Políticas
represivas antigitanas tradicionales
Las raíces históricas
del “antigitanismo”
Gilad Margalit utiliza el término “antigitanismo”
para denotar todas las formas de odio étnico dirigido
contra este colectivo (MARGALIT, Gilad, “Antigypsyism
in the political culture of the Federal Republic of Germany:
a parallel with anti-Semitism?”, en Analysis of Current
Trends in Antisemitism, núm. 9, The Vidal Sassoon International
Center for the Study of Antisemitism, The Hebrew University
of Jerusalem, 1996). Aunque el término incluye el aspecto
racial, no se trata únicamente de un término
racista, sino también cultural y social. El antigitanismo
tradicional existió en la Europa Central antes que
el racismo como tal se conociese.
Existen numerosos ejemplos de que las realidades de la vida
cotidiana de los gitanos en Europa se diferenciaban enormemente
de los clichés antigitanos que se habían desarrollado
y asentado, durante siglos, en el sentimiento colectivo de
la mayoría de la población. Pero estos clichés
fueron rápidamente adoptados y explotados por el Nacionalsocialismo,
del mismo modo que utilizó la imagen popular sobre
los judíos, con fines propagandísticos. El período
que va desde el último tercio del siglo XIX hasta 1945,
fue en el que la legislación antigitana se aplicó
de forma más dura y represiva en Alemania. Pero es
un hecho histórico que en este período, entre
las policías organizadas por los diferentes estados
europeos, la lucha contra la “plaga gitana” y
la lucha contra los “asociales” eran el mismo
problema. Las indicaciones sobre las elevadas tasas de criminalidad
entre los gitanos fue uno de los reproches más frecuentes
durante el período de entreguerras, y sirvió
para la aplicación de medidas cada vez más radicales
en toda Europa.
Las razones del prejuicio institucionalizado contra el pueblo
gitano se deben a un gran número de factores. En primer
lugar, la cultura gitana no establece relaciones sociales
con las comunidades externas, sino que crea una sociedad exclusivista
que puede dar la sensación de que se trata de una cultura
furtiva. Por ejemplo, una acusación muy común
en la Alemania medieval era que los gitanos eran espías,
que fue repetida por los nazis. El mantenimiento de restricciones
culturales y/o religiosas que mantenga a los excluidos a distancia
puede ser un factor, históricamente, tanto para el
antisemitismo como para el antigitanismo. Este aislamiento
ha creado también una imagen extendida de misterio
y exotismo, que ha sido explotada como una forma de protección.
En segundo lugar, la creencia de que existe una vinculación
entre criminalidad e identidad genética, como en el
caso nazi, es lo que hace a una comunidad étnica sospechosa.
Incluso en la actualidad, en la prensa, la raza de un criminal
sospechoso sólo se menciona si es una persona de color,
aunque se omite si el sospechoso es blanco.
Un argumento que diferenciaba el antisemitismo del antigitanismo
es que, mientras los argumentos basados en la ideología
racial codificados y utilizados por los nazis como justificación
para el exterminio eran similares, un factor añadido
en el caso de los judíos era su supuesta fortaleza
económica y su control de los medios de producción
capitalista. Este argumento antisemita fue utilizando mucho
antes de la llegada de Hitler al poder.
Un elemento más contemporáneo de este antigitanismo
es el hecho de que no tengan una fuerza política, económica
y que ninguna nación hable en su defensa, que asegura
que siempre serán la “cabeza de turco”
ideal en cualquier conflicto. A diferencia de otros grupos
étnicos, representados por Estados, los gitanos no
tienen una historia reconocida que los legitimice. Esta “aterritoriedad”
está teniendo unas graves repercusiones, por ejemplo,
en la Europa pos-comunista, donde se encuentran excluidos
de cualquier territorio étnico.
Finalmente, otro argumento que ha contribuido al desarrollo
de este antigitanismo es que, desde mediados del siglo XIX,
se ha desarrollado una literatura romántica “gitana”,
que los representa como un compendio del concepto de libertad:
responsabilidad, restricciones morales, requerimientos higiénicos,
rutinas laborales estrictas, etc., quedan fuera de esta imagen.
Estos conceptos se enfrentaban radicalmente a la sociedad
de la época, cuyas rígidas percepciones se veían
escandalizadas por estas ideas. Durante siglos de coexistencia,
el gitano se ha convertido en una figura constante en la cultura
popular alemana, sobre todo desde este punto de vista romántico.
Desde la llegada a la región su papel en la vida económica
alemana había sido meramente marginal. Durante el período
de emancipación judía en Alemania (1781-1870),
los gitanos preservaron su aislamiento cultural y social,
sin reproducir el proceso de asimilación y aculturación
que tuvieron los judíos.
Estas diferencias dentro de la sociedad alemana se reflejan
también en las imágenes que ofrecían
popularmente. Durante el siglo XIX, la nueva imagen de los
judíos pasó a identificarse con el feroz capitalismo
moderno, que supuestamente intentaba comercializar todos los
valores tradicionales. El estilo de vida gitano, por su parte,
era retratado por el Romanticismo y las diferentes tendencias
antimodernistas y antiburguesas como el modelo opuesto al
orden urbano industrializado alienado moderno: era libre,
fiel, natural y apasionado. Pero no debemos olvidar que el
gitano también tenía una imagen negativa. En
algunos círculos racistas se consideraba que constituía
un elemento de contrapunto a la imagen romántica del
pueblo alemán, aunque de un modo totalmente diferente
del que suponía el judío.
El antigitanismo carecía también del elemento
conspirativo que dominaba el antisemitismo del siglo XIX,
y nunca fue un elemento políticamente predominante:
incluso durante el Tercer Reich, la “cuestión
gitana” fue un aspecto marginal de la política
racial nazi.
Esta breve descripción demuestra que una parte del
origen del antigitanismo nazi se centra en el período
anterior a 1933. Pero en él podemos encontrar los orígenes
de la política de exterminio de Hitler. También
podemos apreciar cómo esos clichés se extienden,
incluso, hasta la actualidad, y que también hoy sirven
para envilecer y discriminar a este grupo étnico, no
sólo en el ámbito popular, sino también
a través de las políticas gubernamentales racistas
y discriminatorias (En el caso de España, por ejemplo,
poco antes de las Olimpiadas de Barcelona de 1992, cuando
se expulsó a los gitanos de la ciudad).
Los primeros estudios sobre este tema asumieron que los Zigeuner
fueron considerados únicamente como elementos asociales,
inadaptados en el nuevo orden social nazi y que por eso se
hicieron objetivos de sus políticas represivas. El
antigitanismo racial comenzó en Alemania sólo
en las últimas décadas del siglo XIX, compartiendo
algunos elementos con el antisemitismo racial. A diferencia
de éste, sin embargo, el antigitanismo tuvo un carácter
de movimiento o programa político específico.
La hostilidad hacia la población gitana no tuvo una
vertiente religiosa o sus características demonizadoras:
por ejemplo, los gitanos fueron acusados de secuestrar a niños
cristianos, pero no para someterlos a sacrificios de carácter
religioso, como pasó con los judíos entre los
movimientos más radicales. Se relacionaba más
con los conflictos entre la comunidad gitana y la población
alemana asentada y, en contraste con el antisemitismo, tenía
un carácter mucho más superficial y menos dramático.
Ambos colectivos, de forma similar pero, al mismo tiempo,
muy distinta, formaron una categoría peculiar del “otro”
(HERZOG, Herta, “The Jews as ‘Others’: on
communicative aspects of antisemitism. A pilot study in Austria”,
en rev. ACTA, núm. 4, 1994, págs. 26-27).
Políticas
represivas tradicionales
La primera llegada de gitanos a territorios de lengua alemana
se produjo alrededor del año 1400. Varias fuentes históricas
los documentan en Bohemia en 1399, Hessen en 1414, Meissen
en 1416, Zúrich, Magdeburg y Lübeck en 1417; su
presencia en los territorios de Alsacia y Sajonia se remonta
a documentos de 1418. El preludio de las primeras persecuciones
en Europa se produjo en 1492, cuando el duque Aquiles de Brandenburg
prohibió a los Zigeuner residir en sus territorios.
En el período de 1497 a 1774 se produjeron más
de 146 expulsiones en Europa, y en los siglos XVII y XVIII
la persecución continuó inalterada.
Esta letanía ininterrumpida de persecuciones, que duró
siglos en la Europa Central, nos deja un eco relacionado con
las persecuciones antisemitas de la misma época. El
historiador Wolfgang Scheffer ha explicado el antisemitismo
histórico afirmando que en tiempos de necesidad, un
mundo medieval predispuesto a las interpretaciones místicas
buscaba explicaciones para aquellos hechos que no podía
razonar: plagas, hambre, incendios, asesinatos, enfermedades,
eran atribuidas a los excluidos, a los marginados. Así
se persiguió a los judíos y gitanos, debido
a sus costumbres extrañas y su lengua incomprensible.
Los poderes eclesiásticos y terrenales los acusaban
de los mismos delitos, una y otra vez: apostasía, brujería,
fraude, robo, engaños, etc.
Una forma de atacar a la comunidad gitana fue prohibir su
forma de vida. Por ejemplo en España, se prohibió
el nomadismo y la lengua romaní; todos los gitanos
debían abandonar sus trajes tradicionales y no podían
ser propietarios de caballos; no se permitían los matrimonios
entre ellos, no se podían organizar en grandes grupos.
Aquellos que no pudieran conformarse al estilo de vida español,
debían abandonar el país o convertirse en esclavos
de la Corona. En otros países, sobre todo en los Balcanes,
la esclavitud fue considerada como una solución a la
escasez de mano de obra en determinadas zonas (Valaquia y
Moldavia), donde fueron convertidos en siervos de los señores
feudales, del Estado e, incluso, de la Iglesia.
El análisis de los siglos de persecución, nos
muestra cómo el horror nazi sólo fue un clímax
lógico, pero no menos horrible, de las relaciones históricas
de los pueblos europeos que habían acogido a los gitanos.
Como señalan Kenrick y Puxon, la convicción
de que lo oscuro denota inferioridad y maldad estaba ya bien
arraigada en la mente occidental, y la oscura piel de los
gitanos los marcó como víctimas del prejuicio
(KENRICK, D., PUXON, G., Los gitanos bajo la opresión
nazi, Centro de Estudios Gitanos, Toulouse, 1996). La extensión
de estos prejuicios en la sociedad acalló cualquier
protesta de aquellos que fueron testigos del abuso a que fueron
sometidos en el Tercer Reich.
La persecución de los gitanos se remonta a la Edad
Media, pero la raíz de las persecuciones del siglo
XX se ha de buscar en el XIX. La política gitana alemana,
tal como se desarrolló en ese período, se centraba
en la integración y asimilación de los gitanos
en la sociedad: debían abandonar el nomadismo, asentarse,
cultivar la tierra y convertirse en buenos ciudadanos. Generalmente
fueron considerados por el Estado como individuos “atrasados”,
que con una dirección adecuada y una legislación
sensible, podían ser transformados en personas “corrientes”.
Utilizando un concepto moderno, podía llegarse a su
“socialización”. El problema de este tipo
de consideraciones es que ninguna región deseaba convertirse
en la zona en la que se asentase ese colectivo, y por eso
los esfuerzos integradores no tuvieron una aplicación
sistemática y, desde el punto de vista del gobierno,
no fueron efectivas. La presencia de los gitanos comenzó
a ser tolerada, al menos como parias. En numerosos estados
alemanes comenzaron a plantearse programas para proceder a
su asentamiento, pero fracasaban debido a las prácticas
inhumanas que conllevaban: por ejemplo, en Württemberg,
las extensas familias fueron obligadas a disgregarse y dispersarse
por todo el Estado, como familias individuales; cuando intentaban
reagruparse, eran obligados a volver a sus zonas de asentamiento.
De esta forma, la institución básica de esta
comunidad, la familia, era eliminada del nuevo concepto de
vida “social”.
La otra cara de la moneda era el control policial. Mientras
los intentos aislados de las iglesias, escuelas y organizaciones
sociales por asimilar a los gitanos por medio de una combinación
de asistencia y disciplina fueron siempre insignificantes,
las medidas coercitivas policiales entraron en una espiral
represiva. La policía declaró que los gitanos
(aproximadamente 20.000 personas en toda Alemania, un 0.03%
de la población en 1910) eran una “plaga”
que debía controlarse y combatirse. La práctica
policial estaba influenciada por la definición sociográfica
de los gitanos como aquellos que formaban parte de esta raza
o se comportaban como tales. Los gobiernos federales ordenaban
a la policía el control de los gitanos, a través
de leyes especiales dirigidas a desanimarlos de su tendencia
nómada, reduciendo la mendicidad, favoreciendo, entre
otras cosas, la expulsión de los extranjeros de Alemania,
etc. (ZIMMERMANN, Michael, “Intent, failure of plans
and escalation: Nazi persecution of the Gypsies in Germany
and Austria, 1933-1942”, en Roma and Sinti. Under-studied
victims of Nazism. Symposium Proceedings, Center for Advanced
Holocaust Studies, United States Holocaust Memorial Museum,
Washington, 2002).
La creación del Reich, en 1871, facilitó la
coordinación a largo plazo de la represión de
los gitanos que, asombrosamente, se mantuvo durante la República
de Weimar y preparó el camino para el genocidio nazi.
Esta tendencia se extendió también por el resto
de Europa. Por ejemplo, en Austria, en 1885, un “edicto
de vagabundos” abría el camino a la detención
de las personas nómadas y su empleo en trabajos forzosos.
En marzo de 1899 se creó, precursor de los modernos
aparatos represivos nazis en Baviera, un departamento destinado
a recoger información y registrar a personas, mayores
de seis años, consideradas “gitanas”; este
registro incluía fotografías, huellas digitales
y otros datos físicos y genealógicos, pero especialmente
todo lo referente a la “criminalidad” de los gitanos.
Esta oficina fue creada bajo la dirección de Alfred
Dillman, y debía también analizar los movimientos
de los gitanos por los territorios alemanes. Para 1904, disponía
de más de 3.300 fichas, tanto individuales como familiares,
de la población gitana de la zona (este departamento
de la policía bávara no desapareció hasta
1970). Ninguna de estas medidas fue aplicada durante este
período a la población judía.
En 1906, el gobierno imperial dictó directrices contra
los gitanos para el conjunto de la policía local. Todos
los gitanos extranjeros debían ser deportados; los
alemanes debían mantenerse bajo estricta vigilancia
policial, hasta que pudiesen demostrar que tenían una
residencia estable y un trabajo adecuado. Debía hacerse
todo lo posible para identificarlos y neutralizarlos. Los
trabajadores sociales debían notificar cualquier caso
de niños gitanos que pareciesen “descuidados”
o fuesen conflictivos. Las autoridades no debían proporcionar
documentos de identidad ni permisos de comercio a los gitanos,
si no era estrictamente necesario.
La Primera Guerra Mundial y la llegada de la República
de Weimar sólo supusieron un paréntesis en el
proceso de marginación de los gitanos. Durante la República,
este tipo de actitudes y la represión policial no pararon,
aunque a los gitanos se les habían garantizado sus
plenos derechos y su igualdad como ciudadanos en la Constitución
de Weimar: continuaron siendo sistemáticamente fotografiados
y se les registraba, a pesar de que la Constitución
de 1918 garantizaba la igualdad de todos los ciudadanos alemanes.
Progresivamente, los diferentes gobiernos republicanos introdujeron
una serie de estatutos “excepcionales” contra
este grupo étnico, una medida que no podía reconciliarse
fácilmente con los principios básicos constitucionales,
pero que prepararon el camino para la aplicación de
medidas más extremas durante el régimen nazi.
Durante los años 1920, la policía bávara
y, posteriormente, la del resto de Alemania, establecieron
departamentos especiales para mantener a los gitanos bajo
constante vigilancia, al mismo tiempo que se mantenía
la discriminación. Por ejemplo, en 1920 se les prohibió
la entrada en parques y baños públicos, y en
1927 todos, incluso los niños, debían llevar
tarjetas de identificación con sus huellas dactilares
y sus fotografías.
En 1920, el magistrado Karl Binding y el psiquiatra Alfred
Hoche publicaron “Permitiendo la destrucción
de la vida indigna de vivirse”( BINDING, K., HOCHE,
A., Die Freigabe der Vernichtung Lebensunwerten Lebens, Felix
Meiner Verlag, Leipzig, 1920. Binding (1841-1920) era un jurista
conocido como promotor de la teoría de la justicia
retributiva; Hoche (1865-1943) era un psiquiatra conocido
por sus escritos sobre eugenesia y eutanasia, cuyo trabajo
sobre un sistema de clasificación de los enfermos mentales
tuvo una gran influencia. Este libro, junto a otros, influenció
directamente en el programa de eutanasia nazi “T-4”
de los años 1930, y sirvió como justificación
del mismo), en el que apoyaban el asesinato de aquellos cuyas
vidas eran consideradas como lastres, como pesos muertos para
la sociedad, un problema económico. Este estudio incluía,
por primera vez, el concepto de “vidas indignas de ser
vividas” (lebensunwerten Lebens), que se convertiría
en un elemento central de la política racial nacionalsocialista
en 1933, cuando se aprobó una ley que contenía
esta misma frase. Las teorías de Binding y Hoche establecían
tres categorías de personas que debían ser sometidas
a “eutanasia”: los enfermos terminales que así
lo pidieran, los enfermos mentales incurables, y personas
en coma gravemente heridas. La población gitana estaba
incluida en la segunda categoría, una creencia que
cristalizaría en 1933 y en 1937, con medidas que permitían
el encarcelamiento por “criminalidad genéticamente
heredada” y por actividades criminales actuales. El
libro estaba dividido en dos partes. En la segunda, escrita
por Hoche, se criticaba, en un tono crecientemente nacionalista,
el “entorno moderno” que bloqueaba “nuestro
deber alemán”, y que evitaba la eliminación
de los más débiles o la prevención de
la procreación de los enfermos mentales, y hablaba
de “elementos de menor valor” o “existencias
lastradas”. Posteriormente, Hoche argumentaba el asesinato
de los discapacitados por motivos puramente financieros, calculando
el coste económico de estas personas para el Estado.
Argumentaba que la Nación debía ser vista como
un organismo vivo, “un cuerpo humano”, al que
debían extirparle las partes enfermas, para mejorar
la supervivencia del conjunto.
En estos estudios la criminalidad aparecía como un
elemento inherente a los gitanos, una enfermedad de transmisión
genética, teorías que no tenían en cuenta
los siglos de exclusión, que hacían su subsistencia
como vividores una necesidad para sobrevivir. Los “crímenes”
imputados eran casi exclusivamente los de intrusión
en propiedades privadas, pequeñas estafas y robo de
comida.
Las medidas contra la población gitana se radicalizaron
cada vez más durante la segunda mitad de los años
1920. En una conferencia sobre la cuestión gitana,
en 1925, el gobierno bávaro propuso una ley para el
asentamiento obligatorio de los gitanos, y para encarcelar
a aquellos que no tuviesen un trabajo estable (que eran clasificados
como “vagos”), empleándolos en campos de
trabajo durante dos años, por razones de “seguridad
pública”.
En abril de 1926, los Estados federales presentaron una ley
colectiva para “combatir a los gitanos en el Reich alemán”.
En julio se aprobó en Baviera la “Ley para combatir
a los gitanos, vagabundos e inútiles” (Bayerisches
Zigeuner- Landfahrer- und Arbeitsscheuengesetz), justificada
ante el Parlamento bávaro por el hecho de que los gitanos,
por naturaleza, se oponían al trabajo y encontraban
especialmente difícil tolerar las restricciones a su
sentido de vida nómada. La ley establecía, nuevamente,
la necesidad de registrar a todos los gitanos mediante la
policía, oficina de registro y oficina de empleo de
cada distrito. Además, prohibía a los gitanos
merodear y acampar, y aquellos que fuesen incapaces de mantener
un trabajo regular se arriesgaban a ser enviados a campos
de trabajos forzados. Esta ley adquirió rango nacional
en 1929.También se aprobó una ley que prohibía
a los gitanos viajar en grupos familiares o poseer armas de
fuego.
En noviembre de 1927 se aprobaba un decreto ministerial prusiano
que obligaba a todos los gitanos a registrarse para obtener
documentación. Incluso los niños fueron registrados
y se tomaron sus huellas dactilares, y los mayores de seis
años debían tener su propia identificación.
Ese mismo mes se llevó a cabo una razzia armada de
la policía en las comunidades gitanas, para aplicar
esta normativa: 800 hombres, mujeres y niños fueron
detenidos y procesados. En abril de 1928, las comunidades
gitanas en Alemania fueron puestas bajo estricta vigilancia
policial. Poco después, esa orden era confirmada, a
pesar de que, nuevamente, estaba en contra y era una clara
violación de las previsiones constitucionales. En abril
del año siguiente, la jurisdicción de la oficina
para la lucha contra los gitanos de Munich era extendida al
conjunto de la República; la Policía Criminal
la denominó Oficina Central para la Lucha contra los
Gitanos (Reichszentrale zur Bekämpfung des Zigeunerunwesens).
Bajo el Segundo Imperio y la República de Weimar, se
aplicaron diversos tipos de política policial, mientras
que la minoría gitana era vista por la policía
como un grupo homogéneo de excluidos: vagabundos no
caucásicos, asociales y criminales. A pesar del artículo
108 de la Constitución de Weimar, que garantizaba la
plenitud e igualdad de derechos de los ciudadanos alemanes,
los gitanos siguieron siendo vulnerables a la discriminación.
Durante la época republicana, los arrestos arbitrarios
y la detención preventiva de los gitanos nómadas
(públicamente, para la prevención del crimen)
se convirtió en una rutina. Social y políticamente
aislados, esta minoría se enfrentó al asalto
constante a sus derechos civiles y laborales (MILTON, Sybil
H., “’Gypsies’ as Social Outsiders in Nazi
Germany”, en GELATELLY, R., STOLTZFUS, N. (edit.), Social
Outsiders in Nazi Germany, Princeton University Press, Princeton,
2001, págs. 212-232).
Todo esto nos indica que, mucho antes de la llegada de los
nazis al poder, los gitanos habían sido tratados como
excluidos sociales. Eran vistos como asociales, una fuente
de criminalidad, culturalmente inferiores y de sangre extranjera
en la nación. Con la llegada al poder nazi, sin embargo,
se añadió un motivo a las bases para la persecución:
su distinto y claramente inferior carácter racial.
Para la comunidad judía alemana, la llegada al poder
del Nazismo significó la aplicación de nuevas
políticas discriminatorias. Pero para la comunidad
gitana, el nuevo régimen sólo significó
la intensificación de las medidas que ya estaban en
marcha, porque ya habían sido víctimas de este
tipo de persecución institucionalizada desde finales
del siglo XIX. Cuando Adolf Hitler llegó al poder,
la administración nazi heredó una legislación
“antigitana” que se había ido formando
desde la Edad Media, pero especialmente desde el siglo XIX.
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La historiografía sobre el Holocausto gitano
Hasta hace poco más de una década, el tema de
la persecución de los gitanos por los nazis ha sido
sólo un tema marginal. Además, en los últimos
años se ha desarrollado una notable controversia que
cuestiona la validez de los archivos históricos y nuestra
percepción de la verdad, a menudo cegada por el etnocentrismo
basado en el Holocausto judío. Se han aportado nuevos
aspectos y debates sobre el Holocausto, completados con una
serie de memoriales, sentencias judiciales, literatura, etc.,
que está haciendo cambiar la percepción sobre
el tema.
Una gran parte del debate de los últimos años
se ha centrado en la necesidad de reconocimiento de la persecución
de otros pueblos y colectivos, además de los judíos,
durante el Nazismo. Específicamente, el tema de la
persecución gitana aún plantea una sombra sobre
los supervivientes, que las nuevas generaciones deben afrontar
a la hora de analizar los documentos nazis que detallan como
los gitanos, igual que los judíos, sufrieron un exterminio
racialmente motivado. En muchos casos, los acercamientos al
tema se han centrado en los estereotipos románticos
aunque, en parte, han quedado relegados, en el caso de los
historiadores alemanes, debido a la horrible realidad de los
hechos del siglo XX, y les ha dado una percepción menos
literaria de este colectivo. Aunque en la actualidad comienzan
a extenderse los análisis sobre la población
gitana en las políticas raciales nacionalsocialistas,
poco se ha escrito aún sobre las razones para la política
de limpieza étnica nazi, y porqué se dirigió
contra esta población.
Durante décadas, el asesinato de entre 250.000 y 500.000
gitanos ha sido un hecho invisible para la historiografía
sobre el genocidio nazi. En su lugar, los prejuicios y estereotipos
han continuado dominando la literatura histórica, que
no ha garantizado al “Holocausto gitano” un lugar
análogo al genocidio de los judíos europeos.
Lucy Dawidowicz, en su estudio sobre el Holocausto, dedica
únicamente dos párrafos al destino de los prisioneros
gitanos, admitiendo que éstos “y su descendencia
fueron tratados como judíos, es decir, asesinados”,
pero poco después añade que “el destino
de los judíos bajo el Nacionalsocialismo fue único”.
Es a este tipo de publicaciones que el público va en
busca de la “historia completa” del Holocausto.
Mientras los judíos son listados como un ejemplo de
las víctimas del genocidio, los gitanos son relegados
sólo a la categoría de uno de los pueblos “que
sufrió las políticas totalitarias”.
La nueva literatura sobre el tema está intentando remediar
esta situación. La introducción tradicional
a este tema es la obra de Kenrick y Puxon sobre el destino
de los gitanos europeos, un trabajo antiguo, pero que aún
no ha sido superado. Hace un repaso desde la llegada de los
gitanos a Europa, pero se centra en 1933-1945. También
hace un repaso de todos los países ocupados por los
alemanes durante este período, analizando de forma
intensiva la persecución de los gitanos en la Europa
Central y Oriental.
Uno de los mejores trabajos sobre el tema es el artículo
de Huttenbach, centrado especialmente en su categorización
como grupo racial. Se centra en fuentes procedentes de Alemania
y otros países de la Europa occidental, para analizar
las políticas internas alemanas y su categorización
en diversos grupos raciales. Otro de los primeros trabajos
que aún mantiene toda su actualidad y vigencia es el
de Steinmetz, publicado en 1966, el primero en destacar el
carácter racista de la persecución nazi de los
gitanos. Los primeros trabajos de Steinmetz, han sido seguidos,
en primer lugar, por Thurner, que ha profundizado en nuestros
conocimientos sobre el destino de los gitanos austriacos.
Estos trabajos fueron seguidos por toda una serie de pequeñas
publicaciones y estudios académicos que, a menudo,
proporcionan una visión mejorada del estado de las
investigaciones. Con frecuencia, brindan pocas fuentes nuevas
y tratan el tema ofreciendo diversas variaciones descriptivas,
sin aportar nuevas cuestiones de investigación.
En la historiografía sobre la historia de los gitanos
y el Holocausto, los trabajos de Michael Zimmermann han marcado
un punto de inflexión decisivo. Sus trabajos ofrecen
un punto de vista empírico y teórico sobre la
“solución final de la cuestión gitana”
por parte del Nacionalsocialismo. Se trata de un excelente
estudio sobre la evolución de las políticas
raciales hacia los gitanos, en el ámbito más
amplio de las teorías de higiene racial. También
analiza la evolución y aplicación de las políticas
nazis hacia los gitanos, especialmente en el Gran Reich, pasando
desde su encarcelación y deportación y exterminio
en Auschwitz. El autor pone el desarrollo de estas políticas
en un amplio contexto de las teorías de higiene racial,
y hace un sólido ensayo de la historiografía
sobre la cuestión gitana en la Alemania nazi.
Ian Hancock también ha centrado su trabajo en el análisis
comparativo de las víctimas judías y gitanas
del Holocausto. Su trabajo busca reivindicar el adecuado tratamiento
de los gitanos, igualándolos a las víctimas
judías. Para el autor, este reconocimiento es de gran
importancia, por la aún constante persecución
de esta comunidad, sobre todo en la Europa oriental.
Gilad Margalit ha centrado su trabajo en la persecución
de los gitanos en la Alemania nazi, pero también en
el período posterior a la Segunda Guerra Mundial. Su
análisis intenta evidenciar que los prejuicios y el
aislamiento se mantuvo durante décadas.
Gabrielle Tyrnauer ha descrito la vida cotidiana de los gitanos
durante el nazismo, pero señalando también que
el destino de los gitanos en el Holocausto ha sido casi completamente
olvidado y convertido en una mera nota a pie de página
en la historia del genocidio nazi. También describe
brevemente la historia de los prejuicios antigitanos en Europa
y su derivación a manifestaciones contemporáneas.
El presente trabajo de investigación se ha centrado
en diversos archivos sobre el régimen nacionalsocialista.
En referencia al tema específico de los “gitanos”,
encontramos muy poco material archivístico: como miembros
de un grupo marginal, excepto en el caso de la policía,
nunca se mantuvieron en el punto central del interés
público. Ya que los archivos y actas de los puestos
de servicio de la policía tienen algunas limitaciones,
los archivos de la administración financiera se convierten
en una prueba de la privación burocrática, pero
también en una de las fuentes más importantes
para la reconstrucción de la deportación de
esta comunidad.
También proporciona mucha información sobre
el tema el gran número de publicaciones del período
que se han conservado, y que hacen referencia al tema de la
consideración racial de los gitanos. Johannes Behrendt,
miembro de la Oficina de Higiene Racial, señala, entre
otras cosas, que todos los judíos debían ser
eliminados, como elementos defectuosos de la población.
Karl Binding y Alfred Hoche, en su obra de 1920, son los primeros
en señalar la necesidad de eliminar las “vidas
indignas”. Este trabajo tuvo unas importantes repercusiones,
después de la República de Weimar, para legitimizar
las medidas nacionalsocialistas. Martin Block analiza la presencia
gitana en Europa y llega a la conclusión de que esta
comunidad no tiene historia ni ha hecho ninguna contribución
a la civilización occidental. Tobias Portschy reclamaba,
entre otras medidas, la esterilización masiva de los
gitanos, para frenar la contaminación de la sangre
alemana. Robert Ritter publicó toda una serie de artículos
durante el Holocausto, como uno de los principales expertos
nazis sobre el tema. Ritter dirigió diferentes instituciones
relacionadas con la higiene racial.
La gran variedad de informes preparados por los organismos
represivos nazis (Gestapo, Kripo, SD, etc.) es muy considerable,
abarcando aspectos tanto del control de la población
como de la persecución de grupos raciales o sobre la
situación interna en el Reich. Todos estos documentos
nos dan una clara indicación sobre la necesidad que
el nazismo tenía de controlar a la opinión pública,
y sirven como las mejores fuentes de información sobre
las actividades de la población, sus reacciones a la
política racial, etc.
Otros elementos de gran importancia para la investigación
sobre este colectivo son los documentos del Ministerio del
Interior, de los Gobernadores del Reich y los documentos que
aún quedan de los diferentes distritos en los archivos
federales austriacos.
Sobre las fuentes, uno de los principales problemas al que
nos enfrentamos es la destrucción de gran parte de
la documentación. El conjunto de la documentación
que he utilizado procede del Instituto de Historia Contemporánea
(Institut für Zeitgeschichte, IfZ) de Munich y el Archivo
Documental de la Resistencia austriaca (Dokumentationsarchiv
des österreichischen Widerstandes, DÖW) de Viena
(Sobre las tendencias historiográficas en ambas instituciones,
ver DE TORO, Fco. Miguel, “Historia social de la resistencia
alemana al nazismo”, en rev. Historia Social, núm.
26, 1996, págs. 129-140. También DE TORO, Fco.
Miguel, “Reflejos del Anschluss en la historia y la
historiografía austriaca, en rev. Historiar, núm.
1, 1999, págs. 109-123). El punto central de investigación
del IfZ es la historia alemana desde 1918: la República
de Weimar, el Nacionalsocialismo y el Tercer Reich, la ocupación
aliada y la Alemania dividida. La documentación se
refiere a diversas instituciones y organismos, tanto del Partido
como del Estado, de muy diversa procedencia. El DÖW vienés
trabaja con una gran cantidad de actas personales, documentos
policiales y judiciales procedentes de las autoridades nazis,
actas de los procesos de posguerra, extractos de las crónicas
de la Gendarmería de casi todos los distritos de la
Baja Austria, etc. Uno de los principales problemas en la
representación de la investigación fueron las
diferentes formas de los documentos, las limitaciones de uso,
etc.
También he utilizado otros documentos, como los informes
de opinión y estado de ánimo compilados por
los servicios de información, material procedente de
otras instituciones nazis, que proporcionan una imagen para
la reconstrucción de las tendencias en la opinión
pública. Estos informes, realizados regularmente por
las autoridades son, pese a todos los problemas de interpretación,
una fuente de gran importancia para la historia social del
Tercer Reich, que nos ofrece indicios del estado de ánimo
despertado por la aplicación de las políticas
raciales del régimen. Utilizados adecuadamente, estos
informes pueden proporcionarnos una gran cantidad de información
sobre la sociedad que están describiendo. El conocimiento
sobre el conjunto de la documentación, procedente de
diferentes localidades y regiones, nos proporciona indicadores
claros de algunas tendencias comunes básicas y pautas
de opinión.
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