La política de la memoria en la Alemania Oriental
En
la Alemania occidental, el trabajo de la memoria fue a menudo considerado
como un castigo por los crímenes de un régimen pasado.
Pero su impulso de la posguerra, no sólo se centró
en la reconstrucción, sino también en la eliminación
de un gran número de restos del período nazi. Con
el apoyo de los Aliados occidentales, se esforzó por comenzar
de nuevo, por colocar el pasado nazi a su espalda, por buscar una
“hora cero” (Stunde Null), que permitiese un renacimiento
centrado en aspectos económicos (KOONZ, Claudia, “Germany’s
Buchenwald. Whose shrine? Whose memory?”, en YOUNG, James
E. (edit.), The art of memory. Holocaust memorials in History, edit.
Prestel, Munich, 1995, págs. 111-120. WEIZSÄCKER, Richard
von, Drei Mal Stunde Null? 1949-1969-1989, Berliner Taschenbuch
Verlag, Berlín, 2003).
En la Alemania oriental, sin embargo, los ocupantes soviéticos
se aseguraron de que la destrucción del país quedase
en evidencia durante décadas, siempre que fuese posible.
Por un lado, lo que era oficialmente considerado como una desastrosa
derrota en la Alemania occidental, en la oriental fue considerado
como una victoria, como una auto-liberación del yugo fascista
y capitalista. Por otro lado, las ruinas, incluso el destruido Reichstag,
sirvieron para recordar a la nación vencida cómo se
había llegado a la situación actual: implícita
en la devastación estaba una advertencia de que podía
repetirse en cualquier momento, pero que la Alemania oriental no
sería una nación subyugada, porque había conseguido
liberarse.
Dentro de la historiografía de la antigua Alemania oriental,
la afirmación de la culpa relativa a la guerra y al Holocausto
constituyó una responsabilidad del fascismo. Éste,
a su vez, fue un subproducto de la burguesía; el proletariado
alemán, por tanto, carecía de culpa, siendo “liberado”
también por la derrota. Los crímenes del Nacionalsocialismo
no son “historizables”, porque si lo fuesen podrían
compararse, y si se comparan se abrirían muchas preguntas
sobre culpas compartidas. No era el “pueblo” alemán
en cuanto “proletariado” responsable de la guerra ni
del régimen, sino otra víctima más del fascismo.
Desde el final de la guerra, los centros de persecución y
resistencia fueron preservados en el Este: no eran sólo los
soviéticos los que tenían interés en mantener
algunas de esas ruinas, sino también los dirigentes comunistas
alemanes, pues servían para reivindicar políticamente
la dura prueba que para el movimiento comunista había supuesto
el Nacionalsocialismo y legitimaban la lucha del movimiento comunista
ilegal que ahora estaba en el poder. Por su papel durante la guerra
como la única organización de resistencia coherente,
los comunistas pudieron considerarse como el primer partido antifascista,
la primera víctima de Hitler.
Habiéndose definido como un Estado antifascista, y así
absolviéndose de la responsabilidad por los crímenes
nazis, la República Democrática necesitaba sólo
un pequeño paso para conmemorarse a sí misma como
una víctima del fascismo. Tanto las víctimas como
los resistentes y sus descendientes fueron compensados por ley con
una serie de ventajas: mejores alojamientos, asistencia sanitaria,
educación, pensiones, etc. Dentro de este marco de conmemoración
conjunta, los judíos obtuvieron derechos especiales, pero
sólo como luchadores antifascistas, nunca como perseguidos
raciales.
Igual que en la Alemania occidental, la identidad nacional quedó
enraizada con la memoria política del Nacionalsocialismo
como un poder ocupante y la Segunda Guerra Mundial como una guerra
de liberación. Esta auto-liberación tuvo un gran efecto
tanto sobre los monumentos como en la narrativa ideológica
de los memoriales. Por ejemplo, el campo de concentración
de Buchenwald, que no fue liberado por los Aliados, sino que consiguió
“auto-liberarse” gracias al movimiento político
ilegal del campo, compuesto principalmente por comunistas alemanes,
se convirtió en un paradigma de la ideología del régimen.
En esta versión, el ejército norteamericano (el primero
que llegó a las puertas del campo) fue oficialmente considerado
como otro ocupante interino, antes de la llegada del Ejército
Rojo, el auténtico liberador.
Buchenwald jugó un papel fundamental desde el punto de vista
del monumento memorial y como elemento ideológico, un papel
casi mitológico, en la auto-conceptualización del
régimen germano-oriental. Como memorial, se convirtió
en el lugar en el que el carácter, el coraje y la identidad
comunista eran celebrados y conmemorados. Como elemento educativo,
jugó un papel formativo entre la juventud comunista alemana,
que realizaba peregrinajes anuales y participaba activamente en
las celebraciones para conocer el papel del movimiento comunista
ilegal en la resistencia contra el fascismo. Finalmente, como lugar
de sufrimiento y resistencia, de renacimiento del comunismo alemán,
Buchenwald se convirtió en un elemento de autentificación,
de concienciación nacional (ENGELHARDT, Isabelle, A topography
of memory. Representations of the Holocaust at Dachau and Buchenwald
in comparison with Auschwitz, Yad Vashem and Washington DC, PIE-Peter
Lang, Bruselas, 2002, págs. 121-139. Stiftung Gedenkstätten
Buchenwald, Konzentrationlager Buchenwald 1937-1945. Begleitband
zur ständigen historischen Ausstellung, Wallstein Verlag, Göttingen,
1998).
Desde los años 1960, el campo central de Buchenwald se convirtió
en el memorial germano-oriental más grande a las víctimas
del régimen de Hitler, y más de once millones de personas
visitaron el sitio, desde su creación hasta la caída
del régimen: no sólo era una visita obligada en los
programas educativos, sino que se utilizó como elemento con
una gran carga simbólica en las ceremonias de iniciación
de grupos juveniles, estudiantes y reclutas del Ejército.
Aunque también se crearon memoriales en los antiguos campos
de concentración de Ravensbrück y Sachsenhausen, estos
no jugaron un papel tan destacado como en el caso de Buchenwald.
Hasta los años 1970, los memoriales sólo sirvieron
a un propósito: generar y profundizar en la conciencia social
y nacional. Los memoriales históricos, por su naturaleza,
se convirtieron en iconos de la política del gobierno, piezas
del paisaje alrededor del cual los principios ideológicos
y simbólicos eran organizados y naturalizados. Haciendo llamamientos
a la resistencia, los líderes de la Alemania oriental continuaron
ratificando su propia legitimidad como oponentes y víctimas
del fascismo.
Desde su creación, el museo y memorial estatal de Buchenwald
no intentó remarcar la pérdida de las vidas que habían
desaparecido en el campo, sino ilustrar la gloria de la resistencia
y celebrar la victoria socialista sobre el fascismo. Con esta finalidad,
cualquier monumento público debía centrarse en la
victoria, no en los mártires. Como resultado, el memorial
de Buchenwald se basa en las escenas triunfales del levantamiento
y auto-liberación del campo. Así, el régimen
deseaba “monumentalizar”, más allá de
cualquier duda, su propia razón de ser, crear un lugar que
pudiera recordar definitivamente el nacimiento del Estado. El monumento
debía introducir al visitante en una visión de grandes
caminos de sangre y sacrificio que llevasen a monumentos victoriosos
por todo el valle del Ettersberg, en el corazón de Weimar
(YOUNG, James E., The texture of memory, pág. 77-78). En
todo el memorial, las víctimas están claramente diferenciadas
de los luchadores, tanto espacial como iconográficamente:
los judíos y prisioneros de guerra soviéticos son
recordados con pequeñas lápidas colocadas aleatoriamente
sobre los antiguos barracones y en el crematorio, mientras los líderes
comunistas, como Ernst Thälmann, son conmemorados con monumentos
propios, diferenciados del conjunto. Sin los cientos de barracones
que en su momento llenaron el espacio interior del campo, la ausencia,
el vacío, se convierte en un motivo conmemorativo, que sirve
para recordar al conjunto de las víctimas, diferenciándolas
de la personalización de algunos individuos determinados.
Este fue el principal sitio conmemorativo en que los aniversarios
de la denominada “liberación” tomaron el protagonismo.
Los líderes del Partido se presentaban a sí mismos
como los herederos de una tradición de antifascismo que se
había convertido en la razón de ser de la República
Democrática.
Pero en esta memoria no había espacio para el Holocausto
ni para las “otras víctimas”. El memorial y el
museo, fueron construidos para anclar a la Alemania oriental en
la herencia antifascista de la resistencia comunista al Nacionalsocialismo:
gitanos, asociales, judíos, opositores religiosos, homosexuales
o mujeres no figuraban en esta memoria pública. La historia
del Holocausto, como se concibe hoy en día (el exterminio
sistemático de los judíos de Europa), sólo
fue incluida brevemente, como un elemento marginal de la represión
fascista. Así, la lección moral que se extraía
del memorial de Buchenwald no era “nunca más”
al fascismo, al genocidio y al terror político, sino “no
olvidar nunca” el poder destructivo del “capitalismo
fascista internacional”. Sus “objetivos principales”
eran el desenmascaramiento del imperialismo y demostrar la ruptura
de la población germano-oriental con el pasado militarista,
como no había hecho la Alemania occidental.
Esta posición del régimen comunista implicaba que
el consenso de las masas, que había sido una de las bases
del Nacionalsocialismo, era completamente ignorado, de modo que
la dictadura nazi no había tenido una verdadera base social
propia, fuera de la gran burguesía capitalista. Se evitaba
también el espinoso tema de la posible culpa colectiva del
conjunto de la población alemana. La memoria colectiva oficial
impuesta no apoyaba la reflexión sobre el problema de la
responsabilidad individual y colectiva por los crímenes,
porque el problema, oficialmente, ya había sido resuelto:
la responsabilidad pertenecía exclusivamente al gran capital
y a un restringido grupo de seguidores de Hitler. Por tanto, el
nuevo régimen ofrecía a los nazis una posibilidad
de poder reintegrarse en el sistema, a condición de aceptar
la dictadura comunista como habían aceptado el Nacionalsocialismo.
También la población debía manifestar el mismo
conformismo tácito que había demostrado con el régimen
nazi. En base a este acuerdo, la población germano-oriental
fue transformada, retrospectivamente, en una masa de luchadores
antifascistas activos en contra del Nacionalsocialismo, y así
se eliminaban las culpas pasadas (GROPPO, Bruno. “Memoria
y olvido del pasado nazi”, pág. 46).
La memoria oficial se convirtió en la única autorizada
para representar el pasado nazi, y no se toleraba la existencia
de posibles memorias alternativas o individuales: ninguna asociación
importante que hubiera podido transformarse en aglutinadora de una
memoria disidente de la oficial pudo desarrollarse libremente, porque
el monolitismo sólo tenía por objetivo legitimar el
monopolio comunista del poder.
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