A partir de 1945 se han creado numerosos monumentos y memoriales
a las víctimas del dominio nacionalsocialista que honran
y recuerdan a los mártires de las luchas de resistencia
contra el Nacionalsocialismo, pero también al resto
de los colectivos reprimidos.
Desde comienzos de los años 1980, se ha producido una
transformación que ha hecho aparecer una nueva cultura
de la memoria, centrada en las víctimas del Holocausto,
en numerosos espacios públicos, no exclusivamente cerrados
en los lugares donde tuvieron lugar esos acontecimientos históricos.
Algunos de estos nuevos memoriales han alcanzado una gran
importancia, por diferentes motivos: por su relevancia cultural
o artística, como el Monumento Contra la Guerra y el
Fascismo de la Albertinaplatz de Viena; por su significado
científico e histórico, como la Fundación
Topografía del Terror, de Berlín; por la controversia
política y social que ha causado su creación,
como el Monumento en Memoria de los Judíos Asesinados
de Europa, también en Berlín. Esta nueva concepción
de los memoriales ha convertido los espacios públicos
en centros de conmemoración y recuerdo. Por ejemplo,
Viena se ha considerado una “Ciudad del Recuerdo”,
debido al gran número de estos espacios que rememoran
los crímenes del Nacionalsocialismo.
Los memoriales del Holocausto están imbuidos por los
mitos, ideales y necesidades políticas de un período
y de una nación, que es la que los crea. Cada uno de
estos monumentos refleja tanto las experiencias pasadas y
las vidas de la comunidad, como la memoria estatal de sí
mismo, pero también la situación política
y social del momento en que se crea. Por ejemplo, lo que en
Israel se conoce como la Shoah, en la Unión Soviética
era la Gran Guerra Patria; lo que en Alemania se conoce como
el “período nazi” (Nazi-Zeit), en Polonia
es la era del “martirio nacional”.
Otro tema es el uso que se haga de este tipo de memoriales
por parte del Estado o del poder político. En la Unión
Soviética, el arte era una poderosa herramienta de
propaganda, y los memoriales se orientaron en este sentido:
representaban la historia en términos de lucha de clases
e ideología comunista; el asesinato de los judíos
fue asumido en el conjunto de todas las demás víctimas,
a pesar de su desproporción, y considerado como una
categoría incluida dentro del concepto global de las
“víctimas del fascismo”. Por eso, debemos
recordar que el recuerdo, la memoria, no escapa de los imperativos
políticos, sino que están supeditados a esas
experiencias. Esto quedó también en evidencia
con la ambivalencia de la memoria en la Alemania dividida.
En la mayor parte de los casos, los artistas transforman el
recuerdo en memoriales que reflejan los materiales y prescripciones
políticas y estéticas que influyen en sus tiempos.
La intención, sobre todo en los últimos años,
es conseguir un estatus atemporal, una forma de representación
“esterilizado” de influencias políticas.
Pero siempre se crean dentro del contexto de un tiempo y un
lugar específico, que influencia profundamente en su
creación.
Miles de libros se han escrito sobre el Holocausto, pero no
han conseguido disminuir lo que Primo Levi denominó
“la zona gris”, una región que resume las
cuestiones más importantes del comportamiento humano
y que no pueden ser contestadas con certeza. Es cierto que
sabemos mucho más sobre lo que sucedió, pero
lo que no sabemos es porqué. ¿Por qué
las estructuras de la sociedad civil (educación, ley,
religión, política, etc.) no frenaron la locura?
¿Por qué la educación moral y religiosa
fracasó para crear más resistencia al terror
y animar a los que se enfrentaban a él? ¿Por
qué la resistencia a la barbarie quedó limitada
a un grupo tan reducido de la sociedad?
Los
museos conmemorativos
Cuando
escuchamos nombres como Auschwitz, Theresienstadt o Dachau,
muchas veces no podemos concebirlos como museos, sino como
sitios de conmemoración y duelo. A diferencia de otros
museos, no se trata de centros autónomos, aunque funcionen
de forma similar a otros más tradicionales. Durante
las últimas décadas del siglo XX, los museos
históricos surgieron en lugares que fueron escenario
de crímenes, para la conmemoración de estos
crímenes.
Por
su propia naturaleza, estos museos históricos difieren
de los tradicionales y de los recintos memoriales construidos
hasta ahora. Se diferencian de los museos tradicionales porque
no muestran objetos que ilustran el desarrollo histórico
y los aspectos de una determinada región. Y se diferencian
de los memoriales clásicos en que éstos se dedican
a conmemorar hechos históricos en lugares de trascendencia.
Los nuevos memoriales conmemoran a las víctimas de
los crímenes, no los hechos acaecidos. Esto significa
también que se ha abandonado la objetividad o neutralidad
histórica de los museos tradicionales, porque adoptan
una postura crítica en referencia a las ideologías,
prácticas y concepción de los órganos
estatales que motivaron la persecución de esas personas.
Algunos
de los rasgos característicos son compartidos entre
los memoriales creados por los supervivientes, que desean
que sus vivencias sean recordadas en aquellos lugares que
son importantes para ellos, aunque no hayan sido necesariamente
los escenarios de las atrocidades. Los principales ejemplos
de este proceso son Yad Vashem en Jerusalén y el Museo
Memorial del Holocausto de Estados Unidos. Los intereses de
estos recintos coinciden porque, aunque están ubicados
en zonas “neutrales”, ilustran el Holocausto,
la resistencia y la persecución. Incluyen elementos
comunes y, sobre todo, visitantes que mantienen una relación
especial con estos centros y algunos eventos especiales.
Se
trata de instituciones que funcionan como museos, con colecciones
de objetos históricos que, generalmente, incluyen recintos
que desempeñan toda una serie de trabajos característicos
de un museo, como la recopilación, preservación,
exhibición, investigación de los documentos
y la educación de los visitantes, en particular, y
de la sociedad, en general. Sus esfuerzos para difundir esos
conocimientos históricos se fundamentan en el establecimiento
y definición de su relación con el presente,
sin abandonar la perspectiva histórica.
Estos
memoriales, que algunos especialistas califican de “museos
de carácter nuevo”, tienen la voluntad, impulsados
por un estado, de centrar sus esfuerzos en educar a las nuevas
generaciones. El trabajo con los supervivientes tiene un componente
psicológico, con una labor educativa que se inspira
en principios morales y que guarda una relación más
cercana con la sociedad contemporánea. Esta es una
de las principales diferencias con los museos tradicionales:
la manera pedagógica y convencional que éstos
tienen de presentar la historia como un elemento vivido, integrando
las experiencias de los supervivientes con la empatía
de los visitantes.
Todas
estas nuevas instituciones trabajan bajo una gran tensión,
una situación que parte de su trabajo en el terreno
de la historia, pero también de las demandas dirigidas
a ellas, por parte de la sociedad en la que se encuentran
inmersas.
En
los países ocupados, temas tan sensibles como la complicidad
y la colaboración, el fracaso de los intentos por salvar
a los compatriotas judíos, y el hecho de que el mundo
exterior ofreció muy pocas posibilidades de rescate,
han sido evitados hasta las décadas de los años
1970-1980. Afortunadamente, actualmente estamos en un proceso
de normalización de las mitologías nacionales
en relación con el Holocausto. La experiencia del Holocausto,
aunque universal en su significado, debe ser integrada en
varios proyectos nacionales que constituyen Europa. Y esta
es una de las pretensiones de esta página web.
Aquí
encontraréis información sobre los memoriales
y monumentos más importantes dedicados a las víctimas
del Nacionalsocialismo, junto a análisis que explican
la evolución que esos monumentos han tenido dentro
de su propia sociedad. También se incluyen datos sobre
museos, centros de investigación e instituciones educativas
que llevan a cabo trabajo sobre este tema. En cada caso, se
presenta una breve información histórica y una
descripción de las actividades de cada institución,
direcciones de contacto, etc., incluyendo una explicación
de cuál ha sido la situación en cada país,
desde 1945 hasta la actualidad.
Topografías invisibles
El debate interminable sobre si se debe o no representar el Holocausto, y sobre lo que deberían ser los límites de la representación, en una cuestión que ha sido muy bien discutida, desde el comentario de Theodor Adorno sobre escribir poesía después de Auschwitz, hasta el rechazo de Elie Wiesel a avalar la representación del Holocausto, o el motivo de Primo Levi para “un lenguaje ‘de este otro mundo’, un lenguaje nacido aquí”.
La cuestión necesita transformarse, sin embargo, hacia qué debemos hacer del trabajo que se está produciendo, trabajo que se lleva a cabo como su tema de reflexión sobre los efectos a largo plazo del Holocausto, particularmente sobre los hijos de los supervivientes, y qué criterios deben usarse para considerar tal trabajo. De hecho, debemos preguntarnos qué lenguaje necesita crearse para permitir este tipo de trabajo (si es creado inmediatamente después de la guerra o como contemporáneo en este momento) para ser entendido. Y, además, ¿se está entendiendo el trabajo como algo que aún debe ser tratado, a la luz de la incomprensibilidad de esa historia?
La representación no debería y no podría ser una totalización o una presencia plena de lo que debería concebirse como el Holocausto. Nos enfrentamos con el problema de la magnitud del horror, más allá de cualquier concepto de bestialidad que hayamos conocido anteriormente. Auschwitz ha transformado las bases de la continuidad de las condiciones de vida dentro de la historia. Cualquier intento, por tanto, de representar el conjunto o los hechos de verdad, en lo que su conjunto sólo puede explicarse en fragmentos, y continuará explicándose fragmentariamente, en partes abstractas desde cualquier imagen del conjunto. Para explicar una narrativa completa, debemos por tanto asumir que se conoce la historia completa, es negar la importancia de la masiva escala objetiva.
La representación debe ser una relación de pasado, presente y futuro, donde un pasado está construido con rastros.
Debido a la imposibilidad de saberlo todo y en realidad a causa de nuestro limitado reconocimiento, nunca tendremos suficiente conocimientos para saberlo todo, piezas del pasado, piezas del presente y la relación de aquellas representaciones “abstractas” para darnos el poder de comenzar la lectura (que no irá a ningún lado, sino que siempre comenzará nuevamente), como si conociendo un hecho hubiese un final. Esta cualidad de conocimiento constitutivo y limitado, esta abstracción del conjunto es la única posibilidad de “conocimiento” de la Shoah.
Si vamos a Auschwitz sin saber nada sobre Auschwitz y la historia de ese campo, no veremos nada, no entenderemos nada. De forma similar, si sabemos sin haber estado, no entenderemos nada tampoco. Tiene que haber, por tanto, una conjunción de las dos. Ese es el problema por el que los lugares o sitios son esenciales.
Las piedras de recuerdo de la Segunda Guerra Mundial conforman una colección fragmentaria, dispersa de pedazos, de decenas de miles de estelas, placas y monumentos. Sin embargo, a pesar de su extrema diversidad, las memorias separadas, repletas, coexisten mientras se ignoran la una a la otra tienen puntos en común entre ellos.
Existen miles de placas y monumentos conmemorando las tragedias de la Segunda Guerra Mundial sin lazos coherentes entre ellas, sin embargo unidas como si fuesen parte de un conjunto homogéneo. Como resultado, son símbolos firmemente borrados de esa historia.
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