Los problemas de la memoria tras la unificación
La identidad cívica
de cualquier nación emerge de un sentido formado de propósitos
y herencias comunes. En Alemania, la identidad nacional de posguerra
se desarrolló sobre una negación: los políticos
del Este y del Oeste erigieron lo que Paul Connerton denominó
un “muro de memoria” contra el Nacionalsocialismo, y
reclamaron que sus naciones comenzasen con esa Stunde Null (CONNERTON,
Paul, How societies remember, Cambridge University Press, Cambridge,
1989, pág. 7). Pero las similitudes acabaron aquí.
El elemento que más complicaba el proceso de formación
de la identidad en ambos estados alemanes fue la negación
del “otro”: ambos regímenes anclaban su propósito
nacional en la oposición a la propia existencia de otro Estado
alemán. Un ejemplo de esto podría ser la denominada
“doctrina Hallstein”.
La reunificación (o unificación, depende del punto
de vista) abrió un nuevo capítulo de la memoria colectiva
en Alemania. La desaparición del régimen comunista
provocó la crisis de la memoria oficial elaborada por éste,
y se iniciaron las primeras batallas de la memoria, por ejemplo,
a propósito de los monumentos y archivos de la ex RDA, sobre
la historia de los campos de concentración nazis re-utilizados
entre 1945 y 1950 por el Ejército Rojo y el régimen
comunista como campos de confinamiento para los adversarios del
régimen, sobre el papel de la población en su relación
con los órganos represivos comunistas, etc. Sobre cada uno
de estos temas se han enfrentado memorias diferentes e irreconciliables.
Pero la memoria oficial de la Alemania unificada continúa
caracterizándose por las incontables ambigüedades que
presenta.
En la Alemania actual, los testigos directos del pasado nazi son
cada vez menos, y por eso la mayoría de la población
está compuesta por personas que tienen un conocimiento del
período derivado, sobre todo, de los textos académicos,
medios de comunicación, etc., más allá de lo
que pudieran aprender de sus propias familias. Se trata, por tanto,
de una memoria cada vez más evasiva, donde el problema de
la transmisión (qué y cómo se transmite) se
convierte en uno de los ejes centrales. Pero, a pesar de todos estos
problemas, el pasado nazi continúa ocupando un lugar central
en la memoria colectiva alemana, en lucha constante con sus propias
contradicciones.
Y, de repente, en noviembre de 1989, el muro político e ideológico
que separaba a los alemanes desapareció, y todos los planteamientos
teóricos que se habían agrupado alrededor de conceptos
como la “memoria de Buchenwald” pasaron a convertirse
en elementos de controversia.
El principal debate derivado de la reunificación alemana
procedía de las décadas de actividades educativas
y conmemorativas dirigidas por el régimen comunista. Mientras
en el oeste, durante los años 1960, los antiguos internos
de los campos habían unido sus fuerzas con las iniciativas
locales para presionar a los gobiernos estatales a crear programas
educativos y memoriales, en la Alemania oriental esos grupos de
presión local y regional nunca se desarrollaron. Esta ausencia,
junto a la estructura de competencias educativas de la Alemania
unificada, en la que los Estados federales son responsables de los
sitios memoriales y los museos, provocó una crisis en referencia
a la enseñanza del Holocausto.
En ningún caso las dificultades para llevar a cabo esa coordinación
fueron tan dramáticas y profundas como en lo referente a
Buchenwald: para los residentes en la antigua Alemania oriental,
el campo aparece como una extensión de la retórica
simbólica comunista que permeabilizó libros de texto,
discursos, películas y novelas, un recordatorio de las dictaduras,
tanto nacionalsocialista como comunista. Una comparación
de Buchenwald con cualquiera de los memoriales de la Alemania occidental
muestra el énfasis diferente que desde los niveles más
elevados de los ámbitos políticos se da a la memoria
pública, con un curso muy diferente en ambos casos. Pronto
llegaron las solicitudes para que los “olvidados” de
esta memoria (judíos, gitanos, homosexuales, disidentes políticos
o religiosos, etc.) fuesen añadidos a los monumentos conmemorativos
y las exposiciones del museo. Durante la festividad de Yom HaShoah,
en 1991, supervivientes de la Europa occidental iniciaron una ceremonia
en un pequeño memorial, honrando a los 600 judíos
deportados a Buchenwald después de la Kristallnacht de noviembre
de 1938. El memorial también honra a los 100.000 judíos
que pasaron por el campo; en 1993, un concurso formal llevó
a la construcción del primer memorial judío en Buchenwald,
en los restos del antiguo Bloque 22 de los barracones de los presos.
Esta crisis se intentó solucionar mediante la coordinación
nacional de iniciativas locales: en 1990 se inició un movimiento
para la creación de una fundación nacional que fuese
responsable de todos los sitios memoriales de Alemania y que coordinase
todas las iniciativas, tanto a nivel local como regional, para homogeneizar
criterios.
A partir de los años 1990, la propuesta ideológica
de los diferentes monumentos se transformó radicalmente.
Los nuevos planteamientos del memorial de Buchenwald incluyen ahora
información sobre el terror de Stalin, igual que el de Hitler,
porque se ha convertido en el lugar en el que los alemanes fueron
perseguidos tanto por el Nacionalsocialismo como por el estalinismo.
Pero Buchenwald ha comenzado también a servir como memorial
para la nueva Alemania reunificada, igual que lo fue para la Alemania
oriental, como un centro de educación y concienciación
de las nuevas generaciones.
Todas estas transformaciones también han provocado cambios
en la evolución de los tres mitos que dominaron la memoria
germano-occidental (victimización, ignorancia y resistencia),
y esto puede demostrarnos qué dirección está
tomando la memoria pública alemana. Algunos aspectos indicativos
de esta tendencia son la creación de una extensa cultura
conmemorativa del Holocausto, incluyendo un día nacional
de conmemoración, creado durante el 51 aniversario de la
liberación de Auschwitz, en 1996, y los fuertes intereses
enraizados en la expansión y reconceptualización de
los memoriales de los campos de concentración durante toda
la década de los años 1990.
Enjambres de políticos, ciudadanos de Weimar y periodistas
estuvieron junto al Canciller Kohl cuando dedicó seis grandes
cruces de madera para conmemorar a las víctimas del terror
de la dictadura comunista y cuando se colocaron seis coronas amarillas
y blancas idénticas en las tumbas de los crímenes
nazis y comunistas (amarillo y blanco son los colores tradicionales
católicos. KOONZ, Claudia, “Germany’s Buchenwald”,
pág. 118). Desde entonces, muchos familiares han erigido
pequeñas cruces de madera en memoria de familiares que murieron
en el campo de Buchenwald después de 1945 como “criminales
contra el Estado”. Estas cruces de madera expresan, implícitamente,
un resentimiento populista contra los monumentos masivos de mármol
y granito erigidos por los gobiernos comunistas.
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