La historia de los campos de concentración en Francia es
complicada y un tema muy sensible en un país que aún
no ha asumido la historia del régimen de Vichy. En 1939,
antes de la invasión nazi, el gobierno francés ya
había abierto los primeros campos, como Gurs o Noe, diseñados
para recibir a los refugiados republicanos españoles que
huían del régimen fascista de Franco. Esos campos
eran guardados por policías franceses y en el verano de 1940
todos los refugiados fueron entregados a los nazis; fueron rápidamente
transferidos a diversos campos de concentración en Alemania
y muy pocos sobrevivieron.
Desde 1945, algunos acontecimientos especiales han servido para
mantener vivos los debates sobre la Francia de Vichy y su complicidad
con la Solución Final de la cuestión judía.
Los juicios al antiguo oficial de las SS Klaus Barbie, en 1987,
del antiguo líder de la milicia Paul Touvier, en 1994, y
el de Maurice Papon, en 1998, un oficial superior con responsabilidad
en asuntos judíos, hicieron aparecer cuestiones sobre el
grado en el que el régimen colaboracionista de Vichy, igual
que el resto de la población, fueron cómplices en
el asesinato de más de 73.000 judíos.
Estos juicios sirvieron como pretexto para poner en cuestión
el pasado francés del período de la guerra. Más
específicamente, reavivaron los debates sobre la complicidad
del régimen de Vichy en el arresto, deportación y
asesinato de los judíos residentes en suelo francés.
Además, las evasiones que las generaciones de políticos
franceses habían conseguido desde 1945, llegaron a su final
en mayo de 1995, cuando el Presidente Jacques Chirac denunció,
en un discurso, el papel criminal del régimen de Vichy.
En Francia, donde la complicidad del gobierno de Vichy tuvo unas
muy amplias ramificaciones, el conflicto entre la mitología
heroica de la resistencia y los hechos reales, es aún más
evidente que en cualquier otro país ocupado por Alemania.
Fue,
ciertamente, el país donde esa identificación encontró
a la mayoría de los protagonistas en los meses siguientes
a la liberación. Los primeros actos políticos de De
Gaulle, tan pronto como París fue liberado, procedían
de la proclamación de la identificación del conjunto
de la nación con la Resistencia: París se liberó
a sí misma, sostenida por “la France tout entière”.
El general declaró que la República nunca había
cesado de existir y que, como su encarnación, él era
el único jefe de gobierno legítimo.
Cuando
se compara con la situación en otros países, la imagen
del mito monolítico de la resistencia en Francia no resiste
las pruebas. En primer lugar, debe enfrentarse con la multiplicidad,
la dualidad de los protagonistas de la memoria de la resistencia
(gaullistas y comunistas). En segundo, existió un grado de
conflicto y debate mucho mayor sobre la interpretación de
la guerra, mucho antes de que decayesen las memorias nacionales,
a comienzos de los años 1970. En tercero, existía
la más problemática naturaleza de la memoria de la
colaboración, lo que algunos autores han denominado “síndrome
de Vichy”.
En
1945, De Gaulle unificó la resistencia, contuvo el peligro
de una guerra civil y la toma del poder comunista, estableció
una autoridad legítima, reestableció la democracia
y aseguró una posición internacional para Francia.
Se enfrentó con la resistencia interna como el primer poder
rival, principalmente constituida por fuerzas de diferentes orígenes
políticos, con fuertes aspiraciones sociales y políticas
que no quedaban cubiertas por el nacionalismo gaullista.
Si
la memoria guallista tuvo éxito en su ánimo de convertirse
en un mito nacional de reconciliación en la Francia de la
posguerra, sus contornos hubieran sido similares al mito de la resistencia
holandesa: una resistencia largamente vacía de su encarnación
concreta, asimilada con el patriotismo colectivo de la sociedad
francesa, como tal. Ninguna de las condiciones favorables a la emergencia
de un consenso conmemorativo, ocurrió en Francia. La memoria
gaullista sólo representaba una faceta de la memoria francesa,
incluso cuando De Gaulle volvió al poder, entre 1958 y 1969
se convirtió en memoria estatal.
La
memoria comunista ha sido presentada frecuentemente como totalmente
opuesta al mito de la resistencia. Además de las referencias
abstractas de De Gaulle a la nación, el PCF se identificaba
fuertemente con los héroes y mártires concretos. Cultivaba
sus mártires y organizaba un conjunto de asociaciones de
veteranos partisanos, trabajadores deportados y víctimas
de la persecución nazi. Así, la memoria comunista
no estaba cerrada sobre ella misma, sino muy al contrario, una memoria
tan abierta como fuese posible.
La
referencia a la nación, central en el discurso gaullista,
fue reemplazada por la referencia a la clase obrera, que había
compuesto la resistencia contra una burguesía colaboradora
y su ideología reaccionaria. El paradigma del anti-fascismo
era el más inclusivo: todos los oponentes políticos
del fascismo e, incluso, todas las víctimas del fascismo,
podían suscribirse y convertirse en parte de una familia
antifascista, en la que el Partido jugaba, actual e históricamente,
un papel central y donde el martirio y el heroísmo, víctimas
y antiguos combatientes asumían fraternalmente la herencia
de la victoria.
Eran
memorias abiertas de las que cualquier persona, en cualquier momento,
podía formar parte. Ni los comunistas ni los gaullistas podían
convertir sus mitos en mitos nacionales. Lo que en la memoria nacional
de otros países había sido confinado a grupos marginales,
se convirtió en Francia en una interminable “bataille
de mémoire”. Por tanto, si gaullistas y comunistas
fueron incapaces de establecer una hegemonía conmemorativa
innegable, nunca tuvieron éxito a la hora de monopolizar
la memoria de la resistencia. El choque entre los dos gigantes no
podía ocultar la multiplicidad de las fuerzas políticas
y sociales que invadían el campo de batalla conmemorativo
y señalaban sus propias experiencias y méritos patrióticos
en el recuerdo nacional.
Esta
multiplicidad está también ilustrada a través
de la glorificación de la categoría de la “Déportation”
como un concepto mítico de fuerza casi igual a la “Résistance”,
crucial para el entendimiento del traumatismo que supuso la ocupación
para la sociedad francesa. La “Déportation” fue
cargada con un sentido de martirio y patriotismo nacional, y más
particularmente, los campos de concentración se convirtieron,
poco después de la liberación de los campos y el regreso
de los supervivientes en la primavera y verano de 1945, en el “lieu
de mémoire” (sitio de memoria) central de los sufrimientos
de la nación francesa.
La
política conmemorativa de De Gaulle (como jefe provisional
del Estado entre la liberación y enero de 1946, desde la
oposición hasta 1958, y como presidente de la Quinta República
hasta 1969) asimilaba a la Nación y la Resistencia en un
discurso simbólico que era, al mismo tiempo, heroico, emblemático,
abstracto y elitista. El honor nacional había sido salvaguardado
por las duras pruebas de la guerra, por los héroes que habían
mantenido su destino, en el exilio o en suelo francés, como
combatientes o como mártires. Los discursos y rituales gaullistas
rendían tributo al ejército y a la nación a
través de modelos ejemplares de patriotismo y asimilación
de la ambigua victoria de la Segunda Guerra Mundial con el triunfo
patriótico de la Primera. La conmemoración abstracta
y su llamamiento consensuado servían mejor a De Gaulle que
el culto a los veteranos. Se oponía al reestablecimiento
de un ministerio de veteranos tras la liberación; recolocó
a las organizaciones de prisioneros de guerra y trabajadores forzosos,
que agrupaban a cientos de miles de dudosos héroes; y no
favoreció la proliferación de heroísmo entre
muchos grupos de veteranos de la Resistencia y víctimas de
la persecución.
La
memoria comunista ha sido presentada, a menudo, como el mito opuesto
de la resistencia, en todos sus aspectos. La insurrección
nacional y la guerra partisana de la Resistencia interna tomaron
el lugar de la Resistencia externa y su aspecto militar clásico.
En lugar de las referencias abstractas y ecuménicas de De
Gaulle, el PCF se identificó fuertemente con héroes
y mártires concretos. Cultivó sus mártires
(los 75.000 militantes del Partido ejecutados) y organizó
una serie de grupos y asociaciones de veteranos partisanos, trabajadores
deportados y víctimas de los nazis.
Desde
mediados de los años 1980, el Holocausto y la historia del
régimen de Vichy han pasado a ocupar un lugar preeminente
en el debate nacional en Francia. Esto es debido, en parte, a iniciativas
de los gobiernos socialistas, interesados en dirigir la atención
pública a la amenaza de la extrema derecha. Después
de la caída de los socialistas, varias tendencias dirigidas
al legado del Holocausto se fueron manifestando, desde la negación
del mismo hasta las disculpas públicas del Presidente Chirac
por los crímenes del régimen de Vichy contra los judíos.
La memoria del Holocausto ocupa un lugar prominente en las políticas
relacionadas con la comunidad judía y es el mejor medio de
comunicación con la sociedad global que, por ejemplo, el
apoyo a Israel. Sólo en los años 1990 reapareció
el tema de la restitución de los bienes judíos confiscados
por el régimen de Vichy en la agenda pública, en el
contexto de la investigación francesa de la expoliación
de los judíos franceses, que sirvió como prueba de
fuego en la confrontación francesa con su pasado contemporáneo.
Al
intentar borrar este período conflictivo, Francia no sintió
la obligación de responsabilizarse por lo que había
pasado, y sólo el mito tuvo éxito. No se llevó
a cabo ningún esfuerzo para memorializar oficialmente a los
judíos franceses. Por ejemplo, el Memorial a los mártires
de la deportación (1962), no está clara y visiblemente
dedicado únicamente a los deportados judíos, sino
que éstos quedan englobados dentro de un conjunto más
amplio.
Un
ejemplo es el Velódromo de Invierno, donde se llevó
a cabo la redada de los judíos de París. De Gaulle
conmemoró esa localización en 1949, con una mínima
información factual sobre los 30.000 judíos deportados
a campos de concentración en Alemania. El alcalde Chirac
lo reemplazó en 1986, con una nueva placa con información
más adecuada, y con una mención especial al número
de niños confinados “bajo condiciones inhumanas”.
El memorial agradece “a aquellos que intentaron acudir en
su ayuda”. Pero el memorial mejorado tampoco era totalmente
correcto. La placa identifica a la “policía del gobierno
de Vichy” como responsable de la redada. La verdad, sin embargo,
es que fue la fuerza de policía de París, la responsable
de la redada.
Sólo
en 1993, bajo el gobierno de Mitterrand, se hizo una proclamación
que, de facto, identificaba al “gobierno del Estado francés”
como responsable por las “persecuciones racista y antisemita”.
Un memorial de bronce fue erigido, finalmente, en 1994, en el lugar
de la redada. En 1995 se dio un nuevo cambio, cuando Chirac, en
un discurso conmemorando las redadas del Velódromo de Invierno,
afirmó que Francia tenía una deuda con los judíos
deportados.
El debate público, sin embargo, cambió en los años
1970-1980. El ímpetu que motivó ese cambio llegó
como resultado de películas y series (Shoah y Holocausto),
y gracias a los esfuerzos incansables de personas como Serge Klarsfeld.
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