J.
Candau señala que la historia no puede existir sin
memorización y que el historiador trabaja con datos
vinculados a la memoria. Aunque ésta no sea exactamente
historia, ambas son formas de representación del pasado.
La memoria es fundamental para la historia, y viceversa.
La
historia tiene muchas características de la memoria,
y ésta puede convertirse en un objeto histórico,
mientras que la historia también puede convertirse
en un objeto de memoria. La historia es, asimismo, interpretación,
simplificadora, selectiva y olvidadiza de algunos hechos concretos
que pueden ser “incómodos”. En este contexto,
los historiadores realizan un trabajo de producción
y construcción de la memoria social, pero no son los
únicos que construyen esa memoria social.
La
construcción de las diferentes identidades colectivas
está inmersa en un proceso histórico en constante
movimiento. En este proceso, la sociedad reconstruye su pasado
para mantener y crear su propia identidad, seleccionando y
reconstruyendo elementos que son reinterpretados en el presente
y que sirven para respaldar una identidad nacional u otra
diferente. En este proceso de construcción y elaboración
colaboran de manera importante los historiadores, como interpretadores
de los hechos.
En
ocasiones, el recurso al pasado como forma de creación
de una identidad colectiva y la activación de la memoria
crea conflictos en el interior de un mismo grupo social, o
entre diferentes grupos, que defienden versiones diferentes
de sus memorias y, por tanto, de esas identidades. Un claro
ejemplo de esta situación es lo que sucede en España
con los conflictos relacionados con la conservación
de los símbolos del franquismo.
La
memoria es un respaldo de las identidades, y sin esa memoria
no tendríamos ninguna identidad a la que hacer referencia.
La memoria es utilizada para organizar y reorganizar el pasado
y sus relaciones con el presente y con el futuro; puede provocar
tensiones y conflictos, que han llevado a la afirmación
de que la memoria es un campo de lucha ideológica en
el que se enfrentan diferentes versiones de las identidades
nacionales. Por tanto, la presencia de la memoria sirve para
consolidar y fortalecer las identidades, pero también
es cierto que su ausencia la fragmenta y la debilita, porque
la memoria condiciona y restringe las identidades de un grupo
humano.
El
recuerdo y la producción de la memoria son muy importantes,
porque ayuda a adaptarse a los miembros de un grupo determinado
a los rápidos cambios del presente. La memoria crea,
en este momento, un sentido de orientación, de pertenencia,
en el presente, sirviendo como recurso cultural del grupo,
que recuerda colectivamente por medio de la celebración
de eventos que recuerdan el pasado, por medio de la conmemoración,
etc., creando representaciones colectivas que conllevan una
importante carga moral para el conjunto.
La
memoria, además de ser un recurso cultural, es un instrumento
retórico, ideológico y político: para
ejercer el poder, para cuestionarlo o para resistirse a su
presión. El presente influye en la percepción
del pasado, pero también las vivencias del presente
son influenciadas por los acontecimientos del pasado y por
la percepción que recibimos de ellos. Connerton señala
que las imágenes del pasado sirven para legitimar el
orden social del presente. Y, por eso, el control de la memoria
histórica se convierte en un instrumento tan importante
de dominación social, y explica porqué se producen
las luchas sobre la memoria colectiva y el monopolio de la
“verdad” histórica.
Pero
también el olvido está íntimamente relacionado
con la producción de memoria y con el acto de recordar.
Toda memorización y conmemoración, debido a
su proceso selectivo, es al mismo tiempo una forma de olvido
de otras memorias o partes de la memoria, de modo que la memoria
no se opone al olvido, sino que se relaciona e interacciona
con él. La memoria se ocupa de la selección
de lo que es importante para un individuo o un grupo, según
el sistema de valores que rige en ese grupo. Desde este punto
de vista, la memoria es un sistema crítico, un instrumento
de autodefensa contra el riesgo de olvidar y ser dominado.
A
pesar de todo, un cierto nivel de olvido puede ser necesario,
porque apunta el presente hacia el futuro y sirve como una
terapia grupal e individual: todo ejercicio de memoria está
asociado a cierto nivel de olvido. No es posible llegar, sin
embargo, al exceso de olvido o el olvido total, que puede
llevar a la desorientación y a la pérdida de
identidad del grupo.
La
relación entre la memoria y el aprendizaje es muy estrecha,
porque la memoria debe transmitirse de generación en
generación, para evitar la ruptura de los vínculos
sociales. La forma de transmisión de la memoria son
los procesos de aprendizaje cultural, que condicionan la reproducción
y transformación de los diversos saberes y valores
culturales.
En
todas las sociedades se produce el fenómeno de una
industria del patrimonio cultural, que se encarga de la producción
de memorias. Por ejemplo, un elemento fundamental de lo que
Pierre Nora denominó “turismo cultural”
es el consumo de sitios de recuerdo, lugares donde sucedieron
acontecimientos históricos importantes, que atraen
turistas por su valor histórico, artístico o
vivencial. J. Candau ha denominado a esta práctica
social “turismo de la memoria”.
|