“Recuerdo es la palabra clave que conecta el pasado con el
presente y el pasado con el futuro. Recordar significa la fe en
la humanidad, en el sentido de un reto para la humanidad, para así
darles sentido a nuestros humildes esfuerzos”. Elie Wiesel
En
alemán existen numerosas palabras que hacen referencia a
los lugares testigos de la historia. Denkstätte, Denkmal y
Mahnmal son las principales: las tres palabras tienen un sentido
similar, que puede traducirse como “monumento”. Pero
su significado es diferente, dependiendo del uso que se les de:
“lugar de pensamiento”, “monumento”, “monumento
conmemorativo”, respectivamente. La primera y la segunda sugieren
un lugar para la meditación, la reflexión y el pensamiento;
designan monumentos y memoriales que celebran hechos y personas
que ocasionan orgullo y celebración. Mahnmal, por otra parte,
está destinado a conmemorar el dolor, servir de advertencia
y luto, reflejando la parte negativa de la historia. Desde la década
de 1980, Alemania comenzó a tener numerosos sitios de este
tipo en sus ciudades y pueblos, más que cualquier otro lugar
del mundo.
Sin embargo, la memoria alemana del Nacionalsocialismo y del Tercer
Reich no se ha limitado a su forma monumental, sino que se puede
articular a partir de diferentes aspectos. Como la memoria jurídica
que se ha desarrollado a partir de los procesos judiciales que se
llevaron a cabo desde la posguerra; la memoria política que
se desarrolló en la República Federal y la República
Democrática entre 1949 y 1989, o los diferentes aspectos
que ha asumido esa memoria dentro del sistema educativo alemán.
En este caso, voy a centrarme en el aspecto relacionado con la restauración
de las múltiples memorias de la Alemania occidental y la
oriental, y su expresión en los monumentos históricos
en que se han convertido los sitios de la memoria del Holocausto.
Aunque el objetivo inicial de este estudio había tenido la
intención de descubrir las formas en que los diferentes países
enmarcaban la conmemoración de la destrucción de la
población judía en Europa, pronto quedó claro
que la propia definición de “memorial del Holocausto”
depende de su forma y localización: la forma de conmemoración
y los memoriales de la Shoah varían de país en país,
y según el régimen político imperante. Los
términos “Holocausto” y “Shoah”,
en referencia al genocidio nazi de los judíos europeos, ha
encontrado un lugar establecido en los usos generales, desde las
dos últimas décadas. Son empleados como términos
específicos, aunque el segundo tenga un carácter más
religioso, sin tener en cuenta el significado en el contexto respectivo
de su uso. Al utilizarlos, debemos ser conscientes de que el uso
de estos términos excluye otras partes del genocidio nazi
y de sus políticas raciales, unos elementos que es indispensable
examinar para mantener una comprensión general. Por tanto,
es imposible definir una única memoria, porque cada grupo
social o cada régimen político sugieren su propia
definición, dependiendo de su propio contexto y del momento
en que se produce. El núcleo de este proyecto asume que la
memoria del Holocausto es tan plural como los cientos de formas
diferentes que tienen los sitios, centros y medios que cada comunidad
utiliza para recordar.
En el caso alemán se plantean cuestiones mucho más
complejas: ¿cómo reflejar un pasado genocida como
el nazi? ¿Cómo sostener un presente que está
basado en el sufrimiento de la destrucción pasada? ¿Cómo
redimir la catástrofe germano-judía? Estas cuestiones,
a pesar del paso del tiempo, no han perdido ni un ápice de
su importancia y urgencia. Por el contrario, en la actualidad, el
interés por la memoria, tanto en los círculos académicos,
políticos o ciudadanos, se ha convertido casi en una obsesión.
Un término que hace unos años tenía muy poca
resonancia pública ha entrado en los vocabularios cotidianos,
reforzando los llamamientos de individuos, víctimas y grupos
sociales a favor de diversas formas de reconocimiento, compensación
y derechos. No se puede decir que los alemanes no tengan memoria
del Holocausto o que esa memoria se centre en la negación:
es evidente que incluso aquellos que quieren olvidar no “reprimen”
el pasado. Porque el problema ya no es el olvido, sino la forma
de recordar y las consecuencias que implican esas diferentes formas
de recordar.
Alemania ha sido un lugar excepcional para la exploración
del trabajo de la memoria histórica moderna. El Tercer Reich,
el Holocausto y los siguientes 40 años de división
en dos países con tan diferentes versiones de la historia
del siglo XX, enfrenta a los académicos con problemas fundamentales
relacionados con el recuerdo, el silencio y la negación.
De hecho, el problema de explicación e historización
de los extremos históricos del genocidio ha definido el tópico
de la memoria en Alemania.
En este contexto, una memoria social debe ser considerada como una
colección agregada de las memorias, a menudo opuestas entre
sí, de los miembros de esa sociedad. Si las sociedades recuerdan,
es sólo en tanto que sus instituciones y rituales organizados
toman forma, inspirándose muchas veces en las memorias impuestas
por sus dirigentes. Porque la memoria de una sociedad no puede existir
fuera de aquella, de las personas a las que recuerda. No hablamos
de una memoria colectiva, sino del significado colectivo que se
da a esa memoria y que pasa de una generación a otra en nuestras
tradiciones nacionales, rituales e instituciones. Se trata de un
proceso de invención, apropiación y selección
que lleva a cabo un grupo social determinado (una nación,
una clase social, una familia, una comunidad religiosa, etc.), y
que tiene una serie de interrelaciones de poder dentro de la sociedad
que las acoge.
Cuando visitamos un memorial, en virtud de lo señalado anteriormente,
nos convertimos en parte de su representación y de su explicación:
en el momento que intentamos describirlos, los transformamos en
textos literarios, a partir de representaciones gráficas
y plásticas. Por eso, las evaluaciones críticas que
hagamos y las conclusiones que extraigamos influyen en cómo
los describiremos tanto a nosotros mismos como a nuestros lectores.
Los memoriales históricos, como lugares simbólicos
han venido ocupando un lugar central en el discurso alemán
de la memoria. Además de los planteamientos de las élites
académicas, de los medios de comunicación y la forma
de ocuparse de esa herencia en ámbitos políticos y
legales, los “discursos locales” que se han desarrollado
en gran número de círculos de estudio regionales son
los generadores más importantes de interpretaciones simbólicas
del Nacionalsocialismo en la sociedad alemana y su significado para
la identidad nacional colectiva (ZIFONUN, D., “From burden
to opportunity: remembering nazi crimes and constructing German
collective identity in three places of memory”, en Working
Paper Series núm. 5, 2003, The Canadian Centre for German
and European Studies/Le Centre canadien d’études allemandes
et européennes (CCGES/CCEAE), York University/Toronto, Université
de Montréal.). A través de la confrontación
concreta de cada población con su sitio histórico
se han desarrollado formas de interpretación implícitas
que son asumidas, popularizadas y realizadas políticamente
en la esfera del discurso público. De este modo, el discurso
local se ha convertido en uno de los principales impulsores de la
memoria histórica.
¿Qué formas de memoria pueden observarse en Alemania?
¿Qué tienen en común, qué las distingue
una de otra? ¿Qué efecto tienen éstas en la
identidad colectiva de los alemanes? Este artículo intenta
demostrar que el discurso de la memoria puede ser entendido como
una reacción a la carga de la culpa por los crímenes
cometidos bajo en Nacionalsocialismo y cómo esa culpa ha
afectado al desarrollo político y social del conjunto de
la comunidad.
El trabajo de la memoria consiste en la reconstrucción incesante
de un pasado común a la luz del presente, atribuyéndole
cada vez nuevos significados y contribuyendo a la construcción,
también constante, de las identidades, sean individuales,
sean colectivas de la sociedad que está inmersa en el recuerdo.
La pérdida de la memoria significa también la pérdida
de la identidad. Por eso, la memoria, como presencia del pasado,
se convierte en el fundamento imprescindible para la formación
de una identidad, tanto individual como colectiva. La memoria colectiva,
compartida por un grupo social determinado, resume y reelabora la
historia de este grupo en función del presente, seleccionando
una serie de aspectos del pasado, destinados a ser recordados y
transmitidos, y condenando otros al olvido. Pero no se trata de
un proceso estático, sino que se transforma en función
de las necesidades de la sociedad en la que se desarrolla.
En el caso alemán, el Holocausto y el Nacionalsocialismo
no se convirtieron en una memoria personal, aunque la labor individual
de recuerdo fue cubierta por la producción masiva de memoria,
a través de una industria cultural que animaba a su “consumo”,
y que comenzó a capturar la imaginación de todos aquellos
que escuchaban la radio, miraban la televisión o iban al
cine. Es decir, que el trabajo de la memoria alemán se convirtió,
cada vez menos, en un acto privado e individual y quedó absorbida
por el trabajo de la memoria colectiva constitutivo de una identidad
nacional. Lo que se vivió en las últimas décadas
del siglo XX fue la creación de una memoria pública,
a través de rituales colectivos y representaciones de conmemoración
(GEYER, M., HANSEN, M., “German-Jewish memory and national
consciousness”, en HARTMAN, G.H. (edit.), Holocaust remembrance.
The shapes of memory, Edit. Blackwell, Cambridge, 2002, págs.
175-190).
En cada sociedad existe una pluralidad de memorias grupales que
coexisten y se enfrentan frecuentemente, provocando conflictos de
recuerdo, porque cada una busca afirmarse frente a las otras, aspira
a convertirse en la memoria dominante, incluso frente a la memoria
“oficial” del Estado. La que se imponga será
compartida por el número más grande de personas. Cada
grupo recuerda aquellos aspectos que contribuyen a valorizar y consolidar
su identidad, y deja en la sombra, condenándolos consciente
o inconscientemente al olvido, aquellos que pueden provocar un prejuicio
a esa identidad. Bruno Groppo considera que la historia y la memoria
tienen en común el carácter selectivo y de reelaboración
del pasado, aunque la historia tiene una pretensión más
científica. Pero, como la memoria, reconstruye el pasado
a la luz de las preocupaciones del presente (GROPPO, Bruno. “Memoria
y olvido del pasado nazi en la Alemania de la segunda posguerra”,
en Memoria. Revista mensual de política y cultura, núm.
164, octubre de 2002).
La memoria del Nacionalsocialismo en Alemania es un caso muy interesante,
por una serie de razones que lo vuelven casi único. En primer
lugar, por el carácter de ruptura radical y traumática
que el nazismo representó en la historia alemana. En segundo,
el hecho de que el régimen nazi cometió en nombre
de Alemania y del pueblo alemán, unos crímenes especialmente
monstruosos. Por eso, la sombra de Auschwitz y los campos de concentración
se extiende sobre toda una parte de la historia y de la memoria
de Alemania, y la memoria nazi se ha convertido en el recuerdo de
sus crímenes. El problema de la memoria local, que tanto
ha hecho para el desarrollo de la investigación histórica,
es que se enfrenta al hecho de que el régimen nazi contó
con el apoyo de una gran parte de la población alemana. Esta
situación crea un problema político y moral de corresponsabilidad,
ya que la responsabilidad por los crímenes no puede ser atribuida
única y exclusivamente a un restringido grupo de jerarcas
nazis, sino que se extiende a aquella parte de la población
que apoyó al régimen.
Finalmente, la existencia de dos Alemanias, durante casi cuatro
décadas, con características políticas y económicas
tan diferenciadas, permite confrontar el funcionamiento de dos memorias
colectivas muy diferentes, pero que hacen referencia al mismo pasado,
para apreciar así las diversidades en que cada sociedad puede
recordar una misma situación traumática.
Toda esta situación provoca que probablemente en ninguna
sociedad sea tan espinosa la creación de un nuevo memorial
como en Alemania, donde cualquier iniciativa es observada con lupa,
tanto en su concepción memorialística como estética
y artística. Por todo el país se llevan a cabo concursos
de diseños para crear nuevos memoriales contra la guerra
y el fascismo, para marcar un lugar de destrucción, una deportación,
una sinagoga devastada, o para recordar a las comunidades judías
desaparecidas. Sin embargo, se trata de procesos sometidos, por
la presión social, a una honda preocupación auto-reflexiva,
incluso paralizante: cada monumento es escrutado, explicado y debatido,
tanto en los foros académicos como en los medios de comunicación.
Las cuestiones artísticas, éticas, estéticas
e históricas ocupan a los jurados de esos concursos de una
forma tan intensa como no se conoce en otros países, hasta
que se llega a un acuerdo establecido por todas las partes.
Este persistente trabajo memorial desplaza y, simultáneamente,
constituye el objeto que impulsa el trabajo de la memoria porque,
por un lado, lo obstaculiza y, por otro, lo impulsa a un movimiento
constante, provocando un prolongado proceso de absorción
en la sociedad relacionado, sobre todo, con el hecho de que el conflicto
de la memoria permanece perpetuamente irresoluble. De hecho, los
principales memoriales alemanes sobre la era fascista y sus víctimas
no son simples memoriales, sino una forma de mantener vivo el debate,
por otro lado sin resolver, sobre qué forma de memoria preservar,
cómo hacerlo, en nombre de quién y con qué
finalidad (Uno de los mejores ejemplos de esta situación
ha sido el debate sobre el “Memorial por los Judíos
de Europa asesinados”, construido en Berlín. CARRIER,
Peter, Holocaust Monuments and National Memory Cultures in France
and Germany Since 1989: The Origins and Political Function of the
Vel d'Hiv in Paris and the Holocaust Monument in Berlin, Berghahn
Books, Oxford, 2006. HOHMUTH, Jürgen, SCHLÖR, Joachim,
Denkmal für die ermordeten Juden Europas, Prestel Verlag, Munich,
2005. LEGGEWIE, Claus, MEYER, Erik, Ein Ort, an den man gerne geht,
Hauser Vlg., Munich, 2005. QUACK, Sibylle, Auf dem Weg zur Realisierung.
Das Denkmal für die ermordeten Juden Europas und der Ort der
Information. Architektur und historische Konzept, DVA, Munich, 2002).
Tampoco debe sorprendernos la ambigüedad de la memoria alemana.
Después de todo, mientras los victoriosos de la historia
han erigido memoriales a sus triunfos y las víctimas los
han erigido a su sufrimiento, pocas veces una nación ha tenido
que enfrentarse al hecho de erigir memoriales a las víctimas
de sus propios crímenes. Ha sido una nación a la que,
en cierto modo, se ha obligado a recordar el sufrimiento y la devastación
que causó en nombre de su pueblo. Pero, ¿cómo
puede un Estado incorporar sus crímenes contra otros en su
memoria nacional? ¿Cómo recordar a las víctimas,
desde el punto de vista de los perpetradores?
La lucha de Alemania con la memoria de su pasado nazi está
reflejada en casi todos los aspectos de su sentimiento nacional:
desde las deliberaciones sobre el retorno del gobierno a Berlín
hasta su ambivalencia sobre la persecución de los criminales
nazis; desde el meticuloso proyecto de los museos en los antiguos
sitios de los campos de concentración hasta una nueva generación
de artistas que repudian las formas monumentales de esos memoriales,
aún relacionadas con el arte nazi o de la dictadura comunista.
Incluso la búsqueda de un “día nacional”
de recuerdo de las víctimas, un día que intente unificar
a los alemanes en la reflexión memorialística de su
pasado, provocó más miedo que orgullo (YOUNG, James
E., The texture of memory: Holocaust memorials and meaning, Yale
University Press, Londres, 1993).
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