeza una profunda reflexión sobre la esencia del ser humano.

La Shoah se ha expandido desde la esfera privada de la comunidad judía al reino público de los medios de comunicación y las artes populares. Pero esto no quiere decir que estemos más cerca de entender las consecuencias del Holocausto para la sociedad contemporánea, sobre cómo define su vida religiosa, su identidad comunitaria o sus acciones políticas.

El principal problema que tenemos al enfrentarnos al Holocausto es darle una dimensión correcta a unos acontecimientos que escapan de nuestra comprensión, así como nuestra aceptación de los hechos, imágenes y testimonios del Holocausto.

El dilema ya no se encuentra en el tabú de aquello sobre lo que no se puede hablar, sino en la parálisis provocada por una cultura saturada de medios de comunicación, en la que todo parece haber sido dicho ya. Para los autores de segunda y tercera generación, el acceso al pasado no puede ser directo, sino que sólo puede producirse mediante la memoria de otros, lo que Ellen Fine ha denominado el problema de la “memoria ausente”.

Pero la inmediatez de la memoria postmoderna no ha disminuido el hecho do la necesidad de rehacer el pasado. Por el contrario, la necesidad de testificar ha ganado una gran urgencia, frente a los vergonzosos llamamientos de los negadores del Holocausto y la desaparición de los supervivientes, los únicos que pueden dar testimonios de primera mano sobre la Shoah.

Los relatores contemporáneos de la Shoah tuvieron que inventar un léxico que unificase tanto la realidad de Auschwitz como el enredado proceso de redescubrir el pasado que nos atormenta y nos evita.

¿Cuánto tiempo necesita una cultura para asimilar el trauma de su historia?

Holocausto es el término que utilizamos cotidianamente para referirnos al gran problema del siglo XX. Pero no siempre es un término utilizado correctamente, porque no hace referencia al conjunto de las víctimas: la definición del término Holocausto se refiere, específicamente, a un concepto religioso: el sacrificio entre judíos.

Muchas veces recurrimos a la literatura para poder expresarnos sobre la experiencia más traumática del siglo XX. La literatura se ha convertido en una especie de filtro para evitar los problemas que nos provoca el horror del acto en sí. Así, la literatura se convierte en un intento de traspasar los límites del lenguaje y como una forma de lograr representar ese horror en toda su amplitud.

Algunos autores, generalmente supervivientes del horror, han desafiado todos los límites de la escritura para transmitirnos así sus experiencias y convertirse en testimonios de su propia supervivencia.

Es interesante ver que no son tantos los libros que sobre este tema se han publicado en nuestro país, hasta fechas relativamente recientes.

De los diferentes modelos de la representación del horror de los campos de concentración, destacan aspectos tales como la literatura autobiográfica (Primo Levi, Elie Wiesel), la autobiografía novelada (Imre Kertész, Wladyslaw Szpilman), la elaboración literaria (Ruth Krüger, Paul Steinberg), la investigación histórica (Erich Hackl), el lenguaje cinematográfico (Claude Lanzmann), etc.

Primo Levi logró condensar en sus escritos el máximo de pensamiento con el mínimo estilo, en un ejercicio de austeridad, a pesar del cual el horror no deja de calarnos en los huesos al leerlo. Considera que la supervivencia no fue la regla de los campos, sino la excepción: de ahí que hable de la vergüenza y la culpa que sentían los que se salvaban (Los hundidos y los salvados).

Elie Wiesel, Premio Nóbel de la Paz en 1986, en su obra La Noche, nos habla sobre sus experiencias en Auschwitz (sobre todo la desaparición de su madre), junto a su padre y cómo se va transformando la relación existente entre ellos, poco antes de la liberación.

Imre Kertész, en su obra más conocida, Sin destino, nos habla también (como Levi en La Tregua) de su regreso a Budapest, donde se encontró con otro régimen totalitario y un inmenso campo de concentración, Hungría, del que tampoco podía salir.

En 1947, Thomas Mann se planteaba cual sería el papel histórico de los alemanes a partir de ese momento: el país de la Kultur había sido el responsable del peor crimen cometido en toda la historia de la humanidad.

Gracias a muchos supervivientes se expusieron los crímenes cometidos desde 1933. Levi y decenas de supervivientes han sentido la necesidad de contarnos lo que sucedió durante esos años, momentos en los que su cometido era morir.

Paul Celan nos expone la incapacidad de asumir como propia la lengua de sus torturadores. Robert Antelme muestra cómo los hombres se destruían, sin poder hacer nada excepto morir en silencio, mostrando su condición humana. Imre Kertész nos ha contado sus experiencias de niño superviviente en Auschwitz. Todos ellos, y muchos más, han querido dar testimonio de lo sucedido con distintos medios, pero todos querían que se recordase. Pero no debían ser recordados como héroes, sino como personajes anónimos que sobrevivieron al infierno y que debían legar a la humanidad evidencias de lo sucedido. Algunos han relatado sus experiencias en los ghettos o, como Viktor Klemperer, la reclusión en su propia casa.

Gracias al esfuerzo de todos ellos, hoy tenemos, además de las evidencias archivísticas detalladas, fuentes orales, gráficas y escritas que nos pueden arrojar luz sobre lo sucedido en aquellos lugares.

Zygmunt Bauman (Modernidad y Holocausto, 1998), señala que los funcionarios nazis que eran contratados para llevar a cabo el exterminio, si mostraban una animadversión demasiado marcada, eran despedidos, porque lo que se buscaba eran buenos gestores, disciplinados y eficientes, que no odiaran al objeto de su represión. No se buscaba el odio de esos funcionarios, sino la gestión moderna de los elementos a eliminar.

Para muchos pensadores, como Adorno, la matanza de millones de seres humanos constata que las condiciones a partir de las cuales era posible pensar han sido completamente destruidas. No han sido sólo personas físicas las que han sufrido el exterminio, sino también la idea misma de humanidad.

Auschwitz significa la destrucción de la idea misma de humanidad. Por eso, después de ese acontecimiento la poesía así como el mero pensamiento creativo son totalmente absurdos y vanos. Lo que desapareció en los campos de concentración y exterminio es la idea de hombre como la “medida de todas las cosas” y, en particular, de nuestro pensamiento, porque “pensar” significa intentar comprender la relación entre el hombre y el mundo.

“No podemos pensar más” significaría que ya no podemos sentar el conjunto de reflexiones particulares sobre la sólida creencia de la perfectibilidad del hombre: si la humanidad (aquella que creíamos la más civilizada, técnica y moralmente) ha sido capaz de perpetrar este crimen contra sí misma, cómo podemos creer que pueda servir de referente del camino a seguir.

Por eso es necesario encontrar otra vía y mostrar que es posible pensar con auténtico humanismo, a pesar de Auschwitz, porque el horror de los campos no constituye una derrota para el pensamiento crítico.

Una pregunta fundamental que debemos hacernos es ¿cómo pudo la humanidad ser eliminada en Auschwitz?
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