Algunas conclusiones
El
paisaje de la brutalidad nazi aún mantiene su poder para
horrorizarnos, porque su impacto emocional no puede ser borrado.
Pero la interpretación de la historia que representa ese
paisaje es un flujo continuo. En el mundo de post-posguerra, el
legado perdurable de los campos de concentración debe servir
como una advertencia contra las formas de terror político
y odio racial, y debe extenderse al conjunto de la población
mediante la educación.
La memoria pública es un terreno disputado, especialmente
cuando el hecho recordado es tan controvertido como el Nacionalsocialismo.
Lo primero que debemos hacer es plantearnos una serie de cuestiones
importantes: ¿Qué memorias públicas de los
campos nazis han existido? ¿Cómo se han desarrollado
en el tiempo? ¿Cómo han transformado la naturaleza
de la vida política, cultural y social alemana?
Esta memoria pública está siendo constantemente modelada,
transformada y adaptada en un gran número de imágenes
y espacios memoriales. Dependiendo de dónde y quién
está construyéndolos, se recuerda el pasado según
una gran diversidad de mitos nacionales, ideológicos y necesidades
políticas. Algunos recuerdan a los caídos en la guerra,
otros a la resistencia contra el ocupante o la dictadura, y muchos
otros el genocidio judío. Todas reflejan tanto las experiencias
pasadas y actuales de sus comunidades, como la memoria misma del
Estado. En un nivel mucho más específico, estos memoriales
también reflejan el temperamento de la memoria del artista
y de su tiempo, su lugar en el discurso estético y sus medios
(YOUNG, James E., The texture of memory, pág. 2). Para muchos
artistas contemporáneos, lo principal son las necesidades
del arte, no el público al que va dirigido o la memoria que
se quiere recordar. Pero para muchos supervivientes la necesidad
es creer que la realidad de sus experiencias reclama una expresión
memorial tan literal como sea posible.
Tanto las razones para la construcción de los memoriales
como las formas de memoria que generan son tan variadas como los
sitios mismos. Algunos son construidos en respuesta a la prescripción
tradicional judía de recordar; otros, de acuerdo con la necesidad
gubernamental de explicar el pasado de una nación a ella
misma, y otros por la necesidad social de mantener un pasado que
cohesione el presente. Donde el ánimo de algunos memoriales
es educar a las nuevas generaciones e inculcar en ella un sentido
de experiencia y destino, otros memoriales son concebidos como formas
de expiación de la culpa o auto-engrandecimiento. Como resultado,
los memoriales del Holocausto inevitablemente mezclan las imágenes
nacionales, políticas y religiosas. Por tanto, nuestro entendimiento
de los hechos depende de la construcción de la memoria, pero
también de la constatación de que hay consecuencias
muy amplias en el tipo de entendimiento histórico generado
por los monumentos y los memoriales. En lugar de permitir al pasado
anclarse en sus formas monumentales, debemos vivificar la memoria
a través del trabajo que los memoriales hacen.
En el caso del genocidio judío, por ejemplo, en Alemania
los memoriales recuerdan a los judíos en su ausencia. En
Polonia, incontables memoriales en los antiguos campos de exterminio
conmemoran la completa destrucción de la población
polaca, a través de la desaparición de sus comunidades
judías. En Israel, los mártires y los héroes
son recordados conjuntamente, ambos redimidos por el nacimiento
de un Estado independiente. En los Estados Unidos la memoria está
dirigida a no apartarse de los ideales y experiencias norteamericanas,
como la libertad, el pluralismo y la inmigración.
En todos estos casos los monumentos y memoriales, por sí
mismos, son de poco valor, meras piedras en el paisaje. Como parte
de los ritos o como objetos de peregrinaje de la población,
quedan investidos del alma y la memoria de la nación. Al
asumir las formas idealizadas y los significados asignados por el
Estado, los memoriales tienden a concretizar interpretaciones históricas
particulares.
Pero la relación entre el Estado y sus memoriales no es unívoca.
Por un lado, los organismos estatales están en posición
de formar la memoria explícitamente tal y como la necesita
el Estado. Por otro lado, una vez creados, los memoriales cobran
vida propia, a menudo resistente a las intenciones originales del
gobernante. En algunos casos, las nuevas generaciones visitan los
memoriales bajo circunstancias muy diferentes a las del momento
de su creación y los dotan de sus nuevos significados, como
pasó en la Europa oriental, tras la caída del Muro.
El resultado final, invariablemente, es una evolución en
el significado de los memoriales, generado por los nuevos tiempos
como, por ejemplo, la transformación del memorial de Buchenwald
en un monumento en recuerdo de los crímenes estalinistas.
Los memoriales proporcionan lugares donde grupos de individuos consiguen
crear un pasado común para sí mismos, donde se explica
su narrativa constitutiva, historias de su propio pasado, que llevan
a la formación de esa colectividad. En determinados momentos,
incluso la actividad de recordar juntos se convierte en parte de
la memoria compartida.
La explosión de la memoria que se ha producido en los últimos
años sólo es uno de los aspectos de lo que es considerado
un giro a la historia. A menudo está acompañada por
una relación activa con los sitios históricos, entre
los que el Tercer Reich figura de forma prominente. Gracias a los
esfuerzos de los talleres de historia local, el emplazamiento de
los campos de concentración o trabajos forzosos en cualquier
localidad es ahora conocido, y están disponibles guías
en cada pequeña ciudad y pueblo que explican la historia
de ese emplazamiento histórico. El movimiento social de recuerdo
utiliza objetos del pasado y sitios particulares del Tercer Reich
como un sendero que es crucial para el descubrimiento de una conciencia
histórica: es el presente alemán el que pone de manifiesto
el pasado nazi. La interpretación más común
del movimiento social de recuerdo está resumida por el famoso
dictado sobre el “pasado que no pasa”: ese lastre continúa
marcando fuertemente a Alemania, debido a la naturaleza inexplicable
de los crímenes cometidos en nombre de su población.
Por tanto, se convierte en un pasado que se impone al presente (GEYER,
M., HANSEN, M., “German-Jewish memory”, pág.
187).
No es suficiente preguntarnos si los memoriales recuerdan o no al
Nacionalsocialismo y al Holocausto, o cómo lo recuerdan.
También deberíamos preguntarnos qué finalidad
queremos recordar, para reconocer que la influencia de la memoria
no puede divorciarse de las acciones tomadas en su beneficio, y
que la memoria sin consecuencias contiene en su interior las semillas
de su propia destrucción.
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