El campo de exterminio nazi representa una dimensión
única y extraordinaria en la historia
de los lugares marcados por la barbarie humana.
Günther Grass señala que Auschwitz,
“aunque se rodee de explicaciones,
nunca se podrá entender”,
porque traspasa el límite de la racionalidad
humana (Gunter Grass, Escribir después
de Auschwitz, Barcelona, Paidos, 1999, pág.
12).
Todos los adjetivos que podamos aplicarle al
sistema de campos de exterminio sólo
se acercan a la dimensión de lo que fue
el mayor exponente del desarrollo de la inhumanidad,
un exponente de la capacidad de un colectivo
que fue capaz de construir y hacer funcionar
un sistema de producción destinado a
la destrucción masiva de vidas humanas.
Los memoriales históricos de los campos
de concentración han pasado a formar
parte de nuestro patrimonio cultural colectivo
a través de los testimonios de aquellos
que, siendo víctimas, quisieron también
ser testigos y narradores de sus experiencias.
Es indispensable volver a los viejos relatos,
a los episodios que nos han explicado los supervivientes,
para que nunca sean olvidados por las generaciones
futuras. Estos relatos deben ser incorporados
a los manuales que se acercan al tema de los
campos de concentración, porque son relatos
sin sombra de ficción, que reflejan el
infierno dantesco con más realismo a
la hora de mostrarnos el horror que cualquier
manual histórico.
Javier Aristu Mondragón ha señalado
que, aunque algunos hablan del Holocaustos y
otros de la Shoah, no es el mejor momento para
polemizar sobre la terminología de lo
que estamos tratando. Lo que debemos hacer es
abordar toda la crónica testimonial de
los testigos del exterminio judío, que
en muchas ocasiones se escapa de nuestra comprensión.
Un elemento común en todos los relatos
sobre el infierno nazi es la trilogía
del viaje, el lugar y la transformación
de los personajes, aunque la perspectiva de
cada uno de los autores es diferente. A partir
de 1933, el hombre construye de forma literaria
el más terrible infierno de la historia,
el campo de exterminio.
Cuando los opositores comunistas y socialdemócratas
pasaron a los campos de concentración
o a las cárceles, fueron nuevos grupos
de ciudadanos los que se incorporaron a las
listas de enemigos perseguidos: gitanos, homosexuales,
Testigos de Jehová, delincuentes habituales,
etc. Pero fueron los judíos, especialmente
tras las Leyes de Nürnberg, en 1935, los
que sufrieron la peor parte de esa persecución.
A partir de 1936 se ampliaron y perfeccionaron
todos los campos, siguiendo el modelo de Dachau.
También se creó una poderosa administración
estatal, gestionada por las SS, para planificar
y gestionar la empresa persecutoria.
En el transcurso de la guerra se fueron añadiendo
nuevos y cada vez más numerosos adversarios
al régimen, y el sistema de campos se
fue extendiendo y multiplicando. Los construidos
en Polonia y la Unión Soviética
se constituyeron en la maquinaria más
colosal de destrucción masiva de seres
humanos, campos diseñados específicamente
para el exterminio de los judíos.
Conocemos el infierno de los campos de concentración
y exterminio por los testimonios transmitidos
por aquellos que lograron sobrevivir. Algunos
nos han contado cómo en unos casos el
azar y en otros la agudeza los salvó
de morir, pero otros muchos no tuvieron ocasión
para ello. En realidad, no tuvieron ocasión
de prepararse para morir, porque no sabían
que iban a morir: cientos de miles de judíos
húngaros, polacos, rumanos, griegos,
rusos, etc., fueron eliminados, después
de su llegada del ghetto, directamente desde
los trenes, sin tener certeza de que iban camino
de la muerte.
El internado que sobrevive un tiempo conoce
la naturaleza del humo que sale de la chimenea
o el olor que desprende el campo. Es consciente
de que la muerte está presente en cada
rincón y que en cualquier momento puede
alcanzarle. Pero el anónimo deportado
que no pasa la selección inicial sólo
sabe que le han separado de sus familiares y
conocidos.
La selección es el momento álgido
que determina quién se salva y quién
se condena. En los testimonios, el momento de
la selección representa, para el lector,
el intervalo de angustia y sufrimiento de mayor
emotividad: la llegada al campo supone para
el testigo la iniciación en una nueva
vida; para otros, para los que no son seleccionados
para ello, supone el momento final, la consumación
del viaje.
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Temas recurrentes en la literatura sobre el
Holocausto
El viaje
Jorge Semprún dedica su primer
relato a la experiencia iniciática que
supone el viaje hacia los campos de concentración,
a la que se enfrentan todos los deportados.
La circulación de aquellos trenes de
ganado, cerrados y sellados, llevando en su
interior a cientos de personas detenidas, ha
sido uno de los temas recurrentes en la gran
mayoría de los relatos testimoniales.
“Aquí estaba, ante nuestros
ojos, bajo nuestros pies, uno de los famosos
trenes de guerra alemanes, los que no vuelven,
aquellos de los cuales, temblando y siempre
un poco incrédulos, habíamos oído
hablar con tanta frecuencia. Exactamente así,
punto por punto, vagones de mercancías,
cerrados desde el exterior, y dentro hombres,
mujeres, niños, comprimidos sin piedad,
como mercancías en docenas, en un viaje
hacia la nada” (P. Levi Si esto es
un hombre, pág. 17) .
Este viaje es la primera experiencia que anuncia
la posterior deshumanización, la institucionalización
de la humillación y el dolor moral.
El campo
El campo de exterminio ha pasado a
ser una de las imágenes más reveladoras
de la civilización industrial del siglo
XX.
El campo se convierte en un mundo, en un sistema,
una realidad que no tiene nada que ver con la
que experimentan otros seres humanos a lo largo
de su existencia vital. Este mundo independiente
viene reflejado en la mayoría de los
testimonios, y se desarrolla a lo largo de las
manifestaciones concretas. Auschwitz se convierte,
así, en un ensayo de las nuevas formas
de hábito social y de ejercicio de poder
completamente nuevas y desconocidas hasta aquellos
momentos, en el que se desarrollan nuevos y
variados experimentos, marcados por el sufrimiento
humano.
El hambre
En todos los recuerdos memorialísticos,
el hambre es el estado natural del deportado.
Los testimonios vuelven obsesivamente a la preocupación
del hombre por la comida, la lucha, incluso
la muerte, del ser humano en busca de alimento
que le permita sobrevivir. Esa hambre no es
una circunstancia, no es un accidente que se
experimenta en un momento determinado: es lo
que le da sentido y esencia a la experiencia
en el campo. El Lager es el hambre.
La planificación alimenticia estaba pensada
para mantener en sus mínimos vitales
a los deportados que trabajaban, para poder
sacar de él la mínima energía
prevista para el trabajo, pensada para mantener
vivo al deportado hasta su agotamiento, hasta
que sea repuesto por otro esclavo que llega
en otro tren.
“A todas horas el peso del estómago
vacío, las mandíbulas inmóviles,
la pesadez de los huesos. Los dientes se mantienen
blancos. Listo para engullir lo que le echen,
el aparato se mantiene atado y tranquilo como
las máquinas paradas. Sólo arrancará
para morir” (R. Antelme, La especie
humana, pág. 89).
El trabajo
El sistema de campos de concentración
construye una nueva forma de trabajo, basado
en la esclavitud, sustentada no por la necesidad
de mano de obra esclava sino por un proyecto
social de creación de un mundo de señores
y otro de esclavos, para justificar el proyecto
de una nueva civilización racialmente
pura.
“El Lager no es un castigo; para nosotros
no se prevé un término, y el Lager
no es otra cosa que el género de existencia
a nosotros asignado, sin límites de tiempo,
en el seno del organismo social germánico”
(P. Levi, Si esto es un hombre, pág,
89).
La función del deportado es producir
lo que necesita el amo para proseguir su guerra.
Pero, con frecuencia, se trata de una producción
completamente irracional, un trabajo sin sentido,
destinado únicamente a degradar al preso.
Primo Levi explica que en su Kommando no se
llegó a fabricar el producto para el
que estaba destinado (caucho). Pero eso es indiferente:
lo importante es que el deportado trabaje, sufra
un castigo físico constante y degradante.
La deshumanización
“(…) en este lugar
está prohibido todo, no por ninguna razón
oculta sino porque el campo se ha creado para
ese propósito” (P. Levi,
Si esto es un hombre, pág, 31).
El propósito del campo era deshumanizar
a las personas a partir de extraerles su búsqueda
de conocimiento, de preguntas, de conciencia.
El campo se ha constituido así para evitar
que los presos desarrollen su propia conciencia,
como paso previo a la ausencia de racionamiento
y de pensamiento propio. La figura que expresa
esta categoría especial del habitante
del Lager es el “musulmán”,
el término que nos aproxima al máximo
deterioro físico y espiritual del preso,
a la ausencia de voluntad humana, a la eliminación
del deseo de vivir. El musulmán es resultado
de lo que ha creado el Lager.
El análisis que se hace de esta categoría
de preso condensa la esencia de su destrucción
física y moral como hombre y ser inquieto.
“(…) son ellos, los Muselmänner,
los hundidos, los cimientos del campo; ellos,
la masa anónima, continuamente renovada
y siempre idéntica (…), apagada
en ellos la llama divina, demasiado vacíos
ya para sufrir verdaderamente. Se duda en llamarlos
vivos” (P. Levi, Si esto es un hombre,
pág. 96).
Elie Wiesel plantea el campo de concentración
como un paradigma religioso, después
de su estrecha relación desde adolescente
con la religión judaica. La experiencia
del ghetto y la deportación marcarán
el momento de la crisis religiosa, lo que denomina
“el silencio de Dios”. (E. Wiesel,
La noche, pág. 44)
Uno de los peores momentos de la experiencia
del deportado, además de la llegada al
campo de concentración, es el desnudamiento,
el afeitado de la cabeza y la imposición
del uniforme de rayas que lo convierte en un
preso más, en un habitante más
del infierno. Este momento marca la pérdida
definitiva de cualquier rasgo de personalidad,
de individualidad, de humanidad, porque ya no
les queda nada, ni siquiera el instinto de conservación.
“En un último momento de lucidez
me pareció que éramos almas malditas
errantes en el mundo-de-la-nada, almas condenadas
a errar a través de los espacios hasta
el fin de las generaciones en busca de su redención,
en busca del olvido, sin esperanza de encontrarlo”
(E. Wiesel, La noche, pág. 46) .
La raza de señores
El nuevo infierno creado por el nazismo
es un lugar concebido como expresión
de la lucha de unos contra otros. Tiene sus
jerarquías, los amos y los esclavos.
La referencia al SS o a alguno de sus asistentes
en el campo como el rostro de la figura demoníaca
es un motivo de alusión permanente en
los testimonios.
La representación del ángel de
la muerte, encarnación del mal en el
campo, recae, finalmente, en la figura del SS.
Es significativo que la mayoría de los
relatos que testimonian el internamiento en
un campo de concentración no aparece,
en ningún momento, un diálogo
directo entre un deportado y un SS. Esta ausencia
es la representación del poder absoluto,
inaccesible al tacto, indigno a la mirada del
infrahombre, del esclavo, del deportado. El
preso es una especie de enfermedad, una peste
para el SS: no puede acercarse a él,
no puede mirarlo directamente, no puede hablarle.
“En Buchenwald, durante el recuento,
lo esperábamos durante horas. Miles de
tipos de pie. Después lo anunciaban:
‘¡Qué llega! ¡Qué
llega!’. Aún estaba lejos. Entonces,
ya no ser nada, sobre todo no ser otra cosa
que uno más entre los otros mil. ‘¡Qué
llega!’. Todavía no está
aquí, pero vacía el aire, lo enrarece,
lo absorbe a distancia. (…) Pasa ante
los miles. Ha pasado. Desierto. Ya no está
aquí. El mundo se repuebla”
(R. Antelme, La especie humana, págs.
25-26).
La muerte
La muerte es el tema más presente
en todos los instantes de la existencia del
campo de concentración. Toda la literatura
memorialística está impregnada
por este tema. Toda la vivencia de los deportados
gira en torno a este tema. Por ejemplo, Wiesel
reflexiona sobre el ser humano y la muerte en
la parte final de su relato, en el momento en
el que relata los días de marcha y de
transporte desde Auschwitz hacia Buchenwald,
en enero y febrero de 1945: las caminatas por
las carreteras heladas, las agonías de
amigos y compañeros que no pueden continuar,
la lucha por el pan, la muerte de su padre (E.
Wiesel, La noche, págs. 88-108)
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