Alemania Occidental y la amnesia colectiva
En la década
de los 1950, Alemania Occidental construyó una memoria que
consideraba la guerra como una parte de su propia historia, pero
simultáneamente se distanciaba del régimen nazi: recordaban
la guerra como víctimas del Nacionalsocialismo, igual que
franceses, holandeses o belgas; pero no como perpetradores, una
categoría restringida casi exclusivamente a los dirigentes
del régimen. La población alemana expulsada de la
Europa Oriental, las víctimas de los bombardeos aéreos
y los prisioneros de guerra ejemplificaban a las víctimas
de esa memoria, a través de sus sufrimientos, que se convirtieron
en el leitmotiv de Alemania como víctima de la guerra (En
los últimos meses de la guerra y en la posguerra, unos 12.000.000
de alemanes huyeron o fueron expulsados de la Europa Oriental, sobre
todo de Prusia Oriental, Silesia y los Sudetes checos; CONFINO,
Alon, “Remembering the Second World War, 1945-1965: narratives
of victimhood and genocide”, en rev. Cultural Analysis, núm.
4, 2005, págs. 46-75).
Como conjunto, la sociedad alemana representaba una Alemania doblemente
victimizada: primero por sus sufrimientos durante el régimen
nazi y, posteriormente, por la ocupación, la división
y la dictadura comunista. Un ejemplo de esta instrumentalización
del sufrimiento se puede observar en la forma en que se utilizó
el sufrimiento judío. Reclamando que “judíos
y alemanes habían experimentado las mismas formas de persecución”
la retórica victimista proporcionaba a los alemanes occidentales
una autojustificación selectiva que marcaría el proceso
de la memoria a largo plazo: no había ni remordimiento ni
penitencia en la comprensión del sufrimiento de los judíos,
sino identificación como víctimas iguales.
Al término de la guerra se difundió la amnesia colectiva:
nadie había sido nazi, nadie había aclamado a Hitler,
nadie había tenido conciencia de los crímenes antes
de 1945. Aunque es imposible determinar la proporción de
la población que estaba informada de los delitos, un elevado
número de personas debía tener conciencia de lo que
estaba sucediendo, porque el funcionamiento de la maquinaria de
exterminio implicaba la participación de un gran número
de personas, y no sólo de un restringido número de
criminales: por ejemplo, los ferroviarios que conducían los
convoyes a Auschwitz, la población que vivía en las
inmediaciones de los campos de concentración, los obreros
que trabajaban junto a la mano de obra esclava, los amigos y vecinos
de los judíos detenidos, etc.
Al término de la guerra los criminales no fueron perseguidos
y pudieron continuar su carrera en la vida civil, después
de una purga “simbólica”, aplicándoseles
lo que algunos estudiosos han denominado la “amnesia fría”,
una amnistía de facto, sin elementos jurídicos, pero
altamente eficaz a nivel social. Por eso, después de la primera
culpa que suponían los crímenes nazis, llegó
una segunda consistente, precisamente, en el intento de olvidar
y negar la primera. Esta segunda culpa recae directamente sobre
la cultura y la clase política de la República Federal
(HERF, Jeffrey, Divided memory: the Nazi past in the two Germanys,
Harvard University Press, Harvard, 1997, págs. 271-275).
Paradójicamente, los opositores al régimen que se
habían exiliado tras la llegada de Hitler al poder, a su
regreso fueron recibidos con desconfianza, cuando no con abierta
sospecha; aquellos que habían participado activamente en
la oposición política fueron acusados de falta de
espíritu patriótico o traidores (como el Canciller
Willy Brandt); los supervivientes de los campos de concentración
eran un motivo de embarazo, porque evidenciaban que, efectivamente,
había sido posible resistir a Hitler y no se había
hecho.
Ralph Giordano afirma que en este proceso de amnesia colectiva se
seleccionó cuidadosamente qué debe recordarse (la
violencia contra los alemanes y la guerra aérea) y qué
debe olvidarse (los campos de concentración y el exterminio).
Según este autor, esta actitud no buscaba defender el Tercer
Reich, sino que era una forma de defender el propio yo, la propia
conciencia, un individualismo que no quería confesarse culpable,
ni frente a uno mismo ni frente al resto (GIORDANO, Ralph, Die zweite
Schuld oder Von der Last Deutscher zu sein, Kiepenheuer und Witsch,
Colonia, 2000, pág. 11, 36). Una de las formas más
importantes que asumió ese rechazo de la responsabilidad
colectiva fue la de atribuir toda la culpa a Hitler y a un reducido
grupo de dirigentes. Otra opción era la que consideraba lo
sucedido como una forma de “accidente”, de “catástrofe
natural”, en contra de la cual el ser humano no podía
luchar de ningún modo. Pero la fórmula más
importante fue la que consistía en buscar el olvido de todo
lo que tuvo que ver con el entusiasmo por el Tercer Reich, el apoyo
al Nacionalsocialismo y el Führermythos, así como los
actos relacionados con la deportación y el exterminio.
No fue hasta los años sesenta, con la llegada de una nueva
generación nacida después de la guerra, que la sociedad
germano-occidental comenzó a salir de la amnesia colectiva.
En ese período se inició una reactivación de
la memoria que ha continuado intensificándose. A este despertar
contribuyeron diversos factores, como el proceso de Adolf Eichmann
en Jerusalén, que tuvo un notable eco internacional, sobre
todo en Alemania; o el proceso de Auschwitz contra un grupo de guardias
del campo, en Frankfurt. Estos hechos permitieron, sobre todo a
las generaciones más jóvenes, tomar conciencia de
la enormidad de los crímenes que se habían cometido,
pero también permitió constatar socialmente que los
criminales no eran psicópatas patológicos, sino personas
“normales” que se habían transformado en asesinos,
en virtud de una conexión con la maquinaria burocrática
de exterminio. La nueva generación comenzó a pedir
explicaciones a las anteriores sobre su actuación durante
el Nacionalsocialismo y la guerra. Más que en otros países,
el movimiento estudiantil alemán de la segunda mitad de la
década de los 1960 fue también una revuelta contra
la generación de sus padres, contra la amnesia y los silencios
que se habían impuesto para rechazar su responsabilidad.
En este mismo período, se formó una nueva generación
de historiadores que aportaron conocimientos, análisis y
evaluaciones nuevos del pasado nazi, contribuyendo a intensificar
el recuerdo en la conciencia colectiva.
Todo este proceso cristalizó, en los años 1980, con
la intensificación de la memoria del pasado nazi, dando lugar,
por ejemplo, a un gran número de ceremonias conmemorativas:
era como si el Nacionalsocialismo aflorase desde el olvido al que
había sido relegado, para hacerse cada vez más presente
en la memoria colectiva alemana. A pesar de todo, no faltaron los
sectores políticos más conservadores que intentaron
cerrar definitivamente, de una forma o de otra, el discurso sobre
la memoria del pasado nazi. También fue el período
en que comenzó a discutirse el papel del Ejército
alemán en los crímenes nazis, debido a la dificultad
de la RFA para encontrar la forma adecuada de rendir homenaje a
los soldados caídos: muchos de ellos, no sólo los
miembros de las SS, se mancharon con crímenes espantosos.
A raíz de este debate aparecieron exposiciones como Verbrechen
der Wehrmacht. Dimensionen des Vernichtungskrieges 1941-1944 (“Crímenes
de la Wehrmacht. Diemensiones de la Guerra de Exterminio, 1941-1944“),
organizada por el Institut für Sozialforschung de Hamburgo,
en 1995, en la que se planteaba el papel del Ejército alemán
en los crímenes en la Unión Soviética y otras
zonas ocupadas de la Europa Oriental. Su presentación en
Alemania y Austria suscitó grandes controversias y protestas
en los ambientes conservadores y nacionalistas, porque aún
permanece vivo el mito de que el Ejército alemán llevó
a cabo una guerra “limpia”, sin inmiscuirse en crímenes
que sólo debían atribuirse a las SS (HAMBURGER INSTITUT
FÜR SOZIALFORSCHUNG, (edit.), Verbrechen der Wehrmacht. Dimensionen
des Vernichtungskrieges 1941-1944, Hamburger Edition, Hamburg, 2002.
HARTMANN, Christian (et.al.), Verbrechen der Wehrmacht. Bilanz einer
Debatte, Beck Vlg., Munich, 2005).
Desde el final de la guerra hasta la reunificación alemana
los tres pilares de la identidad en la Alemania occidental fueron
la victimización, la ignorancia y la resistencia. Harold
Marcuse señala que estos tres mitos han guiado la memoria
política en la investigación histórica desde
1955, y que han sido influyentes en la Alemania occidental, al menos,
hasta la Historikerstreit de 1986-1987. Marcuse ha desarrollado
su análisis centrándose especialmente en el papel
que el campo de concentración de Dachau ha jugado en la evolución
política y el papel de la memoria en la República
Federal alemana (MARCUSE, Harold, Legacies of Dachau. The uses and
abuses of a concentration camp, 1933-2001, Cambridge University
Press, Cambridge, 2001, especialmente pág. 328).
El mito de que los alemanes habían sido víctimas de
los nazis fue transformándose en la percepción, de
modo que se pasó a considerar que también habían
sido victimizados, en primer lugar, por los Aliados ocupantes, que
erróneamente los culpabilizaron de los incontables crímenes
y atrocidades que no habían cometido; fueron expulsados de
los territorios orientales donde habían vivido durante generaciones
y, finalmente, fueron privados de la unidad nacional por la que
los Estados alemanes habían estado luchando desde la Revolución
francesa. En segundo lugar, muchos alemanes también se sentían
victimizados por los supervivientes de los campos de concentración
y exterminio, que solicitaban compensaciones por unos sufrimientos
de los que la mayoría de la población no se sentía
responsable. Muchos se sentían victimizados por los visitantes
de los memoriales de los campos de concentración, que no
mostraban el mismo interés por otros centros de la cultura
alemana, repitiendo constantemente un patrón de conducta
relacionado con esta parte del desagradable pasado reciente.
Marcuse pone como ejemplo de este contexto de victimización,
en referencia a los memoriales de los campos de concentración,
el caso de Dachau: el postulado básico era que el Konzentrationslager
había sido impuesto a la ciudad, en contra de su voluntad;
además, los visitantes del memorial no mostraban el mismo
interés por otras “joyas” de la ciudad. Otra
manifestación del mito era la percepción de los ciudadanos
de la zona de que el memorial dañaba la reputación
de la ciudad (MARCUSE, Harold, Legacies of Dachau, pág. 336).
El mito de la ignorancia sobre los campos de concentración
implicaba que las mentiras de la propaganda nazi sobre lo que sucedía
debían ser verdad. Este mito se manifestaba en la creación
retroactiva de los llamados “campos limpios”, que servían
para la rehabilitación de los elementos “sucios”
de la sociedad. Uno de los primeros grupos de memorias de los campos
de concentración, después de 1945, estuvo basado en
su retrato público durante la era nazi, lo que se denomina
los “campos limpios”. En éstos, los asociales
y parásitos raciales fueron aislados del Volk alemán
y convertidos en miembros útiles de la Comunidad Nacional,
o aislados permanentemente de la misma. Esta imagen se extendió
durante la primera fase de la posguerra, especialmente porque en
territorio alemán no existieron campos de exterminio como
los del Este. La imagen de la propaganda de los “campos limpios”
fue resucitada como un mecanismo de justificación del comportamiento
de los alemanes que habían apoyado directa o indirectamente
las políticas nazis (MARCUSE, Harold, Legacies of Dachau,
págs. 158-186). Un ejemplo de esta utilización lo
tenemos en el intento del Parlamento bávaro, en 1948, de
convertir el antiguo campo de Dachau en una prisión destinada
a la “resocialización” de “elementos asociales”.
O la creación de una institución penal “modelo”
para “asociales” en el antiguo campo de concentración
de Neuengamme, en Hamburgo. En ambos casos, la coincidencia del
lenguaje con el de la represión nazi nos indica la forma
en que un instrumento de la represión nazi tan simbólico
como un campo de concentración se convertía, únicamente,
en una institución penal destinada a la reinserción
de elementos “asociales”.
El mito de la ignorancia fue formulado por primera vez al final
de la guerra, ante las acusaciones extranjeras. El deseo de auto-exoneración
se mantuvo como una fuerza principal de la conciencia nacional,
a partir de su utilización en las políticas de identidad
colectiva germano-occidentales: no haber conocido los hechos y las
condiciones de los campos de concentración y exterminio debía
absolver a los alemanes de cualquier posible responsabilidad.
Además, si los campos de concentración habían
sido prisiones legítimas para determinados grupos de delincuentes
“asociales” y los SS y burócratas nazis sólo
personas honorables que habían servido lealmente a su patria.
En consecuencia, los supervivientes quedaban excluidos de las garantías
y protecciones de la sociedad civil, mientras que los nazis debían
ser compensados por los servicios pasados y se les debía
permitir participar en la vida pública. Esta paradójica
situación se dio, por ejemplo, en el caso de los homosexuales
(la reforma nazi de la legislación contra la homosexualidad
se mantuvo en vigor hasta mediados de los años 1960), o en
el caso de la discriminación contra los gitanos. Por otra
parte, la aplicación judicial del artículo 131 de
la Constitución germano-occidental, que señala los
derechos de los funcionarios estatales del período nazi,
es la evidencia principal del proceso de rehabilitación de
los antiguos nazi (MARCUSE, Harold, Legacies of Dachau, pág.
88-97). Una forma de demostrar esa criminalización subliminal
de los supervivientes fue la denominación que se les asignó,
como “antiguos internos”, que denotaba su paso por algún
tipo de centro penitenciario. Sólo a partir de los 1980,
las generaciones más jóvenes introdujeron el término
Zeitzeugen (testimonio histórico), para manifestar un cambio
en ese estatus.
Aunque muchos grupos de memoria individual dentro de Alemania habían
desechado desde el principio este mito, se mantuvo como un elemento
importante de la cultura política durante décadas.
No fue hasta los años 1980 que el mito se enfrentó
a diferentes retos dentro de Alemania, sobre todo en el momento
en que los requisitos de las políticas de identidad se transformaron:
las generaciones más jóvenes de la posguerra no estaban
de acuerdo con el mantenimiento del mito de la ignorancia sino que,
por el contrario, querían enfatizar que, personalmente, no
habían tenido nada que ver con los hechos, aunque no negaban
la responsabilidad por ellos. En ese momento, el mito de la ignorancia
dio paso a lo que Marcuse denomina el “mito de la inocencia”,
que el Canciller Helmut Kohl calificó de la “suerte
de nacer tarde”, durante una visita a Israel, en 1984 (MARCUSE,
Harold, Legacies of Dachau, pág. 295).
Las consecuencias del mito de la resistencia son mucho más
fáciles de apreciar que las de la victimización y
la ignorancia, porque se refieren a la causa hipotética de
esa victimización. Como señala Marcuse,
This focus on resistance –especially military resistance-
to Hitler, and the concomitant lack of attention to the brown-collar
criminality of the Nazi regime, indicate that the myth of resistance
retained its interpretative power until the late 1970s. Concomitantly,
the persecuted victims and opponents of the Nazi regime were ignored
as much as possible (MARCUSE, Harold, Legacies of Dachau, pág.
219).
Podemos ver diferentes ejemplos de la manifestación de este
mito en Alemania occidental, tanto en el comportamiento de su clase
política como entre el conjunto de la sociedad. En marzo
de 1946, en un discurso conmemorativo, el alcalde de Dachau, Josef
Schwalber, entrelazaba explícitamente la resistencia y solidaridad
de los prisioneros políticos en el campo de concentración
con la resistencia de la población no nazi; durante años,
los ciudadanos de Dachau han ido enfatizando la ayuda que proporcionaron
a los internos del campos y fueron caracterizando esa ayuda como
elementos de resistencia contra el régimen nazi.
En 1955, la Cámara de Comercio de Dachau publicó un
folleto describiendo las atracciones turísticas de la ciudad,
en el que, hasta la última página, no se mencionaba
el memorial, con un texto que es típico del mito de la resistencia
en el contexto de la victimización de los alemanes. En el
folleto se señalaba como el nombre de la ciudad había
adquirido una “mala reputación en el mundo” debido
a la creación del campo de concentración. Sin embargo,
había sido creado sin la asistencia de la población,
por iniciativa de los detentadores del poder, y sólo después
de la Segunda Guerra Mundial fue incluido dentro de los límites
de la ciudad, cuando se convirtió en un campo de refugiados
para 2.000 alemanes expulsados del Este. “La población
de Dachau no tuvo nada que ver con los hechos en el campo de concentración;
por el contrario, sus habitantes intentaron todo lo humanamente
posible para ayudar a los prisioneros, lo que antiguos internos
han enfatizado explícitamente en varias ceremonias conmemorativas”.
A partir de la década de 1970, las políticas de identidad
nacional de los diferentes gobiernos fueron transformando la configuración
y la aplicación de los tres mitos. Por ejemplo, en 1970,
el Canciller Willy Brandt inició el final de la victimización
con su homenaje en el Memorial por los Luchadores del Ghetto de
Varsovia: aunque provocó una fuerte controversia, era un
gesto completamente impensable sólo unos años antes.
El origen del término Ostpolitik (“política
oriental”) hace referencia a la decisión de mirar hacia
el Este, en lugar de sólo al Oeste, como habían hecho
los anteriores cancilleres, especialmente Adenauer. Las principales
características de esta política eran el reconocimiento
de la línea Oder-Neisser como frontera entre Polonia y la
RDA, el abandono de la “doctrina Hallstein” (que impedía
que los dos Estados alemanes pudiesen tener representación
diplomática en la misma capital), etc. También se
estrecharon las relaciones comerciales con la Europa oriental y
la Unión Soviética (PITTMAN, Avril, From Ostpolitik
to Reunification: West German – Soviet political relations
since 1974, Cambridge University Press, Cambridge, 2002. BREDOW,
Wilfried von, Die Aussenpolitik der Bundesrepublik Deutschland.
Eine Einführung, VS Verlag für Sozialwissenschaften, Wiesbaden,
2006. SAROTTE, M.E., Dealing with the Devil: East Germany, Detente
and Ostpolitik, 1969-1973, University of North Caroline Press, Chapel
Hill, 2001).
La Ostpolitik de Brandt marcó un cambio en la situación,
porque impulsó el análisis de la memoria política
desde el comienzo del período de la Guerra Fría, relacionándola
con la toma del poder del Nacionalsocialismo, en 1933, y las invasiones
alemanas de Polonia en 1939 y la URSS en 1941. La reverencia de
Brandt ante el memorial por los judíos asesinados en el ghetto
de Varsovia marcó la primera vez que un Canciller germano-occidental
expresaba públicamente remordimiento y expiación por
lo que los alemanes habían hecho a los pueblos de la Europa
oriental y la Unión Soviética durante la Segunda Guerra
Mundial. Igual que el reconocimiento de Konrad Adenauer, en 1951,
de la responsabilidad alemana por las obligaciones creadas por el
genocidio de los judíos había sido un paso en la reintegración
en la Europa occidental, el reconocimiento de Brandt del pasado
nazi fue esencial para los éxitos diplomáticos en
la Europa oriental y Moscú (HERF, Jeffrey, Divided memory,
343-346).
Los debates públicos que tuvieron lugar durante toda la década
de 1970 y comienzos de la de 1980, así como el gradual cambio
en los parámetros de esos debates entre el comienzo y el
final de ese período, sugieren que se estaba produciendo
la transformación de un paradigma de identidad antiguo a
uno nuevo, respecto a las consideraciones sobre los campos de concentración.
Progresivamente, el mito de la victimización fue perdiendo
su importancia, porque los miembros de las generaciones más
jóvenes, cuya identidad colectiva no estaba directamente
relacionada con el mito ni con los crímenes, formularon sus
propias relaciones con el pasado nazi. Aunque el mito de la ignorancia
también desapareció del discurso público hacia
mediados de los 1980, el impulso eliminatorio que engendró
se mantuvo fuerte, incluso entre los miembros de las generaciones
más jóvenes que no estaba relacionada con este llamamiento.
Los viejos mitos persistieron incluso en las mentes de las generaciones
más jóvenes, interesadas en definir una nueva relación
con el pasado.
La evolución de estos mitos implica que la cultura moral
y política de la sociedad alemana también sufrió
una serie de transformaciones. Pero no podemos inferir que el conocimiento
sobre los campos de concentración jugase un papel causal
en esa transformación. Es posible que las concepciones cambiantes
del pasado relacionado con el Nacionalsocialismo y el Holocausto
fuesen, más que el efecto, el reflejo de los cambios en las
normas morales fundamentales de la sociedad alemana.
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