La lucha por la historia
y la “exclusividad” de las víctimas
“En
los primeros años después del final de la dominación
nazi en Europa, la comunidad gitana estaba desarraigada. Las
pequeñas organizaciones educativas y culturales que
habían existido antes de 1939 habían sido destruidas.
La estructura familiar había sido rota con la muerte
de los más ancianos –los guardianes de las tradiciones.
(…) Solventaron los problemas psicológicos no
hablando sobre el tiempo en los campos. Sólo un pequeño
número de gitanos podía leer o escribir, por
lo que no pudieron explicar su propia historia. Pero tampoco
estuvieron dispuestos a explicar sus propias historias a otros,
y muy pocos estaban interesados” (KENRICK, Donald,
Historical Dictionary of the Gypsies (Romanies), The Scarecrow
Press, Lanham, 1998, pág. 4).
Estas páginas son sólo una breve introducción
a los sufrimientos que pasaron las comunidades gitanas que
quedaron sojuzgadas por el Nacionalsocialismo. Aunque desde
1945 se han escrito miles de libros que hablan de los crímenes
del Tercer Reich, hasta hoy el genocidio de los gitanos se
ha mantenido como un terreno prácticamente inhóspito,
en el que las aproximaciones de las ciencias sociales y legales
han fracasado. Este fracaso viene provocado porque se han
hecho significativos progresos dirigidos al entendimiento
de la relación entre la ideología nazi, la política
social alemana y el genocidio de los gitanos. Pero está
claro que éstos aún son considerados separados
pero no igual en la mayor parte de la historiografía
sobre el Holocausto. Las imágenes de los burócratas,
científicos y policías alemanes relacionados
con la aplicación de las políticas gitanas son
paralelas, hasta el momento, con lo relacionado con el asesinato
de los judíos. El vacío existente durante estos
años sólo puede ser corregido mediante los nuevos
acercamientos al tema que deben analizar todos los aspectos,
hasta ahora olvidados por la historiografía.
Gilad Margalit ha identificado tres tipos de “narrativa”
en referencia a la persecución de los gitanos durante
el Nacionalsocialismo (MARGALIT, Gilad, Germany and its Gypsies,
págs. 16-18). De acuerdo a lo que él denomina
“narrativa nazi”, los gitanos fueron perseguidos
debido a que eran criminales y asociales que representaban
una amenaza real para la población alemana. Por tanto,
se legitiman los esfuerzos para preservar la ley y orden (no
el racismo) motivado por las acciones nazis contra los gitanos.
En segundo lugar, la “narrativa judía”
señala que la persecución fue similar a la que
sufrieron los judíos, y a menudo se utiliza la imagen
de la victimización de los judíos como modelo
para representar el destino sufrido por los gitanos. Finalmente,
como elemento intermedio, la “narrativa sincrética”
expresa la actitud de la mayor parte del gobierno local y
federal, y de la sociedad alemana del período de la
posguerra, hasta los años 1980. Esta postura señala
que la persecución de los gitanos era criminal, aunque
las mismas víctimas no eran totalmente inocentes, debido
a su asociabilidad. Cada una de estas tendencias ha marcado
una forma de acercarse a la historiografía del genocidio
de los gitanos europeos, y cada una ha tenido unas consecuencias
de gran importancia.
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La “narrativa judía”, según algunos
autores, entre ellos el propio Margalit, tiene una consecuencia
de gran importancia, como es la “disminución”
del estatus de víctima de los judíos. Por tanto,
la igualación de la experiencia de los judíos
y los gitanos ha supuesto la disminución de esas experiencias
colectivas, porque “la participación activa del
público alemán en la persecución de los
judíos (…) dio a esa persecución un carácter
nacional, que no tuvo paralelismo ni en la persecución
nazi de los gitanos ni en ninguna otra persecución
nazi” (MARGALIT, Gilad, Germany and its Gypsies, págs.
190). Esto ha provocado que cualquier intento de la comunidad
gitana de reclamar su lugar en la historia del genocidio nazi
se enfrente a la hostilidad de los historiadores (HANCOCK,
Ian, “Uniqueness of the victims: gypsies, jews and the
Holocaust”, en The Eaford International Review of Racial
Discrimination, vol. 1, núm. 2, 1988, págs.
45-67).
La lucha de la comunidad gitana por el reconocimiento del
genocidio al que fueron sometidos arroja nueva luz sobre uno
de los tópicos más importantes del período
de posguerra, como es el estatus de las víctimas. A
mi entender, en referencia a la persecución nazi de
los gitanos, es cierto que es muy importante la comparación,
pero no es el único elemento: la discusión también
debe centrarse en los motivos de los perpetradores y el sufrimiento
de las víctimas, pertenezcan al colectivo que pertenezcan.
El internamiento de los gitanos en los campos de concentración
tiene claros paralelismos con el destino de los judíos.
Pero también asume grandes diferencias. Fueron un colectivo
perseguido por motivos raciales y considerados “inferiores”
pero, a diferencia de los judíos, los gitanos no estuvieron
sujetos a un plan preestablecido de eliminación física.
Sin embargo, si analizamos las similitudes, probablemente
la más importante sea que, al analizar su destino,
vemos que tanto judíos como gitanos están relacionados:
son dos pueblos que han vivido en Europa durante siglos, sin
una nación propia, discriminados debido a sus peculiaridades,
expulsados y marginados constantemente, y buscando unos nichos
geográficos y económicos que les permitan sobrevivir.
Asumir el genocidio de los gitanos permite afirmar que no
existe una única Solución Final. Por eso, en
los últimos años se está volviendo a
incrementar el interés por aquellos que fueron perseguidos
por los nazis pero que no eran judíos: gitanos, homosexuales,
“asociales”, etc. Este creciente interés
causa una cierta desazón entre los estudiosos y la
sociedad judía, tensión que procede de la consideración
de que admitiendo que otro grupo sufriese la persecución
nazi se minimiza la magnitud o exclusividad del destino de
las víctimas judías. La persistencia de este
tipo de “exclusividad” sobre quiénes fueron
las víctimas, la duración de la persecución
o el número de muertos, provoca un conflicto artificial
entre estos colectivos. Ian Hancock señala que la presentación
de los acontecimientos que llevaron al Holocausto gitano no
debe considerarse un elemento de confrontación con
otros colectivos, sino una forma de completar lo que ya sabemos
(HANCOCK, Ian, “Responses to the Porrajmos”, en
ROSENBAUM, Alan (edit.), Perspectives on the uniqueness of
the Holocaust, Westview Press, Boulder, 1996, págs.
33-51).
Si atendemos a las consideraciones del régimen nacionalsocialista,
tanto los judíos como los gitanos tuvieron el mismo
estatus común al ser designados para la eliminación.
Pero mientras los judíos fueron considerados una amenaza
en diferentes aspectos (políticos, económicos,
sociales, etc.), los gitanos sólo fueron considerados
una amenaza racial. La historiadora austriaca Erika Thurner
escribió que “judíos y gitanos fueron
igualmente afectados por las teorías raciales y las
medidas de los gobernantes nazis. La persecución de
los dos grupos fue llevada a cabo con la misma radical intensidad
y crueldad. El genocidio judío recibió mayor
prioridad en la planificación y la ejecución
–debido al estatus social diferente de los judíos
y también a su mayor número. Debido a su reducido
número, los Roma y Sinti fueron para los nazis un ‘problema
secundario’” (THURNER, Erika, National Socialism
and Gypsies in Austria, pág. 16). Por tanto, no podremos
comprender totalmente el uno sin el otro.
Cuando la tesis de la “singularidad del Holocausto”
pasó a centrarse en los judíos, el olvido de
los gitanos se convirtió en un hábito. Como
consecuencia de esta tesis, se han producido cada vez más
controversias sobre si la comunidad gitana fue víctima
del mismo modo de los planes y acciones genocidas nacionalsocialistas
que los judíos, creando así diferentes estatus
de víctimas. Pero si la especificidad de la persecución
nazi consiste en que no estuvo directamente dirigida contra
individuos, sino contra grupos racialmente definidos, entonces
debemos tener en cuenta a los gitanos, como comunidad.
Después de la guerra, el antisemitismo fue desligitimizado
en la cultura política alemana. Incluso aquellos tipos
de antisemitismo que no tenían ninguna conexión
con la ideología nazi quedaron contaminados por los
asesinatos masivos de los judíos europeos. Cualquier
expresión pública quedaba identificada como
un elemento relacionado con el nazismo (BERGMANN, W., ERB,
R. (Hg.), Antisemitismus in der politischen Kultur nach 1945,
Westdeutscher Verlag, Opladen, 1990, págs. 204-205).
Por el contrario, las limitaciones impuestas al antigitanismo
no sufrieron la imposición de un tabú como al
antisemitismo. Esta situación comenzó ya en
1945. Aunque los Aliados consideraron la persecución
de los gitanos en el Tercer Reich como un crimen racial, la
política de reeducación política llevada
a cabo por las autoridades de ocupación no hizo un
esfuerzo especial para combatirlo. La propaganda nazi había
preparado al público alemán para la centralidad
de la “lucha contra los judíos”, pero en
el caso de los gitanos, por el contrario, no hubo discursos
políticos ni grandes discusiones ideológicas.
El público alemán absorbió la distinción
entre judíos y gitanos que había hecho el régimen
nazi, como quedó demostrado en las actitudes públicas
hacia los dos colectivos tras 1945. Ese rechazo se ha mantenido
vivo en la sociedad alemana, llegando incluso a la actualidad,
como queda evidenciado en los resultados de diferentes encuestas
de opinión, bajo el impacto de la migración
de gitanos desde la Europa oriental (especialmente desde Rumanía).
En la mayoría, la población alemana fue consultada
sobre sus preferencias referentes a vivir con vecinos de diferentes
procedencias étnicas. En 1992, comparados con todos
los grupos étnicos de la República Federal alemana,
los gitanos fueron considerados entre los menos aceptados:
el 64% de los alemanes los rechazaba, una cifra mucho más
alta que otros grupos sociales, étnicos o religiosos
(musulmanes, 17%; indios, 14%; trabajadores extranjeros, 12%;
personas de piel oscura, 8%; judíos, 7%). Estos altos
porcentajes sólo son comparables con otros tipos, como
a los adictos a las drogas (66%), los alcohólicos (64%)
y los militantes de extrema derecha (63%), categorías
que implican siempre miedo a la violencia que se puede desprender
de su presencia en la sociedad. Y también, los mismos
grupos en los que fueron considerados “asociales”,
durante el Nacionalsocialismo (MARGALIT, Gilad, “The
representation of the Nazi persecution of the Gypsies in German
discourse after 1945”, en rev. German History, núm.
17, 1999, págs. 221-240).
Por tanto, la derrota del Tercer Reich no marcó el
final de los sufrimientos del pueblo gitano. La mayoría
de los que habían pasado por los campos de concentración
temían mostrarlo públicamente, porque la legislación
antigitana anterior a la guerra aún estaba en vigor,
y aquellos que no podían presentar documentación
sobre su ciudadanía alemana eran encarcelados en campos
de trabajo. Las leyes antisemitas fueron abandonadas tras
la derrota de Alemania, mientras que las antigitanas estuvieron
en vigor hasta bien entrados los años 1960 (esta situación
también se dio en el caso de los homosexuales. DE TORO
MUÑOZ, Fco. Miguel, “Marginados, delincuentes
y pobres”, pág. 11). Una de las razones de esta
situación fue que una gran parte del personal de los
antiguos órganos represivos fue absorbido por las autoridades
de la nueva República. Los círculos policiales
y judiciales republicanos vieron la persecución de
los gitanos como una lucha del Estado nazi contra un elemento
tradicionalmente asocial y criminal, una persecución
que fue brutal, pero en ningún caso inexplicable. Los
burócratas y políticos alemanes de la posguerra
continuaban discriminando a los gitanos, utilizando estrategias
semánticas que los calificaban de “vagabundos”
en lugar de gitanos, para permitir su persecución.
Otra posible explicación para esta situación
es la señalada por Gilad Margalit: que los crímenes
nazis no crearon un sentimiento de empatía o compasión
por parte del pueblo alemán hacia las víctimas
gitanas. Esto ha provocado que se mantenga el sentimiento
de oposición hacia este colectivo, basado en los antiguos
tópicos racistas.
Pero no sólo han sido los políticos y los académicos
los que han ignorado durante décadas esta cuestión.
También ha sido tratada de forma marginal y secundaria
en los memoriales históricos que conmemoran la persecución.
Esta tendencia ha ido cambiando progresivamente hasta la actualidad,
y se ha conseguido una estrecha colaboración entre
las nuevas instituciones gitanas y los memoriales, tanto a
nivel nacional como internacional (por ejemplo, con el Dokumentations-
und Kulturzentrum Deutscher Sinti und Roma, creado a comienzos
de los años 1990, en Heidelberg). Esta nueva concepción
de los memoriales proporciona la oportunidad de subsanar los
déficits en la representación del genocidio
gitano.
A pesar de este desarrollo positivo, la minoría gitana
aún debe enfrentarse constantemente con el racismo
social, basado en los clichés antigitanos. Pero se
diferencia de los sentimientos colectivos que se han desarrollado
en la mayoría de la sociedad durante siglos, y que
fue utilizado para sus fines por el Nacionalsocialismo. Por
ejemplo, en la documentación sobre los gitanos que
no provienen de esa comunidad, porque aún los representa
como personas “alienas” a la sociedad, marginales
y, en cierta forma, sin perder la etiqueta de asociabilidad
que del período de entreguerras. El principio de personalización
y el intento de hacer que las víctimas tengan una cara
y una historia personal, adquiere un significado especial
entre este colectivo.
En la investigación histórica, el genocidio
del pueblo gitano debe ser considerado en su propia dimensión:
como el intento de eliminación total, porque esta política
de exterminio sistemático de una minoría supuso
una ruptura de la civilización. Ya no hay ninguna duda
de que se trató de un genocidio de características
raciales, y que los gitanos quedaron sin derechos al mismo
tiempo que los judíos, que fueron internados y, finalmente,
exterminados, como los judíos. Es cierto que podemos
considerar que la “cuestión gitana” fue
un elemento marginal para los nazis hasta finales de los años
1930, pero la radicalización de esta política,
especialmente durante la guerra, provocó un tratamiento
que fue totalmente diferente a la persecución que habían
sufrido en el pasado, constituyéndose en un fenómeno
único en la historia de la actitud del Estado alemán
hacia la comunidad gitana (MARGALIT, Gilad, Germany and its
Gypsies, pág. 54).
La política antigitana nacionalsocialista mantuvo su
efectividad, más allá del Tercer Reich. A través
de la persecución y exterminio, tuvieron éxito
al destruir la cohesión de la comunidad gitana. La
estructura tribal quedó devastada. Los valores que
habían prevalecido, a pesar de los intentos de reeducación
de siglos anteriores, finalmente fueron arrasados mediante
la separación de las familias y comunidades en los
campos de concentración y la casi completa disolución
de las extensas familias al final de la guerra. Cuando los
gitanos fueron liberados, en 1945, su sentido de los valores
y sus mecanismos sociales y grupales habían sido destruidos,
por primera vez en la historia (THURNER, Erika, Nacional Socialism
and Gypsies in Austria, pág. 128). Además, los
gitanos intentaron asimilarse, provocando la alienación
de sus propias tradiciones y su cultura original. La cambiante
estructura laboral y económica de la sociedad de la
posguerra puso a los gitanos en senderos que implicaban el
abandono de su antigua forma de vida, a favor de una asimilación
social más efectiva.
Actualmente, en Austria y Alemania los gitanos son, formalmente,
iguales al resto de los ciudadanos. En contraste con otras
minorías étnicas, sin embargo, no son reconocidos
ni como un grupo étnico separado ni como una minoría
lingüística propia.
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